Carlos Fonseca, serían 88 años Alajuela, Costa Rica. Por Sergio Erick Ardón (*), Facebook

Carlos Fonseca, serían 88 años Alajuela, Costa Rica. Por Sergio Erick Ardón (*), Facebook

El autor, Sergio Erick Ardón, de 88 años, es arquitecto costarricense, militante de la izquierda revolucionaria, progresista y democrática de siempre. Este testimonio lo publicó en Facebook el 23 de junio de 2017, bajo el título «Serían 81 años»

Para entonces la carretera que conducía a la frontera no estaba asfaltada. En un viejo Buick medio destartalado, alquilado para la ocasión, sobre el lastre grueso, recorríamos los últimos kilómetros. Al volante iba yo, a mi lado embargado por la emoción Francisco Rosales (Chicón) conversador insigne, me contaba sobre el compañero que recogeríamos a la altura de los corrales de la Hacienda El Hacha. Lo hacía con una devoción rayana en la adoración. Yo de Carlos Fonseca había oído, incluso había leído un libro escrito por él, pero nunca lo había tenido en frente.

Detuvimos el viejo Buick, que ya resoplaba como agotado, frente al gran guanacaste acordado. De detrás de los horcones de los corrales salieron dos personas: uno de baja estatura y sombrero de lona, el otro alto y de pelo encrespado. Chicón saltó del carro y se fundió en un abrazo con el más alto, el de pelo encrespado. Luego me pidió acercarme y me presentó, como “un buen colaborador”. Se sentaron en un tranco caído y en voz baja conversaron un rato. Mientras lo hacían, el más pequeño se afanaba por quitar de las piernas de Carlos y de sus pantalones garrapatas y molisecos. Yo observaba aquel cuadro y pensaba “de verdad que a Carlos Fonseca lo quieren sus compañeros”, HERMANOS, como despues supe que los llamaba.

Así fue como conocí al líder indiscutible del Frente Sandinista de Liberación Nacional e inspirador principal de la lucha contra la tiranía somocista.

Me tocó llevarlo y traerlo por meses, mientras estuvo aquí antes de ser capturado. En ese ir y venir, supe mucho mas de él, de su personalidad, de sus ideas, de sus sueños, incluso sus gustos de asceta. Conocí a su esposa María Haydée Terán, a sus hijos Tania de los Andes y Carlitos, que vivieron en nuestra casa. Lo visité muchas veces en la Cárcel de Alajuela.

Al ser liberado, traté sin éxito de verlo en Cuba, no lo logré. Me dijeron que había salido de la isla.

Vamos por Carlos

Al ver la foto de su cabeza, porque la Guardia de Somoza decapitó su cadáver y lo publicó en “Novedades”, un escalofrío recorrió mi cuerpo, un escalofrío de dolor y de angustia. Se confirmaba la muerte de Carlos, que era la garantía, la única que yo veía, de que la victoria tuviera una buena y sabia conducción.

“Vamos por Carlos”, me dijo Chicón.

Yo nunca decía que no a las solicitudes de apoyo. Estábamos seriamente comprometidos en las acciones de solidaridad con los combatientes sandinistas.

A la mañana siguiente en un Pontiac alquilado, no sé dónde, porque el carrón parecía no ser apto para llegar muy lejos, íbamos rumbo a la frontera.

La carretera entonces estaba en reparación, y había largos trechos, después de pasar Liberia, en lastre grueso. El chofer era yo y habiendo dado una ojeada ligera a las llantas temía que en cualquier momento fueran a fallar, de lo lisas que estaban. Pero no, el Ponticac color rosado, no nos falló, y llegó sin contratiempos al lugar del encuentro.

Llegamos a media tarde de aquel caluroso día. Era febrero, y en febrero Guanacaste reverbera. Habíamos hecho el trayecto en un plymouth viejo alquilado, de esos grandes, aparatosos, como eran los carros traídos de USA en los años 50. De Liberia en adelante el camino era de piedra. Yo, que hacía de acompañante y chofer, temía que aquel escándalo de latas sueltas y las quejas del motor presagiaran la varada. “Chicón” Rosales me había dicho que íbamos a recoger a un compañero. Nada más.

Del corral indicado, pasada la hacienda El Hacha, apareció un muchacho pequeño, con cara de mil penurias. Chicón le apretó la mano. A la seña, salió de detrás del guanacaste añoso un hombre alto, flaco, de ropas sucias, gruesos anteojos, ojos claros y andar como desvencijado. Chicón se fundió en un abrazo con él, cambiaron algunas palabras, subieron al Plymouth, me extendió la mano con una sonrisa y se presentó: “Carlos Fonseca, gusto de conocerte”.

Como que el viejo carro sabía. De aquel perdido lugar a mi casa en Alajuela, se portó de maravilla. En el trayecto recitó unos poemas de Darío, de política no hablamos.

Así fue como conocí al cabeza indiscutible de la lucha contra la tiranía somocista.

Nunca quiso firmar con el apellido Fonseca

La hacienda El Hacha, tenía un pequeño corral a la entrada sombreado por un inmenso guanacaste. Ahí paramos, y ahí, veinte minutos después, de entre el alto jaragual apareció un hombre alto, de cabeza descubierta, pelo rizado, y con dos culos de botella por anteojos, detrás de los cuales venían dos ojos azules. Delante de él, pistola en mano, con cara de quien marcha al combate venía un hombrecito pequeño.

