El «Adiós a Sandino» de Armando Morales Managua. Por Elizabeth Ugarte F., http://istmo.denison.edu/n01/articulos/memoria.html

El «Adiós a Sandino» de Armando Morales Managua. Por Elizabeth Ugarte F., http://istmo.denison.edu/n01/articulos/memoria.html

Apuntes biográficos

Armando Morales nació el 15 de enero de 1927 en Granada. Su obra refleja la época de la Dictadura Somocista en una serie litográfica creada en 1993 llamada «La saga de Sandino». La serie cuenta la historia del asesinato del General Augusto C. Sandino, en la que rinde honor al Héroe Nacional 60 años después de su magnicidio.

Detrás de ese hombre malgeniado, gritón y de cara dura está el verdadero Armando Morales. Uno que amaba cocinar, encerrarse en su estudio y que disfrutaba ser papá. Un hombre que pensó que viviría 139 años, pero que llegó a los 84. Un retrato íntimo del mejor pintor que ha parido Nicaragua.

 Granada. 13 de diciembre de 2010. El ascensor quedó atorado con una ventana y él dio la orden de quitarla. Se quitó, tal y como lo dijo, y de pronto, el enorme cajón se vino abajo. Se desplomó con él adentro. Todos en su casa corrieron, pero no había qué hacer, su cuerpo había pagado aquella instrucción: seis fracturas.

Ese fue el inicio del final de la vida del pintor nicaragüense Armando Morales. Ese día cambió su vida y la de su familia.

Habían llegado a Nicaragua como quien regresa a la tierra prometida. Después de pasar la mayor parte de su vida en el extranjero, decidió que él, su esposa y sus dos hijos menores, Nicolás y Andrés, vivirían entre Granada y Miami. Ya estaba cansado de vivir en Europa, sobre todo en Madrid, donde se había instalado los últimos años. Y nunca le gustó viajar en avión, les tenía miedo.

Tras la caída en el ascensor, llegó una extraña tos que se unió con una alerta de cáncer de próstata y pronto su cuerpo comenzó a flaquear. Ni su esposa sabe con exactitud qué fue lo que pasó ese 16 de noviembre de 2011, cuando murió.

Análisis de «Adiós a Sandino»

La pintura nicaragüense de inicios del siglo XX se caracteriza por ser realista y tradicional, manteniéndose al margen de los movimientos modernistas europeos. Y no es hasta mediados del siglo XX que inicia la pintura moderna (según Robert Atkins el término moderno se usó para describir el estilo y la ideología del arte producido durante la modernidad, era que abarca desde 1860 hasta 1970) con la llegada en 1948 del maestro Rodrigo Peñalba (León, 1908-1979) como director de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Managua, fundada en 1939. Peñalba estudió en Estados Unidos, México y Europa; fue un maestro ejemplar y es quien sienta las bases de la pintura contemporánea nicaragüense.

Se entiende por pintura contemporánea a aquella que posee las características de la modernidad: énfasis en las cualidades de la forma, tratamiento del espacio pictórico en su bidimensionalidad, introducción de todo tipo de materiales, inspirarse en el urbanizado mundo moderno, así como también en el arte de los pueblos primitivos.

Entre el grupo de los grandes pintores contemporáneos de Hispanoamérica se encuentra el nicaragüense Armando Morales. Se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Managua con el maestro Rodrigo Peñalba, quien según Dore Ashton jugó un papel importante en su formación artística. “… Había estudiado en Italia, llegó con las nuevas del arte moderno. Esto fue muy estimulante para Morales y aprendió de él lo que era ser un pintor moderno”.

Morales nació en Granada (1927), es un pintor reconocido internacionalmente, ha realizado numerosas exposiciones en diferentes países de América y Europa, ganado numerosos premios entre ellos el Premio Ernest Wolf (1959) como el mejor artista latinoamericano en la V Bienal de Sao Paulo. En este mismo año obtiene una beca de la Guggenheim Foundation y en 1960 viaja a Nueva York para estudiar grabado y litografía en el Pratt Graphic Center, ciudad donde se instala definitivamente desde 1967.

Armando Morales inicia su pintura con un estilo abstracto que logra afianzar cuando se traslada a Nueva York con la beca John Guggenheim (1960-1963). Aquí entra en contacto con los movimientos estéticos de la década y empieza a utilizar elementos propios de la modernidad: planismo, segmentación, perforación y omisión de cualquier elemento referencial prevaleciendo la forma sobre el contenido.

Superada la etapa abstracta comienza a introducir la figuración. Esto no implicó un alejamiento de la modernidad, sino todo lo contrario, dio un aporte al crear una nueva forma de representar la figura de manera subjetiva. En este sentido Raquel Tibol se refiere a la originalidad de las figuras de Morales cuando afirma: “Son abiertas, verosímiles, pero no son directas, han sido extraídas de la realidad para ser sublimes”.

