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Sandino escritor y pensador

19 Febrero 2013

Por Edwin Sánchez.

La descripción no se diferencia en nada de la de un escritor: "Moncada estaba en una silla mecedora, sobre alfombras, conversando con un sacerdote. El salón era pequeño, pero con muchos cuadros en las paredes, cortinas y muebles finos. El piso era de mosaico; en el corredor había maceteras de flores y en el interior un jardín.

"Ya no vestía de campaña Moncada. Ahora llevaba un traje de palm beach y zapatos lustrados. Pidió excusas al sacerdote, participándome que la conferencia entre los jefes del Ejército ya se había celebrado; que todos habían aceptado el desarme y que mi deber era ajustarme a la opinión de la mayoría.

"Yo iba espiritualmente ya preparado. Me había convencido mediante conversaciones de algunos jefes de mi Columna de la no conveniencia de contradecirle mucho a Moncada, ya que él estaba en posibilidades de desarmarme por la fuerza y hacerme reo. "Con eso no conseguía su libertad Nicaragua". Mayo de 1927.

Augusto C. Sandino contaba con la fuerza de la escritura: la causa de Nicaragua le impidió escribir libros, pero dio rienda suelta al escritor y al pensador que llevaba dentro, a través de su prolífica correspondencia, en circulares, boletines, partes de guerra, escritos autobiográficos y otros documentos.

A la escritora Rosario Murillo, como a muchos, Sandino le provoca esta exclamación: "¡Cómo es posible que una persona de Niquinohomo, tan joven, sin mayor preparación, haya llegado a cumplir una Misión tan elevada!".

En la vívida descripción, lo que hace el General "es lo que llamaríamos un barrido de imagen". Me lo dice el geólogo, con un PHD en Japón, William Martínez. ¿Por qué? He hablado con él de una confesión del Héroe de Las Segovias al periodista vasco, Ramón Belausteguigoitia: un cataclismo en Centroamérica, Nicaragua envuelto en agua..., pero de eso referiremos más adelante.

"Tiene el don de poner las cosas en orden", subraya el doctor Martínez. Su mérito es mayúsculo: sin haber pasado los niveles básico de educación, Sandino cuenta con un alto coeficiente intelectual. Es un militar insuperable, y a la vez, dotado del talento de la palabra en la suprema condición del arte. Es, digo, un escritor, un artista. Si no, ¿cómo explicar su poesía alzada? Poesía y profecía: "Nosotros iremos hacia el sol de la libertad o hacia la muerte; y si morimos, nuestra causa seguirá viviendo. Otros nos seguirán."

¿Quién era este hombre capaz de trasladar la gran epopeya de su causa, construyendo la nación, escribiendo en las tablas de la rebelión el sentido de nuestra nacionalidad con el fuego dulce de la palabra?

Era como empezar a ordenar el caos, porque en México, Sandino ya no puede ver más cómo maltratan a su pedazo de América, como diría Fidel: vuelve a un país desordenado y vacío. Por eso, llama la atención de esa mente descriptiva, que todo lo analiza y nos detalla un cuadro completo: "Moncada ya no estaba en traje de campaña". Además, ahora platicaba con un sacerdote. ¿Qué nos trata de decir este poeta armado, este escritor alzado, este nicaragüense cortador de las bananeras, mecánico, despachador de gasolina, vendedor de café, artesano, todo reunido en un pensador?

Pensador en mayúsculas porque ciertos intelectuales no le reconocerán ese innegable mérito, porque se supone que éstos son ratones de bibliotecas y ánimas encarnadas en los claustros universitarios. ¿Cómo ser un pensador enmontañado, combatiendo por levantar a una nación desde la nada?

Sandino filosofa, la patria es su meditación constante. Quiere descubrir el sentido de país que habíamos perdido, o quizás, no encontrado todavía.

Estratega y creador de ciudadanía

¿Quién puede enderezar el rumbo de historieta que llevaba nuestro territorio? No era asunto de solo tomar las armas, sino que antes, debió haber un pensador, un hombre dotado de una inteligencia natural, extremadamente desarrollada, capaz de hacer una síntesis. Sin el filósofo que hay en Sandino, no hay ningún Manifiesto de San Albino. Sin su capacidad intelectual no cultivada en los ambientes del alma mater, sino en sus estudios autodidácticos, a través de un agudo sentido de la observación y su capacidad de ver más allá del calendario, Herbert C. Hoover, Presidente de los Estados Unidos nunca hubiera ordenado el retiro de sus tropas desplegadas en Nicaragua. Sandino fue más que un guerrillero.

