Muere el mejor ortopedista de Nicaragua Jaime Granera Soto Managua. Radio La Primerísima

Muere el mejor ortopedista de Nicaragua Jaime Granera Soto Managua. Radio La Primerísima
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El mejor ortopedista de la historia de Nicaragua, monseñor Jaime Granera Soto, de 97 años, falleció la tarde del miércoles en la ciudad de León. después de sufrir complicaciones en su salud.

Granera Soto nació un 31 de enero del año 1925 en la ciudad universitaria. Durante más de 50 años se destacó como una eminencia en la Ortopedia en Nicaragua.

El maestro de generaciones se graduó como especialista en Ortopedia y Traumatología, en Nueva York en el año de 1959.

El doctor Granera Soto era un ciudadano notable y humano que se dedicó al servicio de las personas de bajos recursos en el país.

Ordenarse sacerdote era su anhelo desde muy joven lo cual lo logró en el año 2000 en la Real Basílica Catedral, Patrimonio Histórico Mundial de la Humanidad.

Este jueves se realizará su vela en la que fue su casa de habitación en el barrio Guadalupe de la ciudad de León. Y mañana viernes una misa de cuerpo presente en la Real Basílica Catedral de León a partir de las 3 de la tarde.

Por Óscar Chavarría, sacerdote

Cuando fui a León a presentar mis libros (2018), el doctor Loreto Cortés me llevó a visitar en su casa al doctor y Monseñor Jaime Rafael Granera Soto, quien ha estado enfermo y un tanto deprimido.

Yo no le conocía y al llegar me puse a conversar con él. Me contó su vida con emoción, lágrimas y fe y pude observar que tiene una mente lúcida. Me impactó de sobremanera su testimonio y le pregunté sí eso que me compartió lo quería testimoniar.

Le ofrecí grabar su testimonio en audio y video, y hacerlo en el Hospital donde transcurrió su vida y, para mi sorpresa, aceptó gustosamente. Esta solicitud se la habían propuesto antes y por humildad nunca había querido aceptar.

Inmediatamente, contactamos al obispo de León, monseñor Bosco Vivas, para su venia lo que aceptó gustoso y nos pusimos en marcha.

El homenaje lo realizó la Diócesis de León, en el Hospital Escuela de la Universidad en conjunto con la Alcaldía de León.

Testimonio de vida del doctor y monseñor Jaime Granera Soto

Buenos días hermanos y hermanas en el Señor.

A instancias del Padre Oscar Chavarría, se me instó brindarles un breve testimonio de mi vida como médico y como sacerdote. Lo hago, no con el afán de recibir alabanza o adulación, mucho menos para que se asombren, ya que yo considero mi vida muy sencilla y corriente a seguir. Lo hago, más bien con el ánimo de que otros puedan sacar y aprovechar alguna que otra conclusión de esta reflexión.

Primero, quiero decirles que creo Dios es quien dirige nuestras vidas, y debe ser Él, el primero en la vida de cada uno. A veces nosotros anhelamos y sobrevaloramos una u otra meta o propósito que vemos muy lejano, pero Dios nos lo dará, no cuando nosotros lo queramos, sino cuando Él lo crea necesario, pues los caminos de Dios, no son los mismos que los de los hombre.

Después de una profunda reflexión de lo que me ha sucedido en la vida, he visto como la mano de Dios me fue guiando, casi sin darme cuenta de ello. Desde pequeño sentí la inclinación por la vida religiosa. Asistía a Misa los domingos en la Iglesia San Sebastián, donde había una imagen del Corazón de Jesús de tamaño natural y me gustaba sentarme cerca, porque me sentía acogido por Él.

Cursé la primaria, hasta el tercer grado, en el colegio San Ramón, donde estuve en cuarto, y donde también asistía a los servicios religiosos. Termine mis estudios de primaria en la Escuela Superior de varones, pasando de cuarto grado a sexto grado.

Mis estudios de secundaria los inicié en el San Ramón, pero solamente el primer año, luego los terminé en el Instituto Nacional de Occidente. Ya en el último año comencé a pensar en lo que iba a ser en el futuro.