La temática en su obra figurativa es muy variada, son frecuentes en sus cuadros los desnudos femeninos, los que más tarde aparecen dentro del paisaje granadino: mujeres sensuales bañándose, secándose a orillas del gran lago, imágenes que parten de sus recuerdos y como él mismo dice, citado por Tibol: “Granada es mi almacén de recuerdos. Recuerdo haber visto a muchachas que se bañaban en el Gran Lago; justo antes del amanecer fue un momento extraordinario cuando la aurora pintó un resplandor mercurial en las aguas.

Representa escenas cotidianas evocadas por su memoria que huyen de lo anecdótico y lo histórico. Pero en la década de los años 80 su memoria lo conduce al tema histórico; cuando empieza a pintar el “Adiós a Sandino”, una serie de pinturas al óleo de las que surge “La saga de Sandino”, serie de litografías realizadas en 1993, un total de siete obras: Las mujeres de Puerto Cabeza, Sandino en la Montaña, Adiós a Sandino, General Pedrón (Pedro Altamirano), La última cena del General Sandino, Rendimiento del General Sandino frente al “Hormiguero” y el Asesinato del General Sandino detrás del viejo campo de aviación.

El “Adiós a Sandino” (Litografía, 53×70 cm.) parte de un recuerdo de infancia cuando Sandino con miembros de su estado mayor posan para una fotografía frente a la ferretería de su padre, recuerdo que su memoria rescata cinco décadas más tarde.

En la litografía aparecen seis personajes, los mismos que representó en el cuadro de 1985, Sandino junto a sus generales; Pedro Altamirano, Francisco Estrada, Juan Pablo Umanzor, Sócrates Sandino, y Miguel Angel Ortez. Augusto C. Sandino (1895-1934), es el héroe nacional, jefe del Ejército de Soberanía Nacional de Nicaragua que libró una lucha entre los años 1927 y 1932 contra las fuerzas de ocupación de la Marina de Guerra de los Estados Unidos.

El “Adiós a Sandino”, más que la representación de un hecho histórico, es un recuerdo llevado a imágenes, materializado, donde el artista crea su propio tiempo. “Morales se ha construido un tiempo intermediario, propio a través del cual el pasado hace penetrar en el instante presente los cortejos de los fantasmas desaparecidos”, escribió Jordan Chimer, en La Prensa Literaria en 1991.

Es decir, rescata un recuerdo de su infancia relacionado con un hecho histórico para trasladarlo al presente: en 1934, Augusto C. Sandino llega a Managua a negociar con el gobierno de Juan Bautista Sacasa. Sandino es invitado a una reunión con Sacasa y Somoza García en Casa Presidencial para entablar conversaciones, pero es apresado y llevado al campo de aviación de Managua donde es asesinado junto a los generales Francisco Estrada y Juan Pablo Umanzor, el 21 de febrero de 1934.

Según la historia fue muerto a traición junto a sus compañeros; por esta razón, Armando Morales al referirse al título de la obra dice: “No sé si fue esa misma noche que los mataron, pero si ha de haber sido en todo caso en fecha muy cercana. De allí el título: “Adiós a Sandino”, el adiós de un niño de siete años que no sabía que se estaba despidiendo de quien unas décadas más tarde iba ser un héroe entre los héroes”, de acuerdo con la cita de Teresa Conde en 1994, en su “Catálogo La Saga de Sandino, de Armando Morales”.

El hecho histórico en sí, toma en la obra un papel secundario porque según María Dolores Torres, en su obra de 1995 “La presencia del paisaje en la pintura nicaragüense”, este acontecimiento pasado es elevado a mito por su carácter atemporal, “…narra un acontecimiento que sucedió cuando él tenía siete años. Evocación de una imagen del pasado convertida en mito para perpetuar en la memoria colectiva lo que los héroes hicieron “ab origine”; el deseo inconsciente según Mircea Eliade, de repetir un arquetipo”.

Lo que a primera impresión parece una fotografía no son más que visiones de un mundo de sueños, luces y tinieblas que envuelven a los seis personajes, cinco de los cuales están aglomerados alrededor de la figura principal –la de Sandino– resultando una “composición axial” según escribió Lily Kassner en 1995.

El ambiente onírico y de misterio no sólo está acentuado por los efectos de luz y sombra, herencia del claroscurismo barroco, sino también por la combinación de colores que van entre el blanco sucio, plomo, ocre y rosado terracota. El arte barroco fue considerado hasta el siglo XIX como un arte decadente o de mal gusto, pero en la actualidad esta valoración ha cambiado y es considerado como un arte que rompe con todas las normas, ya que huye del equilibrio clásico. Una de las características con que se distingue la pintura barroca son los juegos de luces para obtener una sensación de volumen.

