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Ellos producen el licor, y nosotros los muertos

18 Septiembre 2009
Por Juan Carlos Santa Cruz Sociólogo No hay un día que el licor no afecte a las familias nicaragüenses. A veces coinciden las heridas, las discapacidades físicas y sicológicas, y la muerte. La culpa no es del licor, sino de quienes lo producen, y de los que lo consumen. Lo que comenzó en una amena charla de amigos (licor de por medio) finalizó en el hospital, la cárcel, la clandestinidad o el cementerio. Diariamente podemos observar en las noticias de la televisión, a niños huérfanos, viudas y demás deudos acongojados por la pérdida de un ser querido. Ahí mismo se darán los comentarios y todos coincidirán que "al difunto que gustaba beber licor". Habrá relatos de todo calibre focalizando la responsabilidad en el difunto, en sus amigos de tragos, en la "mala vida que le dio a su familia". Las explicaciones están centradas en la víctima, es decir, en el consumidor. Las voces que responsabilizan a los productores y fomentadores del licor permanecen en silencio. Los más pragmáticos argumentan que "cada cual es responsable de sus actos". Es cierto, cada quien debe responsabilizarse de sus actos, pero, debemos dejar claro que tiene igual responsabilidad moral el productor y abastecedor que el consumidor del mortal licor. El licor es responsable de muchas muertes, heridos, violaciones, y la desarticulación de familias enteras. Cuando decimos licor le ponemos nombre y apellido, no por tener nada personal contra el sr. Carlos Pellas, sino porque él tiene el monopolio de la producción a gran escala del licor, aunque es justo decir que existen otros muchos productores a nivel municipal que también tienen nombre y apellido. Quizás algún día alguien utilice los recursos de la publicidad moderna en una demostración en la que se haga un consolidado numérico y de sus consecuencias físicas y sicológicas del consumo en exceso del licor en las familias nicaragüenses. Diariamente asistimos impávidos a la escena de litros de sangre derramada, mezclada con miembros amputados, invalidez, cirrosis, etc. Sólo si se recogiera la sangre perdida diariamente, en accidentes de tránsito, riñas, violencia intrafamiliar, entre otros, y que con tanto entusiasmo recoge la noticia roja de televisión, se llenarán varios barriles de sangre humana en el transcurso de un año. Luego si sumamos los niños huérfanos y abandonados, por los mismos motivos, seguramente llenamos ampliamente los parqueos de los negocios de los dueños del monopolio. De manera que en términos cualitativos son muchas las responsabilidades morales que están en juego. Lo anterior se refiere a lo humano, en tanto que en lo material las pérdidas son cuantiosas, por accidentes, incendios, destrucción intencional, etc. Estamos conscientes que el tema abordado desde este ángulo genera polémica entre consumidores y no consumidores. Seguramente algunos reaccionarán airados porque consideran que este enfoque atenta contra la libertad de empresa. Para ahorrarles el comentario les diremos que no necesariamente tiene que prohibirse el licor, pero perfectamente pueden crearse mecanismos dirigidos a su reglamentación, como el cobrarles un impuesto lo suficientemente alto como para quitarles la inspiración a los productores monopólicos y también a los otros que sin ser tan famosos se han enriquecido a nivel de ciertos municipios. Por supuesto que este impuesto alto, no tiene porqué repercutir en el consumidor, sino que esa brecha debe ser cubierta por el productor de licor, porque de lo contrario aumentaría desmesuradamente su precio y luego vendrían tarjetas especiales para comprar licor como ya se utilizan en Guatemala para cierto tipo de cerveza. Las Iglesias evangélicas siguiendo preceptos bíblicos no aceptan en su seno a los bebedores activos. Esto es un buen mensaje para la lucha contra el vicio, aunque no podemos decir lo mismo de la iglesia católica. En las manos del gobierno de turno está la decisión de establecer las políticas pertinentes y el conocer de los riesgos de recaudación impositiva. En nosotros los ciudadanos radica la responsabilidad de velar por la vida y la salud de nuestras familias. En este sentido mucho se habla de cambio de valores, pero no vemos como se puede predicar cambio de valores sin enfatizar en lo cultural de ponerle freno al consumo masivo de licor, y a la publicidad generalizada del mismo, como si se tratara de la canasta básica o de un programa social. Precisamente cuando oímos a los del monopolio hablar de la responsabilidad social, nos recuerda el dicho popular de que "las palomas le tiran a las escopetas". Por cierto que se trata de un problema integral, y si no lo entendemos así podemos llegar a la falsa conclusión de que el Sr. Pellas es el responsable de que la gente beba. Esto no es cierto. Son cuatro los aspectos que se articulan en este complejo problema. El primero es el de la libertad de producción y comercialización, el segundo, las consecuencias del consumo masivo, y en exceso, el tercero, el rol del Gobierno en la reglamentación del mismo, y el cuarto, el de la ciudadanía, comenzando por el hogar y la escuela para forjar valores que nos ayuden a salir de este círculo vicioso. Si las autoridades del Gobierno tienen la voluntad política de proteger la salud pública podrían comenzar por exigir (al igual que el cigarrillo) que el "licor es dañino para la salud". Por su parte, nosotros los ciudadanos deberíamos ser más respetuosos ante circunstancias especiales, y no beber en las piñatas de los niños, ni en las velas, por consideración a los difuntos y sus familiares. En tanto que las autoridades educativas deberán cerrar filas y no permitir la venta de licor, ni cervezas, en las actividades festivas de los centros de estudios y aquí incluimos a primaria, secundaria, tecnológica y universidades. Hace falta un debate franco acerca de la libertad empresarial y la responsabilidad social vista desde diversos ángulos y no solamente desde los empresarios. Ese debate no debe ser para culpabilizar a unos y exonerar a otros, por el contrario, no tiene razón de ser el licor, si nadie lo bebe, por lo tanto debemos hablar de responsabilidad social. Ese debate debe ser propositivo y desde el inicio hay que fijar dos puntos focales de lucha, el más importante en el seno de la familia y el otro en la escuela. Amigos, esta es una sociedad que corre el riesgo de entrar en un proceso de descomposición social intenso, por la misma crisis mundial que se vive. No les quepa duda que el licor estará en primera fila en esas circunstancias tan desgraciadas. Preguntamos si nos hemos puesto a pensar acerca del número de familias, que directa o indirectamente han sido afectadas por el licor, ya sea por riñas, atropellamientos, violaciones, etc. El mensaje a los productores de licor es que su mercancía es no grata para una gran parte de la sociedad. Al Gobierno, que debe profundizar su enfoque humanista y no pensar exclusivamente en las recaudaciones fiscales. Por su parte, nosotros los ciudadanos debemos centrar nuestros esfuerzos en los riesgos en la familia, con una visión constructiva, porque estamos claros que pasarán muchas lunas para que se abandone el consumo en exceso de licor. No hemos olvidado a los irresponsables que prefieren comprar licor y compartirlo con sus amigos a suministrarle una pacha de leche a su hijo de pocos meses de nacido. El licor afecta la disciplina laboral, la calidad del trabajo, las relaciones personales y familiares. Nos empobrece, y nos lanza a la desesperación, el rencor y la violencia. Creemos que la gallinita de los huevos de oro, alimentada por las fabulosas ganancias de las ventas monopólicas de licor deben hacer un alto en el camino, entre las múltiples razones están la de la responsabilidad social empresarial, y por el hecho de tomar conciencia de que existen trofeos que chorrean sangre.
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