El odio o la razón de la sinrazón Por Alfonsa Goicoechea

El odio o la razón de la sinrazón Por Alfonsa Goicoechea
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Hagas bien o hagas mal, perro negro te has de llamar. Dicho popular

Un amigo me contaba unas experiencias que él tuvo en su barrio con gente que adversa al gobierno, las cuales evidencian el sentimiento que la oposición criolla ha sembrado en los corazones de algunas personas en nuestro país.

Me decía mi amigo que en los terribles días del intento de Golpe de Estado, un conocido suyo le preguntó que si tenía armas, y a sabiendas que siempre se ha identificado como sandinista lo invitó a sumarse a la revuelta. “Te van a pagar bien”, le dijo. Ante su negativa le preguntó: “¿Qué te han dado los sandinistas para que quieras estar con ellos?”.

En otra ocasión una señora vivamente enojada le dijo: “El gobierno quiere engañarnos con mil pesos que les regalan a los bachilleres”. El reclamo de la gente incómoda por el bono de los bachilleres muestra su incapacidad de ver más allá de sus narices porque no es solamente un simple bono el que se entrega, sino miles y miles en todo el país. Aparte del monto del bono hay que incluir los gastos que implican la administración y el pago del personal para que vayan a cada colegio a entregar personalmente el cheque a los muchachos. Sigamos sumando gastos porque no creo que los bancos sean tan generosos para no cobrar por el servicio de hacer efectivos los cheques a los graduandos. ¿Cuántos millones de córdobas serán esos que se desembolsa por ese concepto?

Tengamos en cuenta que el gobierno mantiene el esfuerzo a pesar de las campañas golpistas para que la ciudadanía no pague los impuestos, y a pesar de los gastos extraordinarios que implica atender la pandemia, los destrozos del huracán y de mantener además todos los otros programas de asistencia a la ciudadanía.

Por mi parte recordé una ocasión cuando en mi comunidad estaban los promotores sociales celebrando piñatas navideñas para los niños, divirtiéndose con payasos y todo lo que les llevan para que se alegren. Sin embargo, una familia que se dice cristiana y que para nada sueltan la biblia y la palabra “bendiciones”, estaba enojada criticando la fiesta que miraban desde lejos. Ellos también dijeron que el gobierno quiere engañar a los niños. Yo creo que esa familia no ha llegado a la lectura del versículo que dice: “Dejad que los niños vengan a mí” (Mateo 19:13, Marcos 10:13 y Lucas 18:15); pienso que esas pobres almas tampoco han comprendido el sentido de la frase. Las criaturas son inocentes de los errores y problemas de los adultos, necesitan tranquilidad y buenas condiciones de vida, lo que incluye sana diversión.

También recordé el caso en Managua de unos vecinos que se opusieron a que la alcaldía pavimentara su calle porque no son sandinistas, entonces rechazaron las mejoras.

Pues bien, en verdad es incomprensible que alguien se enoje por recibir un regalo o un beneficio. La única explicación es que esas reacciones están originadas en el odio sin sentido que las fuerzas tenebrosas de la oposición criolla intentan sembrar en los corazones de los desposeídos y logran desubicar socialmente a sus víctimas.

La afirmación “los sandinistas a mí no me han dado nada, a vos ¿qué te han dado?”, no puede tener otro origen ni fundamentación que el egoísmo, la falta de solidaridad, de sentido social, de civismo, de pertenencia a una sociedad que se favorece con la clara voluntad política y las acciones de un gobierno, especialmente en beneficio de los que siempre han tenido menos, o en el peor de los casos: nada de nada. Es muy difícil quedar bien con quien no piensa y siente con claridad porque se deja llevar por campañas adversas. Haga lo que haga el gobierno, nunca quedará bien con ese tipo de gente.

Yo crecí durante el somocismo. En aquella época ni durante los gobiernos neoliberales nunca vi que ninguna autoridad se congratulara de los éxitos de la juventud y que tampoco tomara medidas para que los bachilleres pudieran continuar su preparación académica o laboral en cualquier nivel educativo, menos que les regalaran un bono de estímulo. En aquellos años no existían tantas posibilidades, opciones, carreras, gratuidad de la educación.

Con palabras de nuestro amado Rubén Darío, ¡cuántos vigores quedaron dispersos y perdidos por no poder terminar su educación y obtener un puesto de trabajo digno! En aquella época se hablaba de robo de cerebros y a cada rato se leía en los periódicos “fulanito, el mejor alumno de su colegio se fue al extranjero con una beca porque lo captaron de tal país o tal organismo”. Nunca más volvíamos a escuchar de los logros del fulanito porque nos robaban esas voluntades y esos cerebros para vivir en el extranjero y terminaron desarraigados, creo yo.