Es bueno decirlo, por la injusticia del conservatismo de los años 90, cuando se trató de desaparecer de nuevo el nombre de Sandino, porque era un militar, y Nicaragua necesitaba para su "desarrollo", fomentar los "héroes cívicos". Fue la triste época cuando se enfrentó a Darío contra Sandino, a Máximo Jerez contra el niño Luis Alfonso Velásquez Flores, todo con el rencor de acabar para siempre con el sandinismo.

Sin embargo, poco ingenio hay en aquellos que trataron de reducir a Augusto C. Sandino a un hombre de guerra. Cuando el Héroe se define "ciudadano armado", nos habla de su doble condición. En él se encuentran el estratega militar y el creador de la ciudadanía nicaragüense. En él está el General de un pueblo que no solo construyó un Ejército, sino a sus propios líderes, a sus "hombres nuevos", como les llamó, y le dio configuración de Nación a la famélica ficción jurídica de "patria", porque ese título venía no precedido de un Himno Nacional, a como corresponde a los países de verdad, sino de una acusación en términos de mercado: Vende-patria.

Yo le trasmito mi asombro al doctor Martínez, porque siempre me sorprende el talento del niquinohomeño de deleitarse con el idioma. No me detengo en la ortografía, sino en la lucidez de su expresión, y esa correlación de la forma y el contenido, para transmitir su mensaje de una manera vital, elocuente, profunda: "Moncada había negociado al Ejército Liberal como partida de ganado en Tipitapa". (Mayo 1927). Es "la fuerza de convicción" lo que se trasluce en los escritos sandinistas, anota.

Faulkner y la Intervención

Alma y arma, corazón y guerra, inteligencia y fuerza. Si Sandino no entra a la Revolución Constitucionalista, no triunfa Moncada. Somoza no hubiera pasado de ser inspector de los sanitarios de León. Adolfo Díaz hoy sería venerado como "prócer", y el más eminente escritor norteamericano, William Faulkner, no hubiera necesitado denunciar desde su enorme obra "EL SONIDO Y LA FURIA", la propia intervención de los Estados Unidos en la guerra contra Augusto C. Sandino. Jason IV, (6 de abril de 1928), dice:

"Que se destroce la cosecha, año tras año, y entre tanto los de Washington gastándose cincuenta mil dólares diarios en mantener un ejército en Nicaragua o en algún sitio así". (Pp. 217, Hyspamérica. Ediciones Orbis, 1982).

Una inteligencia superior a su tiempo

El juego escritural de Sandino se aprecia en una carta que le envía a María Soledad Sandino, su novia de Niquinohomo. El 3 de junio de 1922, escribe una pieza literaria, con monólogo interior, cuando se publica en Irlanda ---"da la casualidad"---, "Ulises" de Joyce, la máxima joya de la literatura del siglo XX. ¿Magnetismo de las ideas?

"Yo soy muy malicioso, y cuando tengo mis horas de meditación me he logrado el imaginarme cuanto ustedes pueden pensar de mí", le escribe.

Así articula el flujo de la conciencia de su novia, redactando un personaje femenino, con lo difícil que le resulta al mismísimo Mario Vargas Llosa recrear una voz femenina, ahora ya no digamos su pensamiento: "Este ha sido mi dolor de cabeza, es un embustero: también puede ser que me quiera, pues ya han transcurrido algunos años y no me olvida, pero mi mayor tuerce es que aún no lo quiero mucho, pues yo creo que no volverá y es mejor que no le honre con el contestarle, porque de lo contrario él seguirá de necio y... tal vez yo pierda, si si, no si, no si... es mejor que le olvide; ¡hay Dios concédeme lo que te pido!, no, no, este ya no, ¡me pesa, me arrepiento hasta...! otra cosa ¿y de qué me he enamorado yo? Él no es un tipo; él no es rico, y sobre todo, se fue... pero ¡es mejor, es mejor! ¿Y si vuelve? Pues no le haré caso, si, sí, estoy resuelta y qué me importa que se quiebre la cabeza pensando en mí ese tonto!".

De Vanguardia

Cuando Sandino habla de "un océano vaciándose en el otro", de "ver Nicaragua envuelta en agua", la depresión de Nicaragua y sus volcanes, el doctor Martínez mira un alto grado de percepción del ambiente físico en que vive el Héroe. Y expone las ideas que corrían por su tiempo, y no como dijera Somoza: padecía un desequilibrio del cual solo Freud podría sanarle. De hecho, lo que endilgaron a Sandino, fotografió a Somoza y su claque, pero nunca al patriota, sostiene el geólogo.

