Férreo pulso entre los pueblos de Medio Oriente y los invasores Beirut. Por Alastair Crooke (*), Strategic Culture Foundation, de Rusia

Férreo pulso entre los pueblos de Medio Oriente y los invasores Beirut. Por Alastair Crooke (*), Strategic Culture Foundation, de Rusia

La doble estrategia de Israel para Líbano consiste en ejercer presión mediante incursiones directas para infundir miedo entre la población en general, al tiempo que despliega presión diplomática para purgar a Hezbolá, no sólo de la frontera, sino de las regiones situadas más allá del río Litani (a unos 23 km al norte).

Pero Hezbolá no cede. Se mantiene inflexible: no será desplazado de sus tierras históricas en el sur, y se niega a discutir el asunto en absoluto.

“Si esta amenaza no se elimina por medios diplomáticos, no dudaremos en emprender acciones militares”, insisten repetidamente los ministros israelíes. Una encuesta del diario israelí (en hebreo) Ma’ariv mostraba que el 71% de los israelíes cree que Israel debería lanzar una operación militar a gran escala contra Líbano para mantener a Hezbolá alejado de la frontera. Una vez más, Estados Unidos acepta el liderazgo israelí: que Israel necesita montar una operación militar en Líbano.

El Coordinador Especial de Estados Unidos, Amos Hochstein, al tiempo que subraya la absoluta necesidad de que los residentes israelíes regresen a sus hogares en el norte de Israel, afirma que, no obstante, Estados Unidos trata de mantener el conflicto en Líbano en el nivel más bajo posible.

Hochstein esbozó: “Lo que hemos estado tratando de hacer es asegurarnos de que podemos contener los combates al nivel más bajo posible y trabajar en soluciones duraderas que puedan traer un cese de las hostilidades. Vamos a tener que reforzar mucho las fuerzas armadas libanesas y la economía del sur del Líbano. Para ello será necesaria una coalición internacional de apoyo, no sólo estadounidense”.

En pocas palabras: Hezbolá ha creado una “zona de fuego” de amortiguación dentro de Israel, que se extiende más de 100 km lateralmente y penetra entre 5 y 10 km de profundidad. Israel quiere recuperar esa zona de seguridad y ahora insiste en tener su propia zona de seguridad en el interior de Líbano, para “tranquilizar” a los habitantes de la frontera que regresan y asegurarles que estarán a salvo.

Hezbolá se niega a ceder ni un milímetro mientras continúe la guerra en Gaza, fusionando así ambas cuestiones.

Pero Netanyahu ha dejado claro que la guerra en Gaza debe continuar –un proceso largo– hasta que se cumplan todos los objetivos de Israel (probablemente irrealizables). Pero la cuestión de los civiles israelíes desplazados es cada vez más inmediata. La tensión en toda la región es alta y va en aumento, a medida que se acerca el tenso Ramadán y se avecina una incursión israelí en Rafah.

Los medios israelíes informan que “funcionarios estadounidenses temen que el Ramadán se convierta en una «tormenta perfecta» que provoque un estallido regional. La capitulación de Netanyahu ante sus socios de coalición de extrema derecha en relación con el acceso de los árabes israelíes al Monte del Templo/Al Aqsa durante el Ramadán, ha alarmado a los funcionarios estadounidenses, aunque éste es sólo uno de los muchos factores que suscitan la preocupación de que una serie de tendencias preocupantes puedan unirse y provocar que las tensiones en Oriente Próximo se desborden durante las próximas dos semanas”.

Actualmente, hay un breve “tiempo muerto” mientras los negociadores sobre los rehenes se reúnen en El Cairo y Estados Unidos “mueve todos los hilos” a su alcance para obtener un alto el fuego sustantivo.

Pero tarde o temprano Israel iniciará una operación militar en Líbano (en cierto sentido, ya está en marcha). El gabinete israelí se siente obligado a encontrar una forma de restaurar la disuasión. El ministro Smotrich dijo que este objetivo, en última instancia, supera incluso la devolución de los rehenes.