Conocí a un señor, el papá de una amiga mía; él creció huérfano de padre y madre trabajando como peón de fincas en el Mombacho, sin el calor de un hogar, pero por su inteligencia y su deseo de mejorar aprendió a leer y escribir pidiéndole a un conocido suyo que le enseñara, a cambio de los mandados que le hacía en pago. Ya hecho hombre casado y con hijos, gracias a la Revolución aprobó su primaria y su secundaria, se hizo dirigente sindical y terminó viajando a Europa para capacitación. Escribió su biografía, un libro muy hermoso y emotivo en el que cuenta las dificultades de su vida de explotado y maltratado. Él fue un anciano bondadoso y sabio, entre otras creó la frase célebre: “las excusas son el material con que se construye el edificio del fracaso”. Mi amiga y yo a menudo nos preguntamos hasta dónde hubiera llegado el Cabo de contar con las oportunidades que tiene la juventud hoy en día.

Durante los gobiernos de los años 90 de los que se dicen demócratas, un ministro inventó la autonomía de la educación solo para que los padres de familia con sus pobrísimos ingresos pagaran el presupuesto de educación de todo el país. Como no alcanzaba para comprar pupitres y pizarrones ni nada de lo que se necesita en una escuela, los niños terminaban sentados en el suelo, o traían una sillita de sus casas. Que conste que el acarrear sillas escolares no fue solamente en los 90 ya que a mí también me tocó cargar mi asiento en los años de mi lejana infancia, es decir se mantuvieron los mismos criterios miserables de antes para maltratar al pueblo.

El famoso y brillante ministro también inventó que era suficiente con que los niños aprobaran el cuarto grado “porque los obreros de las maquilas no necesitan más que escribir su nombre para recibir su sueldito”. También dijo que había que reducir presupuesto a las universidades públicas para dárselo a la primaria, porque de todas maneras los universitarios terminaban de taxistas y en otros empleos similares, “entonces ¿para qué tanto gasto?”, decía el sonriente ministro cuyo apellido evoca la contienda, la guerra, la destrucción y su lógica consecuencia: la miseria espiritual y material.

Un presidente de esa nefasta época recetó a los maestros “remangarse las mangas” y trabajar en otros oficios en su “tiempo libre” para completar sus ingresos, como si un maestro pudiera desconectarse de su trabajo al salir de su escuela.

Ahora en el punto más recóndito del campo hay energía eléctrica, hay agua potable, hay carreteras y caminos, hay escuelas gratuitas, hay viviendas dignas, hay asesoría técnica para los emprendimientos y pequeños negocios. No son carreteras y escuelas privadas para unos cuantos privilegiados, como antes.

Por razones de trabajo, en los años 90 yo viajé varias veces a la Costa Caribe Norte y Sur, conocí sus “carreteras” en aquellas lejanas soledades de pinares caribeños de ese tiempo. Por eso me alegro mucho al saber que les están construyendo vías de primer mundo y que ya no necesitan recoger la lluvia para consumo de sus hogares porque ya tienen agua potable.

Cuando se dan los desastres, el gobierno corre para ayudar a los damnificados, los sobrevivientes no se quedan abandonados llorando sobre los escombros, como sucedía antes.

No se trata de que el gobierno regale cosas hasta la consumación de los siglos como en piñata ilusa, o qué puedo arrebatar yo en la revoluta, sino que cada quien con sus estudios, su trabajo digno y sus ingresos decentes, impulsado con altos valores sociales, éticos y morales pueda costearse mejores condiciones de vida para su familia.

El Estado tiene obligaciones irrenunciables con el bien común, eso es cierto, y en la medida que con el trabajo de todos mejoremos las condiciones generales, entonces todos estaremos mejor. ¿Cómo se explica que en Centro América solamente Nicaragua no tenga grave emergencia sanitaria con la pandemia y que haya buen abastecimiento de alimentos?, para mencionar solamente dos aspectos de la vida social.

El egoísmo, el individualismo y el odio solamente pueden llevarnos a la destrucción colectiva. La solución es que reconozcamos las ventajas que tenemos aun con tantas limitaciones y problemas, los cuales podemos superar trabajando con creatividad y disciplina, aportemos todos: los gobernantes y los gobernados.

Sabemos que se puede lograr una mejor situación, ya palpamos el milagro económico que alcanzamos colectivamente y como país fuimos la admiración del mundo entero durante más de una década.

El odio, la revancha, la mala voluntad son malos consejeros, son la razón de la sinrazón. El odio hace estúpida a la persona, y como no podemos convencer a los que corroe el odio, no tenemos más que seguir adelante porque el amor y la concordia vencen todos los obstáculos.

 

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Un comentario en «El odio o la razón de la sinrazón Por Alfonsa Goicoechea»

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