"Son ideas vanguardista de su época que venían rezagadas a Nicaragua", contextualiza. "No era para descalificarlo, porque Nicaragua tampoco poseía una plataforma científica. Todo esto más bien demuestra a Sandino como poseedor de una de las mentes más brillantes del país", subraya. Nunca antes, la libertad de la tierra de lagos y volcanes estuvo en manos tan puras. Por algo es que Carlos Fonseca enlaza al FSLN con el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, EDSN. Por algo, el Presidente Daniel Ortega asume la responsabilidad histórica, y herencia a la vez, de todo lo que viene envuelto en la limpia enseña del General.

Sandino capta la psicología de Moncada, y su plástico retrato exhibe de pies a cabeza al personaje. El General confirma los subsiguientes capítulos de la Historia de Nicaragua: "la promesa de la Presidencia la llevaba en su bolsillo". El cuadro que Sandino pinta del jefe de la Revolución, para el doctor Martínez, es la demostración de una inteligencia nada común. "Está haciendo un barrido, esto por esto, esto por lo otro, y esta será la consecuencia...", sostiene.

Moncada está por "ahorcar" al Partido Liberal. Está delante de él. Éste le conmina a obedecer la "opinión de la mayoría" de los jefes de la guerra, "mayoría vencida por él mismo". "Yo no estaba con su opinión", dice Sandino. Ahí, en aquella amplia y cómoda casa de Boaco, el Héroe exhibe una sabiduría más allá de lo ordinario, cuando tiene ante sí, el Acta de Capitulación incompleta: solo falta su rúbrica. En esos segundos, Sandino debió pensar literalmente con la rapidez de una ametralladora Thompson, calibrando el fin o el génesis, la muerte o la vida, entrar a la Historia o salir para siempre de ella:

"En ese instante me pareció que mis sueños de libertad se habían ido a tierra, porque si Moncada insistía en que yo firmara, yo estaba dispuesto a pegarle un balazo.

"Hice un esfuerzo para recuperar la serenidad que el caso requería y le manifesté textualmente estas palabras: --- Usted manda. Lo autorizo ampliamente para que firme usted por mí.

"Seguramente él se sintió victorioso porque ya había logrado convencerme, según él, de su manera de pensar.

"Era yo el único opositor, entre todos los jefes del Ejército al pacto Moncada - Stimson. Accedió y me dijo que él firmaría por mí". Así burla el elegante cerco de las promesas y la fama barata.

El Guerrillero había asistido a esta cita final con Moncada, después de haber bajado de una elevación, con el ánimo de cambiar con su verdad aquella lamentable realidad.

En el Cerro El Común

Toda la historia de Sandino parece escrita por una mano superior sobre las páginas reales de la vida. Cuando intuye todo lo que viene, se aleja de sus hombres para que no lo vean llorar y sube al Cerro El Común. Es increíble la alegoría de este acto, al punto que puede constituirse en un símbolo, pues ahí se refugiará para tomar una decisión NADA COMUN en todo el planeta: enfrentarse a la mayor potencia mundial.

Símbolo, porque Sandino siempre fue alguien fuera de lo común, en pensamiento, en acción, en letras, en la estrategia militar. Sandino se revela y rebela; un líder de otra naturaleza, cuando los políticos se vendían y los militares se rendían, y todos cantaban el mismo Te Deum.

A pesar de carecer de educación formal, y las complicaciones de ser hijo fuera de matrimonio, pues debía ganarse el sustento diario, "buscaba la Luz. Quería salir de esa forma tan común como se manejaban las cosas en el país y ahí se manifiesta una inteligencia fuera de su tiempo y de su generación. Con una educación refinada, por la calidad de su pensamiento y de sus escritos, si no hubiese tomado las armas, hoy su legado fuera otro", puntualiza el doctor Martínez.

"Así pasé tres días en el cerro El Común, abatido, triste, sin saber qué actitud tomar, si entregar las armas o defender el país, que reclamaba conmiseración a sus hijos. No quise que mis soldados me viesen llorar, y busqué la soledad".

Tres días, ¿casualidad o causalidad?; son los mismos de Jonás, de Jesús, de los dos testigos del Apocalipsis. ¿Qué lección le estaba dejando a la juventud? Sandino escaló por encima de lo Común, como todo lo extraordinario que emerge de los pueblos despreciados por los poderosos que creen sentenciar destinos definitivos: Metapa, La Concordia, Niquinohomo... Belén.

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