Cuando Israel actúe en el Líbano, la Resistencia podría recalibrarse por varias vías posibles (aparte de la perseguida por Hezbolá): los aliados de la Resistencia iraquí podrían reanudar los ataques contra bases estadounidenses, Siria podría asumir un papel más destacado y las fuerzas hutíes podrían elevar el nivel de los ataques contra la navegación vinculada a Israel, Estados Unidos y el Reino Unido.

Y aquí está la paradoja: la “solución” en la que confía Estados Unidos para mantener baja la violencia –es decir, la “disuasión” estadounidense– ya no disuade. Se ha producido un cambio tectónico en el pensamiento conceptual sobre la “disuasión” estadounidense entre las fuerzas de resistencia, un cambio táctico que no se ha registrado lo suficiente, si es que se ha registrado, en la conciencia occidental.

EEUU y la OTAN caen su propia trampa

Sergei Witte, historiador militar, ha descrito el enigma de forma sucinta: “Para empezar, hay que entender la lógica de los despliegues estratégicos norteamericanos. Estados Unidos (y la OTAN) han hecho un uso generoso de una «herramienta» de disuasión conocida coloquialmente como la Fuerza Tripwire (“cable trampa, traducido literalmente). Se trata de una fuerza de despliegue avanzado, de tamaño reducido, situada en posibles zonas de conflicto, con el objetivo de disuadir de la guerra señalando el compromiso estadounidense de responder”.

Sin embargo, los “Tripwires” pueden tener un doble filo. Aunque disuasorias en su concepto, en manos de los halcones guerreristas anti-Irán israelíes y estadounidenses, estas bases vulnerables y de tamaño insuficiente pasan de ser disuasorias a convertirse en “cabras atadas” diseñadas para atraer un ataque en picado de algún “buitre” (supuestamente vinculado a Irán); y, listo, los halcones consiguen su ansiada guerra contra Irán. Esa es básicamente la razón por la que las fuerzas estadounidenses permanecen en Siria e Irak. La etiqueta de “lucha contra ISIS” básicamente es una farsa.

El enigma –y, de hecho, los límites de estos esqueléticos despliegues avanzados– es que son demasiado pequeños para disuadir de forma creíble un ataque, pero lo suficientemente grandes como para invitarlo (potencialmente por parte de las iracundas milicias iraquíes enfurecidas por las masacres de Gaza).

Hochstein nos dice que el plan de EEUU es “gestionar” los conflictos (Gaza, Cisjordania y Líbano) hasta el nivel más bajo posible. Sin embargo, dicho sin rodeos, los ataques de represalia contra las milicias –la respuesta estándar en la caja de herramientas estadounidense– son relativamente inútiles para contener la violencia; provocan más que disuaden.

Como concluye el historiador militar Sergei Witte, “vemos [esa] dinámica en juego en Oriente Medio, donde la disminución del poder de disuasión de Estados Unidos puede obligarle pronto a tomar medidas más agresivas. Por eso, las voces que piden la guerra contra Irán, por muy desquiciadas y peligrosas que sean, en realidad están dando en el clavo en un aspecto crucial del cálculo estratégico de Estados Unidos. Las medidas limitadas ya no bastan para intimidar, lo que puede dejar en el establo nada más que la medida completa”.

Calibrar la intensidad y el momento

Aquí es donde Irán y la Resistencia desempeñan su paradójico papel. Estados Unidos (a pesar de los fanáticos neocon) no quiere una gran guerra; Irán tampoco. Sin embargo, este último parece comprender que los ataques de las milicias iraquíes contra bases estadounidenses pueden presionar a Estados Unidos para que se retire de Iraq, pero, a la inversa, estos ataques también proporcionan a los neoconservadores el pretexto (Irán como “cabeza de la serpiente”) para presionar a favor de una guerra máxima contra Irán.

