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El CENIDH y la libertad de expresión

30 Diciembre 2009
Por Mario Fulvio Espinosa Que yo sepa, querido Sancho, la carta de Derechos Humanos proclama que todos los hombres somos iguales y por lo tanto en la aplicación de sus normas no debe existir discriminación en razón de raza, credo político, religión, sexo, nacionalidad, cultura y situación económica. Es, por tanto, muy delicada la misión que se asignan aquellos que se proponen defender esos derechos, porque no pueden caer en el maniqueísmo de defender a los buenos contra los malos. Se requiere un hondo sentido de justicia y equidad para pensar que tantos lo buenos como los malos tienen derechos humanos y que violadores de derechos humanos existen en ambos extremos. Digo lo anterior, querido amigo, al examinar la vara con que el CENIDH mide la libertad de expresión de los periodistas, a todas luces con criterios sesgados, incompletos, politizados, polarizados, con la finalidad de hacer creer que es el gobierno el único responsable del irrespeto a la libre expresión que padecen los comunicadores sociales nicaragüenses. En sus análisis y declaraciones, a todas luces políticas y reaccionarias, esa institución, que ahora es caja de resonancia de los periódicos derechistas de la Carretera Norte, trata de hacer creer al pueblo nicaragüense algunas cosas como estas: a) Que los periodistas y los dueños de medios son la misma cosa, cuando se habla de libertad de expresión. b) Que los dueños de medios, por ser útiles para propagar las tareas políticas del CENIDH, siempre serán los agredidos y no los agresores. c) Que los llamados "periodistas oficialistas" jamás han sido tocados ni con el pétalo de una rosa por los seguidores de los partidos políticos a los que, como furgón de cola, se pega el CENIDH. En otras palabras, que los periodistas llamados "independientes" son inmaculadas ovejas, incapaces de ofender a nadie, santos mártires de la tiranía que impera en Nicaragua. En relación a nuestra primera observación cabe señalar que los intereses comerciales y políticos de los dueños de medios no pueden ser los mismos de los periodistas honestos, honrados, éticos y profesionales que proclamamos que la noticia es un bien social y no una cosa de compra y venta. Añadir que la patronal mediática ha convertido la información en una mercancía que paga el mejor postor, trastocando los verdaderos valores del periodismo e irrespetando el derecho del pueblo a ser informado con la VERDAD, como lo manda la Constitución de la República. De ahí parten las dificultades que han existido para que en esos medios se respeten los derechos humanos de los niños y niñas, de las mujeres y sobre todo los de aquellas personas de condición pobre, que son escarnecidos y utilizadas diariamente como retablos publicitarios, en el afán amarillista de vender la mercancía "informativa" que llena la programación de esos medios. Por tanto, hay una considerable distancia ética y moral entre ser periodista profesional y ser dueño de medios. No puede el CENIDH echarnos en el mismo saco, menos en lo que toca a la defensa de la libertad de expresión y de conciencia. Por ese afán de confundir la ética con el comercio, los señores del CENIDH se guardan de denunciar las violaciones a los derechos humanos que ocurren en los antros mediáticos de la Carretera Norte y sus congéneres de la TV. En realidad, el CENIDH no puede poner objeciones a quienes tienen en sus manos el afán de protagonismo y figureo de sus directores, que, además, miden en función de propaganda y publicidad mediática las acciones que ejecutan en defensa de los derechos humanos. Por esa razón ya es de todos los días el afán de figuración de los ejecutivos del CENIDH en los medios de la derecha reaccionaria, a los que se han entregado sin reserva alguna y en completo olvido de las funciones de justicia, equidad y objetividad que se requiere en materia de investigación, educación, defensa y denuncia de los derechos humanos. Se han plegado totalmente a los intereses de los empresarios mediáticos que se consideran a sí mismos como dueños absolutos de la libertad de expresión, olvidando que esa libertad pertenece al pueblo, fuente de todos los