Los colores son utilizados de manera subjetiva principalmente este último porque permaneció en la memoria de Morales desde que lo observó a la edad de siete años y lo reafirma cuando explica: “Se alinearon en la acera frente a la ferretería de mi padre; pero tal vez para estar más holgados no dieron la espalda a la Camisería Ideal, sino al Salón Rosado de doña Rosa (pintado por dentro de rosado terracota)”, según la cita de Raquel Tibol en 1990.

Los seis personajes constituyen un grupo de figuras muy bien proporcionadas y equilibradas. Tienen carácter escultórico, pues al ser modeladas por el color y sus contornos definidos por el uso de la línea, sus formas y volúmenes se hacen más precisos. María Dolores Torres se refiere a esto cuando habla de los procedimientos que emplea Morales en su obra figurativa.

“Usa la línea como un contorno que define las formas y les imprime un carácter escultórico, llegando a lograr una feliz unión entre lo lineal y lo pictórico, dibujando simplemente, por medio de la pintura. En ambos casos, Armando Morales logra dentro de su modernidad una magnífica integración del pictorialismo barroco y del equilibrio clásico”, escribió en 1996 María Dolores Torres.

El cuadro carece de perspectiva, pues la profundidad está truncada por un complejo arquitectónico que nos recuerda a las pinturas surrealistas por estar ordenadas en un plano más allá de lo real, es decir mezcla una segunda realidad, la de los sueños. Pero también nos recuerda su pintura anterior que abarca el paisaje de Granada. Digo esto porque en el cuadro aparece un elemento muy representativo de la ciudad; el coche tirado por caballos.

Morales a pesar de recurrir a un tema histórico no ha abandonado los recuerdos de su ciudad natal, las imágenes de Granada han sido una constante desde la década de los 70, por lo que puede decirse que esta composición plástica está basada en la memoria visual, ya que el artista ha convertido sus recuerdos en imágenes precisas, representando una figura histórica y un espacio real que a la vez da cabida a la imaginación.

A la obra se le ha creado un espacio en el mundo contemporáneo con el propósito de mantener viva la figura mítico-histórica del General Augusto C. Sandino y así proyectar sus ideales de justicia, dignidad y libertad, razón por lo que también revela el espíritu nacionalista de su autor; su inclinación hacia ese movimiento de lucha que encabezó el héroe revolucionario.

Sandino luchaba contra las tropas de ocupación norteamericana que desde 1912 habían ocupado Nicaragua con el pretexto de garantizar un gobierno estable, pero en verdad su objetivo era evitar la intervención de países rivales que apetecían Nicaragua por su ubicación geográfica y por la posibilidad de construir un canal interoceánico.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) movimiento de lucha contra la dinastía Somoza fundado por Carlos Fonseca Amador en 1961, exalta la figura de Sandino y retoma su espíritu de lucha para impulsar la revolución creando un mito revolucionario. “Lo sorprendente fue que el mito revolucionario no sólo daba alas a la base militar del FSLN, sino que se convertía en un generador de consenso en la conciencia nacional”, dijo Wünderich Volker, en 1995.

Apareciendo la figura de Sandino como precursor de este proyecto revolucionario no era de extrañarse que Morales simpatizara con la revolución sandinista por lo que Dore Ashton dice: “… se trata de un pintor que encontró su camino desde muy atrás de ahí le ha sido imperativo dirigirse a los otros que están en la lucha desde la revolución sandinista con la gente que simpatiza”, opinó Dore Ashton en 1990.

En 1979 después de 18 años de lucha, triunfa la Revolución Popular Sandinista y eleva la figura de Sandino a la de héroe nacional. Quizás, a partir de aquí Morales adquiere un compromiso político a manera personal y realiza esta serie de litografías alusivas a Augusto C. Sandino; símbolo de lucha de los pueblos de América Latina y paradigma de la identidad nicaragüense, pues los ideales de este hombre que luchó por una causa justa, debía alimentar a las nuevas generaciones.

La historia y la memoria han sido puntos clave para crear el “Adiós a Sandino”, obra original y subjetiva donde están presente la modernidad pictórica y el patriotismo del autor, ya que “a pesar de vivir más tiempo en el extranjero que en Nicaragua, no ha perdido su identidad como nicaragüense, ni el amor a su país, fuente inagotable de sus creaciones artísticas”, concluye Dolores Torres en su libro “La modernidad en la pintura nicaragüense”.