El interés de Irán y del Eje de la Resistencia es doble: primero, conservar el poder de calibrar cuidadosamente la intensidad del conflicto; y segundo, mantener en sus manos el control de la escalada.

Como señala el diario libanés Al-Akhbar, “la Resistencia Hezbolá, con todas sus ramas, no está dispuesta a ceder a las condiciones israelíes que abrirán el camino a un cambio importante en la ecuación que blinda Líbano. Cualquier acuerdo posterior dependerá del posicionamiento que elija la Resistencia para preservar sus capacidades de disuasión y defensa”.

De ahí que, en Irak, el jefe de la Fuerza Quds (división especializada en guerra asimétrica y operaciones de inteligencia militar dentro de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán) haya aconsejado a las milicias iraquíes que cesen el fuego por el momento. (En cualquier caso, esto sirve a los intereses del gobierno iraquí, que busca la salida de todas las fuerzas estadounidenses de Irak).

La caja de herramientas “trampa” de Occidente es un ejemplo clásico de paradoja estratégica. Una ventaja disuasoria que se evapora corre el riesgo de obligar a Estados Unidos a recurrir a un sobreesfuerzo militar masivo (incluso cuando no quiera hacerlo). Y así, Estados Unidos se enfrenta al jaque mate. Su pieza de ajedrez está atascada en una casilla (el “Rey” sionista), pero cada movimiento potencial posterior sólo promete empeorar la situación inicial.

Además, Estados Unidos está bloqueado por el bloqueo cognitivo de ser incapaz de asimilar plenamente el “cambio disuasorio” conceptual llevado a cabo por el general Qassem Soleimani y ensayado durante la guerra de 2006 de Israel contra Hezbolá.

Israel, al igual que Estados Unidos, disfruta desde hace tiempo de superioridad aérea. ¿Cómo ha resuelto la resistencia responder a esto?

Uno de los elementos ha resultado ser el enterramiento de las fuerzas, los misiles y todos los activos estratégicos a una profundidad que ni siquiera las bombas antibúnker pueden alcanzar. Los lanzamisiles pueden emerger de las profundidades, disparar y quedar enterrados en 90 segundos.

La segunda es una constelación de combatientes formados en unidades autónomas que están preparadas para luchar continuamente según un plan preestablecido, hasta uno o dos años, incluso si se cortan completamente todas las comunicaciones con el cuartel general.

Hace 18 años, la Resistencia aprendió

En 2006, Hezbolá comprendió que la población civil de Israel sólo tenía una capacidad muy limitada para soportar un bombardeo diario concentrado de misiles y, a la inversa, Israel no disponía de municiones para un ataque aéreo prolongado. En aquella guerra, Hezbolá mantuvo un bombardeo continuo de cohetes y misiles durante 33 días. Fue suficiente; Israel buscó el fin de la guerra.

La lección es que las guerras de hoy son guerras de desgaste (es decir, Ucrania), en lugar de “ataques con flechas”. Así, la Resistencia busca mantener su control de calibración con el fin de desgastar a Israel, mientras que el gabinete israelí quiere pasar directamente a su “visión de Armagedón”.

Parte de esta incapacidad para asimilar las implicaciones de esta nueva guerra asimétrica emprendida por el general Suleimani –la arrogancia juega un papel importante– sirve para explicar cómo Washington puede ser tan optimista ante los riesgos que corren, tanto Estados Unidos como Israel, riesgos que a otros les parecen obvios.

Los oficiales formados en la OTAN simplemente no pueden concebir cómo una potencia militar como la de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) no puede sino prevalecer sobre fuerzas milicianas (Hezbolá y los hutíes). Tampoco pueden calcular cómo “hombres de tribu descalzos” pueden prevalecer en un gran enfrentamiento bélico naval.

Pero recordemos que todos los “expertos” predijeron que Hamas sería “aplastado” –en cuestión de días– por la maquinaria militar israelí, infinitamente más pesada…

(*) Alastair Crooke es un antiguo diplomático británico, fundador y director del “Foro sobre Conflictos”, con sede en Beirut.