derecho y poderes. Cierto, han existido agresiones de parte de simpatizantes sandinista contra los llamados periodistas "independiente", pero también como contraparte, los "independientes" y sus partidos políticos, han agredido a los periodistas sandinistas. Sin embargo, eso no se ve, ni se denuncia en las salas del CENIDH, donde todo se mira según el cristal de la propaganda política a su favor. Ese silencio cómplice, trata de ocultar que en los antros mediáticos de la Carretera Norte se atenta contra la libertad de expresión y de conciencia de los periodistas que, bajo amenazas de despido, tienen que atenerse a las reglas políticas de la patronal desde el mismo momento en que aceptan laborar para ella, renunciando de hecho al derecho del discernimiento y del pensamiento libre, y sobre todo, renunciando a la función social propia de su profesión que, además, determina la existencia y finalidad de los medios de comunicación. Aquí, querido Sancho, la función social de los medios se ha transformado en una exclusiva tarea política con una finalidad obcecada, derrocar al gobierno del presidente Ortega. Y no hay vuelta de hoja porque eso lo determinan los dueños de esos medios. ¿Qué dicen, por ejemplo, los informes del CENIDH sobre el derecho que tiene el pueblo nicaragüense a acceder a una información veraz y responsable que no sea la que monopolizan aquí los grandes medios de la derecha en manos de una familia? ¿Por qué no denuncia que la información nacional depende en gran parte de los caprichos políticos y comerciales de ese monopolio familiar mediático? ¿Si el CENIDH condena los bozales y la manipulación, por qué calla ante los abusos que en esa materia practican los dueños de medios? ¿Con qué criterio calla el CENIDH los efectos que causa la "información" sanguinaria, golpista, amarillista, alarmista, unilateral, tremendista y apocalíptica que ponen esos comerciantes en las mentes de los nicaragüenses para mantenerlos en constante suspenso y temor? ¿Acaso no es la función social constructiva la que debe ser norte de un periodismo ético y profesional? ¿Acaso no es la función social sana la que da sentido y valor a la existencia misma de los medios de comunicación? Se sabe que el objetivo de estos medios eminentemente comerciales y políticos –afiliados a la SIP patronal- es agrandar desmesuradamente sus cuentas bancarias con la finalidad de "poder defenderse de cualquier denuncia o acusación en su contra", esto los transforma en entes superpoderosos frente a la justicia y en muralla en la que se estrellan todas las quejas y denuncia de la gente pobre. Y que alharaca –coreada por el CENIDH- se hace cuando los dueños de estos medios abusivos son acusados por sus calumnias, por sus mentiras y por sus libelos. "¡Huyuyuy -dice el CENIDH haciendo coro a la SIP-, están atentando contra la libertad de expresión!". Libertad de expresión que es libertinaje donde se refocilan los dueños de medios, como los "intocables" de Elliot Nees. Cualquier mención de la palabra "control", es anatema, herejía contra el sistema liberal salvaje que monopoliza las informaciones. Es doloroso que el CENIDH, ni siquiera de oficio se ocupó de la grave denuncia que contra El Nuevo Diario hizo una periodista seria, digna de todo crédito, como es Eloísa Ibarra. En este caso los derechos humanos no existieron. Notorio también el bozal que se auto impuso el CENIDH con la denuncia de calumnias de la colega Xochilt Ocampo, y contra la quema de un auto propiedad del Canal 4 y las agresiones, tiros y puntapiés que se han dado contra otros colegas por el delito de ser "oficialistas". ¿Es que así respetan la libertad de pensamiento que exigen del gobierno? ¿Qué han hecho estos señores del CENIDH para denunciar la avalancha perenne de programas de violencia con que nos bombardean minuto a minuto los medios televisivos, que así se transforman en modelos de manipulación y enajenación para la niñez y en general para las nuevas generaciones de nicaragüenses? ¿Qué ha dicho en los múltiples casos de despidos arbitrarios de periodistas, la triste situación "salarial" de los corresponsales, la explotación que sufren en esos antros los estudiantes de periodismo, los "aguinaldos" míseros que dan a sus voceadores