Doña Randall, una intelectual de corazón colonialista Por Mariano Ticay

Doña Randall, una intelectual de corazón colonialista Por Mariano Ticay
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La señora Margaret Randall, que en alguna ocasión explotó editorialmente los testimonios de mujeres nicaragüenses (entre sus libros está un testimonio de la comandante Doris Tijerino), puede encarnar muy bien el arquetipo de la intelectual metropolitana “de izquierda” que le cobra al mundo colonial su colaboración revolucionaria.

Es el arquetipo de un Próspero o Próspera (por referencia al personaje de “La Tempestad”, obra de teatro de William Shakespeare, que retrata a un mago colonialista) con la que los países que colaboró en el tercer mundo mantienen una deuda externa y eterna. Como la otra, esa deuda es impagable, pues, al parecer, crece exponencialmente en el tiempo.

El disfraz de Randall

Últimamente, Randall cobra la deuda usando traje shakesperiano. Dice que Daniel Ortega es Macbeth, que Rosario es Lady Macbeth. (Recientemente publicó un artículo titulado “Arquetipos: Lady Macbeth de Shakespeare y Rosario Murillo”). Sus ademanes conminatorios son los de una Shylock femenina, referencia de aquel personaje prestamista de “El mercader de Venecia” que exigía una libra de carne humana a su deudor atrasado en el pago.

Pero sobre todo recuerda a Próspero, pues encarna ese tipo de intelectual que en algún momento tuvo un delirio con la magia del tercer mundo, pero que en el siguiente acto pasó a ser parte de la tribu amenazante de los desencantados. Próspero era intelectual y mago; Randall, poetisa rendida a la magia exotista revolucionaria. Próspero dominaba a los inteligentes y los bárbaros de su isla, Randall, quisiera hacer lo mismo, pero telepáticamente.

Lo que argumenta Randall no tiene mucha consistencia. Está informada permanentemente, sin duda, por grupos locales del feminismo caviar (que profitan de ONG financiadas por los Prósperos exotistas de este tiempo). Le han contado que Daniel Ortega ha cumplido un plan maquiavélico de hacer de Nicaragua “su feudo familiar” y pactar con la extrema derecha (esto último se lo saca del sombrero Randall sin aclarar a qué se refiere). Este plan Ortega lo tenía en mente desde 1990 (o antes) porque incluso su entrega del poder a los Chamorro fue una especie de “fake new”.

Randall se lamenta no haber percibido durante su corta colaboración con el sandinismo, este supuesto resultado. Intenta un análisis psicológico extemporáneo (pues cree que la guía Shakespeare) en la que entre tantos ángeles que trabajaban en la revolución, advierte lo perturbado del carácter de Rosario Murillo. Es decir, que Randall no se propone un análisis político serio, más bien le atrae el enredo caracterológico y el anacronismo argumental. Su vocación por la magia literaria no ha decaído.

Las familias de doña Randall

Si intentara hacer un análisis serio, Randall se daría cuenta que, en efecto, Nicaragua sigue teniendo algo de “feudo familiar”. Ya se fueron los Somoza, en 1979. Pero gran parte de la riqueza la controlan algunas familias pudientes (los Pellas quizá le suenen en algo). Algunas de estas familias apoyaron el levantamiento de 2018.

Una familia que sigue teniendo mucho poder, poder económico, comunicacional y de púlpito, es la Iglesia católica, aliada estratégica de la oposición.

Otra familia que forman una especie de feudo familiar comunicacional y simbólico son los Chamorro, que me imagino que Randall conoce bien. Es un feudo familiar con crédito amplio en los organismos “civiles” de la CIA, y está llena de hijos e hijas de casa (algunas de ellas feministas).

Estados Unidos, la Iglesia católica, y otros estamentos de derecha, llaman “democracia” a que este sistema de feudos retome el poder ejecutivo por las buenas o las malas. Piensan lo mismo algunos intelectuales de la izquierda arrepentida, entre ellos, al parecer, Randall.

Nicaragua requiere transformarse socialmente, dejar atrás la estructura de feudos y el conservadurismo como sociedad. Muchos de los feudos mencionados se sostienen precisamente, a través de sus medios, divulgando una ideología clasista, racista y machista. Randall quiere que nos enfoquemos en las luchas feministas, pero limitando el feminismo a situaciones muy específicas, y en algún caso, teatrales e histriónicas, sin considerar el alcance de políticas de igualdad, que son las que cuentan. Su feminismo es un feminismo liberal e individualizante, consumido por los arquetipos.

Randall olvida que no habrá igualdad si, además de combatir el machismo no se combaten las diferencias de clase, y las diferencias de raza. Porque los feudos en Nicaragua se creen destinados por derecho divino a ejercer el poder (es decir, son clasistas) y también se creen burguesías blancas (a la que los pardos deben servir en silencio). Esas tareas de transformación se harán a través de la lucha política y no de juegos de arquetipos. Igual de inútil resulta, por cierto, la melancolía colonial que invade a los Prósperos o Prósperas cuando se acuerdan del tercer mundo, o a los y las Shylocks cuando exigen el pago de sus resentidas deudas coloniales.

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