Para esa época, la universidad solo ofrecía las carreras de Farmacia, Derecho y Medicina. A mí me gustó más la Medicina, porque miraba un déficit de médicos, sobre todo para la atención a personas de escasos recursos y porque había notado que la medicina privada se ejercía más que la hospitalaria.

Médico y ortopedista

La otra opción que tenía y que consideré, era la del sacerdocio; pero unos amigos me dijeron que los hijos ilegítimos no podían aspirar al sacerdocio. Eso fue antes del Concilio Vaticano Segundo. Por dicho motivo me matriculé en la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional.

Al concluir mis estudios médicos, me asignaron al Hospital General de Managua para hacer mi internado. Ahí me gustaba la Medicina Interna y pensé tomar una especialidad en la misma, pero al pasar por la Sala de Ortopedia y Traumatología, cuyo jefe era el doctor Alejando Borge (fallecido en 2010), miré los avances que se habían hecho en esta rama de la cirugía y pensé que esto era lo que necesitábamos en León, ya que el servicio prestado a estos tipos de enfermos era muy deficiente, y decidí dedicarme a esto.

Luego, en busca de mejor preparación, escribí a varios hospitales de Estados Unidos para conseguir un puesto de médico. Fui admitido en el Hospital Lebanon de Nueva York y la Embajada Americana me otorgó una visa de intercambio de estudiante, con el compromiso de no quedarme y de regresar a servir a mi país.

En el Hospital Lebanon estuve dos años como médico interno y como residente de primera en cirugía. Luego apliqué para estudiar ortopedia en otros hospitales y fui admitido en el Hospital Municipal del Bronx, un complejo de hospitales que contaba con unas tres mil camas y estaban asociados a la Yesiva University, una universidad judía. Al completar mis tres años de residencia en Ortopedia y Traumatología, me fue ofrecido un puesto de profesor auxiliar de ortopedia, con el ofrecimiento de cambiarme la visa, pero no acepté porque ya tenía mis planes para Nicaragua.

Fundador de la Sala de Ortopedia

Regresé a fines de junio de 1959, solicitando ingresar como médico miembro del Hospital San Vicente de León, al cual fui admitido inmediatamente. El 23 de julio de ese año, ocurrió la masacre estudiantil, donde algunos estudiantes murieron. Eso me dio la oportunidad de trabajar en el hospital ayudando a organizar la atención a los heridos y operando a algunos de ellos. También me abrió las puertas de la Escuela de Medicina, la que en reconocimiento por haber participado en el cuidado de los estudiantes heridos, me nombraron Profesor de Cirugía.

Con el tiempo me dediqué a la creación de una Sala de Ortopedia y Traumatología, partiendo de cero y sin tener muchas herramientas para trabajar. Así que en una herrería, me hicieron unos aparatos (férulas), mecánicos para aplicar y atender mejor a los pacientes traumatizados. El Hospital me asignó una sala que estaba casi desocupada, y en la que tenían a pacientes con enfermedades crónicas.

Un señor de Chichigalpa regaló un dinero para acondicionar una sala; las hermanas Castro regalaron 10 camas de hospital y Roberto Terán me hizo un préstamo para comprar instrumental básico y un aparato portátil de Rayos X. Al año de estar trabajando, ingresó al hospital el doctor Diego Darce, con quien continué organizando el servicio. Un año después, arribó el doctor Uriel Vallecillo y entre los tres diseñamos un programa de enseñanza para estudiantes y de atención para pacientes. De esa manera comenzamos a crecer y a tener más camas de enfermos.

A la llegada del Barco Hope de Estados Unidos (en 1966), fuimos ayudados a iniciar el servicio de rehabilitación. Nos regalaron 10 camas para rehabilitación, ampliaron el local y entrenaron a un enfermero, Valentín Ríos. Con esto obtuvimos una atención más eficiente a pacientes traumatizados.

En los años ochenta, el servicio de Ortopedia y Traumatología se independizó y fue elevado a la categoría de Departamento, el que, hasta el día de hoy, ha venido creciendo dirigido por las nuevas generaciones de médicos el servicio de Fisioterapia.

