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Una guerra teológica que requiere una respuesta

31 Diciembre 2019
Una guerra teológica que requiere una respuesta

Por Rafael Valdez

En su libro "Antimperialismo y no violencia", el padre Miguel D’Escoto afirma que en los años 80 Ronald Reagan abrió una nueva trinchera: una guerra teológica, y que por esa razón se autoproclamó el abanderado y supremo defensor de los valores judeo–cristianos, el argumento que uso fue muy simplista, "el Bien tiene que imponerse contra el Mal", y como "nosotros" –Estados Unidos– "estamos para asegurar el triunfo del Bien, somos el Bien, por lo tanto, llamados a defender en cualquier parte del mundo esos principios sagrados de Occidente".

Se pregunta el padre D’Escoto: ¿a quiénes les correspondería enfrentar a una persona que como Reagan se autoproclama defensor del Bien? Y se responde: a la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN). Sin embargo, concluye que Reagan contaba con la total complicidad de la CEN, la que con su silencio fue corresponsable de los crímenes que se cometieron por la Contra en Nicaragua, y va más allá al afirmar que con su silencio ayudaron enormemente a que se impusieran sus argumentos.

Cuando a monseñor Miguel Obando le preguntan sobre la agresión a Nicaragua, él responde que no sabe de ninguna agresión norteamericana contra su país, a pesar que esa agresión era conocida en todo el mundo y salía en primera plana en todos los periódicos del mundo, y cínicamente argumentaba que como en su país había censura de prensa, pues él no sabía.

Ahora que debemos preguntarnos que tanto ha cambiado la conducta de la CEN actual en Nicaragua en relación a los sucesos de Abril 2018. ¿Guardaron un silencio cómplice frente a los crímenes cometidos por los delincuentes autoproclamados estudiantes? Obviamente que sí, pero además se convirtieron en patrocinadores de los actos de violencia y criminalidad, y soporte político e ideológico de su lucha criminal.

Los sacerdotes en sus parroquias satanizan a los que luchan por defender la institucionalidad, la paz y la estabilidad del país, enfrentando políticamente a estos grupos violentos que cuentan además con el respaldo político y financiero del imperio norteamericano.

Una vez desarticulado el golpe fallido de estado, han continuado en su campaña a favor de los grupos golpistas, prestando sus templos para promover acciones desestabilizadoras y moralizar a los que han visto fracasados sus planes de derrocar al gobierno e instaurar nuevamente el somocismo en Nicaragua.

Con muchas honrosas excepciones, vemos que la iglesia Católica como institución no ha cambio a los largo de los siglos, sigue siendo fiel a sí misma, como poder ideológico a favor de los que detectan el poder del dinero, a los privilegiados de este mundo, manipulando la fe sencilla de la mayoría de los que se confiesan católicos, convirtiéndolos en mansos borregos, fieles obedientes de los que detentan el poder religiosos, con el cuento de que Iglesia no es democrática sino jerárquica, y que por lo tanto es vertical y la obediencia es el factor primordial que debe observar un buen prácticamente de la iglesia.

Los demás, los que no aceptamos someternos a este tipo de iglesia y queremos que cambie y se transforme, somos seres lunáticos y fanatizados que queremos la destrucción de la fe católica, y no se nos reconoce como católicos porque no aceptamos formar parte de la estructura eclesial tal y como está conformada actualmente, pues no se corresponde al mensaje de Jesús y a su proyecto de vida.

Miguel afirma en su libro que su convencimiento de que el cristiano debe aceptar su responsabilidad como ciudadano lo llevó a aceptar la cartera del Ministerio de Relaciones Exteriores de Nicaragua, y que él siempre consideró demasiado honor trabajar tan junto al más grande de los presidentes que ha tenido Nicaragua o cualquier país latinoamericano a lo largo de su historia.

El imperio norteamericano, al igual que la iglesia católica, tiene su propia teología, sus propios dogmas y principios, que a lo largo de sus más de 200 años de historia no han cambiado, siguen siendo fieles a sí mismo, han mejorado sus métodos de dominación adecuándolos al devenir histórico, pero siguen siendo los mismos depredadores de la naturaleza, acaparadores de los recursos de los países más pobres, explotadores de esos mismos pueblos y productores de la miseria.

Nos corresponde ahora a nosotros, los que nos consideramos cristianos seguidores de Jesús y de su proyecto de vida, comprometernos en la lucha inclaudicable por hacer que este proyecto avance a pesar de los obstáculos que se puedan presentar y los sacrificios que tengamos que soportar, cualquier cosa es mejor que tener que regresar al pasado oprobioso de las dictaduras capitalistas disfrazadas de democráticas.

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