y que salen del trabajo de ellos mismos? ¿Por qué no figuran en los informes del CENIDH como violaciones a los derechos humanos? ¿Por qué jamás se menciona en los informes del CENIDH la violación al derecho de organización de los periodistas en tanto en esos medios es anatema pronunciar siquiera la palabra SINDICATO? ¿Podrían decirme en cual de esos reductos patronales existe un sindicato? ¿Por qué no denuncian que los dueños de esos medios son enemigos de cualquier forma de organización que tenga que ver con los periodistas, especialmente de la colegiación contra la cual utilizan los viejos argumentos cerriles de la Sociedad Interamericana Patronal de Prensa? Volviendo al principio, querido Sancho, la Carta de los Derechos Humanos de la ONU es clara y precisa, no puede –como la Biblia-, estar sujetas a interpretaciones antojadizas. Los Derechos Humanos no deben manipularse al antojo de aquellos personajes o instituciones que dicen defenderlos y de aquí surgen otras preguntas:. ¿Pueden los defensores de los derechos humanos proteger a una clase social, a un partido político, a una tendencia, o a una persona en particular, haciendo caso omiso de otras que no son de su aprecio? ¿Se promulgaron los derechos humanos para que cualquier institución, diz que defensora de los derechos humanos, los interprete a su capricho o de acuerdo a sus intereses políticos, propagandísticos, pasionales, personales y temperamentales? ¿Cómo puede decir alguien que defiende los derechos humanos si hace de ellos un asunto meramente coyuntural y desdeña los antecedentes que dan lugar precisamente, a los hechos coyunturales? ¿Pueden ser "independientes" aquellas instituciones de derechos humanos que pierden la noción de su realidad y en esa situación le hacen el juego a los intereses del imperio, amo de la guerra y principal violador de los derechos humanos de toda la humanidad? La pasión política ha llevado al CENIDH a aliarse con los secuaces criollos de los Estados Unidos, de un modo tal, que las continuas injerencias de todo tipo que tuvo el embajador yanqui Trivelli y que ahora sin rubor practica el procónsul Shannon, nunca han merecido el repudio de esa organización y en esa situación funciona como aliado en la guerra ideológica, mediática, psicológica e intervencionista que los mandatarios gringos han emprendido contra el gobierno sandinista. ¿Por qué no hubo ni media palabra de condena contra el terrorismo mediático con que se combatió la candidatura presidencial del comandante Ortega? ¿Por qué ni siquiera se criticó esa campaña sucia, llena de injurias, epítetos, ofensas y descalificaciones derechistas? ¿Por qué no mencionó el CENIDH que esa campaña tenia como base la doctrina terrorista del presidente Bush (el que no está conmigo está contra mi), creada para justificar las nuevas guerras e intervenciones de toda clase que ha ocurrido después del aciago 11S? El CENIDH es ahora como la Sibila Cumana que señala rumbos, propone su verdad como irrefutable, mide a los periodistas según su rasero y hace coro a los políticos corruptos, alejado de la justa medida de los hechos. Se ha convertido el CENIDH en la Casandra agorera de desgracias, incapaz de ver el menor atisbo de algo bueno en las acciones del gobierno. Parece que en él éxtasis del odio –muy personal- se vuelve ciego, sordo y mudo cuando le conviene. No es difícil seguir el rumbo adolorido del CENIDH ante la nueva visión libertaria de los países del ALBA, del silencio cómplice que han guardado ante el golpe dado por los militares al gobierno legítimo y democrático de Manuel Zelaya en Honduras. ¿Será que el CENIDH acepta los golpes de estado si esos se producen en provecho de sus nuevos amigos de la derecha? En verdad Querido Sancho, esta vivencia quisneta del CENIDH, esta falta de ponderación, de equidad, de objetividad de sus directores, solo daño pueden traer a esa institución, El daño mayor está en la pérdida paulatina de credibilidad en la conciencia de un sector muy importante de la ciudadanía nicaragüense. Si hasta ahora el CENIDH mide los hechos con el hígado, la bilis y el temperamento, es tiempo que recapacite y los pese en la balanza de la razón y la justicia.
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