Chicón y Carlos dialogaron por un rato, mientras el escolta no me perdía ojo, ni enfundaba su pistola.

Luego se acercaron y fui presentado, sin que mediara sonrisa ni efusividad alguna. Supe después que Chicón estaba siendo regañado por su ligereza al apoyarse en una persona desconocida para Carlos, un no militante, que conocería de su presencia en Costa Rica, lo que debía ser un secreto.

Antes del regreso, Filemón Rivera, que era el escolta, limpió las piernas de Carlos, con esmero, de garrapatas y espinas, recogidas en la caminata nocturna por el monte, al cruzar la frontera.

El aspecto del dirigente máximo del Frente Sandinista era lamentable. Un hombre muy delgado y visiblemente agotado.

A la vuelta la cosa se fue distendiendo y ya hubo risas y chistes, y hasta poemas de Darío.

Así fue como conocí a Carlos Fonseca.

De él ya me habían hablado. Entre los combatientes que pasaban por aquí viniendo de cursos de formación militar en varios países, de Carlos se hablaba con profundo respeto y con notable cariño.

Supe que era el hijo de una mujer humilde matagalpina y de Fausto Amador, cosas que tiene la vida, administrador de los bienes de Anastasio Somoza. Carlos nunca consintió que el apellido Amador fuera su apellido, y prefirió ser Fonseca como su mama.

Vivió en Matagalpa su niñez y su escuela, y en esa misma ciudad del norte de Nicaragua hizo los estudios de secundaria.

Pasó a León para matricularse en docencia, y aunque había demostrado en su vida estudiantil ser un estudiante brillante, optó por la lucha política contra la tiranía. Fue en León que lo flechó el amor. María Haydée Terán, hija de un librero leonés ocupó sus desvelos de muchacho enamorado, y sería la madre de sus dos hijos. Tania de los Andes y Carlitos.

Pero su corazón de patriota y justiciero, andaba por otros rumbos y pronto empuño las armas y fue herido de gravedad.

Con un grupo de jóvenes como él y unos pocos viejos veteranos de las filas de Sandino, fundó la organización que reivindicaría aquella heroica gesta soberana.

Ese fue el hombre tan maltratado que ayudé a traer de Guanacaste.

Honores inmerecidos que nos depara la vida.

Altísimas calidades humanas

Rompiendo su rigidez de luchador clandestino, fue superando sus dudas, fui ganando su confianza, y terminé siendo el que lo llevaba y lo traía, tanto a las reuniones en las casas de seguridad, como al cañón del Virilla para practicar el tiro. Siempre que andábamos por San José me pedía que lo pasara por la Pop’s, a comprar un cono de helado de coco, que era su debilidad.

En la casa por el Llano de Alajuela, de un pareja extranjera amiga, que no sabía de quién se trataba, lo instalamos para que trabajara en la elaboración de los documentos programáticos y los estatutos del Frente, que serían discutidos y aprobados en una hondonada de la Hacienda Pinto en Siquiares de Turrúcares, muy cerca de donde ahora vivimos.

Luego sucedió lo que sucedió. A raíz de un fallido asalto a un banco en La Uruca, en el que Carlos no tuvo que ver, una delación, condujo a la policía a la casa del Llano, y Carlos fue apresado.

Los temores sobre lo que pudiera pasarle, habida cuenta de las estrechas relaciones entre el presidente Trejos y Somoza, llevaron a sus compañeros a intentar liberarlo de la cárcel de Alajuela, acción infructuosa que se saldó con un costo muy grande, muriendo un policía, el cabo Jiménez, con heridos de parte y parte, y desatando una intensa campaña de desprestigio contra los sandinistas.

Mientras estuvo detenido, tanto en la cárcel de Alajuela como en la Penitenciaría, fueron largos meses, en nuestra casa se alojaron María Haydée y sus hijos.

Después de la liberación de él, y de sus tres compañeros, presos en condiciones lamentables en la Penitenciaría Central, con Humberto Ortega gravemente herido, sin atenciones, gracias a un canje por un avión de Lacsa capturado, supe que vivía en Cuba. En una visita a la isla lo busqué sin resultado.

Años después, cuando la lucha en Nicaragua arreciaba, en búsqueda de reunificar a un Frente Sandinista fraccionado, se internó en la montaña y ahí de apenas cuarenta años, encontró la muerte, como él lo hubiera querido, en combate.

Escribo estos someros recuerdos al cumplirse hoy su cumpleaños 85.

En mi vida de aprendiz de revolucionario he conocido mucha gente buena. Gente comprometida con sus pueblos, empeñada en mejorar la suerte de los pobres y los maltratados, de rescatar soberanías. Entre ellos Carlos Fonseca, ocupa un lugar especial en la primera fila.

Tuve la suerte y el honor de ayudar a su causa, y de conocer sus altísimas calidades humanas.

Pienso que si esa bala asesina no destroza su corazón guerrillero en la selva de Zinica, seguramente que en Nicaragua otro gallo, de voz más limpia y más dulce, cantaría.