Después de esa época, me dediqué a atender a enfermos, tanto de cuidado privado como los de la sala general del hospital haciendo uso de mi instrumental, en los que invertí todos mis ingresos económicos personales, con el fin de aliviar el costo a pacientes de escasos recursos con la satisfacción de ver a mis pacientes nuevamente aptos para seguir sirviendo a sus familias y a la sociedad.

Encuentro con Cristo

En 1969 asistí a un retiro espiritual en el que tuve un encuentro personal con Cristo. Fue este el más grandioso acontecimiento de mi vida, porque había encontrado al amigo más grande y fiel que podemos tener. Él que nunca falla ni nos abandona. Fue a Él a quien prometí servir, sirviendo a mis hermanos.

Esta nueva relación constituyó un gran cambio en mi vida y fue de gran influencia en mis posteriores acciones como médico, cirujano y profesor, y cuyas lecciones he intentado inculcar a mis alumnos, para sus transformaciones en mejores profesionales y seres humanos con nuevas e inspiradoras visiones y mejores valores.

En los años ochenta, cansado y sabiendo que tenía que retirarme, aunque sin saber que haría en el futuro, Dios que todo lo ve, me envió al padre Diego Róger Urcuyo, capellán del hospital, quien me preguntó si quería ser Diácono Permanente, que él me instruiría.

Yo ya asistía a sus misas en el hospital y a veces lo asistía en la preparación del altar, por lo que acepté, ya que lo consideré como un llamado de Dios. Desafortunadamente, recibí poca instrucción debido a que el padre Diego enfermó al poco tiempo y falleció. Luego, en una reunión de cursillos, monseñor Bosco Vivas Robelo, me indicó que si tenía la intención de ser Diácono Permanente, que hiciera la solicitud.

Fue así como en 1995 me convertí en Diácono Permanente del Hospital Escuela HEODRA, y podía trabajar en la Catedral de León. Podía celebrar la Palabra, dar la comunión y visitar enfermos… Sin embargo no podía administrar la unción de enfermos a los que estaban graves y a veces sin poder obtener a un sacerdote… ni podía celebrar la eucaristía, ni aplicar ningún sacramento, excepto bautizar.

Como yo no era casado hice la solicitud a monseñor Bosco para ser presbítero, junto a un Diácono Permanente de El Viejo, Constantino Blanco, un señor de edad y viudo. Habiéndonos otorgado el Vaticano la aprobación, en el año 2000 ambos fuimos ordenados presbíteros, pasando yo a ser el capellán del hospital.

Dos sueños cumplidos

De esta manera, los dos ideales que yo tenía, ser médico y sacerdote, Dios me los regaló a su debido tiempo. Tengo la convicción que ser un buen médico es dar con la misma eficiencia y cariño, una buena atención y un servicio integral al hermano enfermo, pobre o rico. Debemos recordar que muchos enfermos son de escasos recursos económicos y en la mayoría de los casos ninguno, por lo que a la hora de aplicar los aranceles, tenemos la obligación ética y moral de pensar en la forma de ayudarlos para que se beneficien de nuestros conocimientos científicos y logren en estas acciones un mundo más justo.

A las enfermeras les pediría o les aconsejaría, que no solamente sean eficientes, sino que atiendan al enfermo con amor, para que estos se sientan atendidos y acogidos como personas. Esto ayuda mucho y se constituye en algo esencial para una pronta y adecuada recuperación de los enfermos. Si van a poner una inyección, tratar al enfermo con cariño, con la misma consideración que desearían para su propia familia.

A mis hermanos sacerdotes, les aconsejo que traten de conocer a su feligresía, de amarlos y servirles como hermanos y no querer hacer demasiadas cosas, ya que esto les quita tiempo para su vida interior. Recordar que antes de “hacer”, uno primero debe “ser”.

Desde hace un año, la enfermedades me han venido afectando la salud seriamente, postrándome bastante. Sin embargo, tengo la esperanza de que, aunque tenga 92 años, Dios me ayudará para poder seguir sirviéndole a Él y a ustedes.

Deseo agradecerle al padre Óscar Chavarría, por haberme brindado esta oportunidad para compartir este testimonio con ustedes. Gracias de todo corazón.

Su amigo, hermano, doctor y sacerdote

Jaime Granera Soto





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