Jesús, la guerra sin fin y el ascenso del fascismo estadounidense Por Chris Hedges | Scheerpost. Nueva Jersey, EEUU

Jesús, la guerra sin fin y el ascenso del fascismo estadounidense Por Chris Hedges | Scheerpost. Nueva Jersey, EEUU
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El Partido Demócrata, que tuvo 50 años para convertir «Roe vs Wade» en ley con Jimmy Carter, Bill Clinton y Barack Obama en control total de la Casa Blanca y el Congreso al inicio de sus presidencias, está basando su estrategia electoral en torno a la esperada decisión de la Corte Suprema de levantar la prohibición judicial sobre la capacidad de los estados para promulgar leyes que restrinjan o prohíban los abortos. (Roe vs. Wade es el nombre del caso judicial de 1973, por el cual la Corte Suprema de Estados Unidos dictaminó que la Constitución protege la libertad de una mujer embarazada para elegir abortar sin excesivas restricciones gubernamentales).

Dudo que funcione.

La hipocresía y la duplicidad del Partido Demócrata son el fertilizante para el fascismo cristiano. Su enfoque exclusivo en las guerras culturales y las políticas de identidad a expensas de la justicia económica, política y social alimentó una reacción violenta de la derecha y avivó la intolerancia, el racismo y el sexismo que buscaba reducir. Su apuesta por la imagen por encima de la sustancia, incluido su repetido fracaso para asegurar el derecho al aborto, dejó a los demócratas desconfiados y vilipendiados.

La administración Biden invitó al presidente del Sindicato Laboral de Amazon, Christian Smalls, y a los trabajadores sindicalizados de Starbucks y otras organizaciones a la Casa Blanca, al mismo tiempo que volvió a otorgar un contrato de $10 mil millones a Amazon y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) para la informatización en la nube. El contrato de la NSA es uno de los 26 contratos federales de computación en la nube que Amazon tiene con el Ejército y la Fuerza Aérea de Estados Unidos, el Departamento de Salud y Servicios Humanos, el Departamento de Seguridad Nacional, el Departamento del Interior y la Oficina del Censo.

Retener los contratos federales hasta que Amazon permitiera la organización sindical libre y abierta sería una posición poderosa en nombre de los trabajadores, que aún esperan el salario mínimo de $15 que Joe Biden prometió como candidato. Pero detrás de los muros de la aldea acorazada del Partido Demócrata se encuentra la clase multimillonaria. Los demócratas no han abordado las injusticias estructurales que convirtieron a Estados Unidos en un estado oligárquico, donde los obscenamente ricos se pelean como niños en una caja de arena por juguetes multimillonarios. Cuanto más tiempo continúe este juego de teatro político, peores serán las cosas.

Los fascistas cristianos

Los fascistas cristianos se han unido como una secta en torno a Donald Trump. Están financiados por las fuerzas más retrógradas del capitalismo. Los capitalistas permiten las estupideces de los fascistas cristianos y sus guerras sociales y culturales autodestructivas. A cambio, la clase multimillonaria obtiene monopolios corporativos, la destrucción de los sindicatos, la privatización de los servicios estatales y municipales, incluida la educación pública, la revocación de las regulaciones gubernamentales, especialmente la regulación ambiental, y puede participar en un virtual boicot fiscal.

La industria de la guerra ama a los fascistas cristianos que convierten cada conflicto desde Irak hasta Ucrania en una cruzada santa para aplastar la última iteración de Satanás. Los fascistas cristianos creen que el poder militar, y las virtudes “varoniles” que vienen con él, son bendecidos por Dios, Jesús y la Virgen María; que ningún presupuesto militar es demasiado grande; que ninguna guerra librada por Estados Unidos es malvada.

Estos fascistas cristianos representan quizás el 30 por ciento del electorado, aproximadamente equivalente al porcentaje de estadounidenses que creen que el aborto es un asesinato. Están organizados, comprometidos con una visión, por perversa que sea, e inundados de dinero. John Roberts, Samuel Alito, Amy Coney Barrett, Clarence Thomas, Neil Gorsuch y Brett Kavanaugh, juristas mediocres e ideólogos de la Sociedad Federalista que llevan la bandera del fascismo cristiano, controlan la Corte Suprema.

Los republicanos y demócratas del establishment, como George Armstrong Custer en Last Stand Hill, han dado vueltas alrededor del Partido Demócrata en un intento desesperado por evitar que Trump, o un mini-yo de Trump, regrese a la Casa Blanca. Ellos, y sus aliados en Silicon Valley, están utilizando algoritmos y una abierta eliminación de plataformas para censurar a los críticos de izquierda y derecha, convirtiendo tontamente a figuras como Trump, Alex Jones y Marjorie Taylor Greene en mártires. Esta no es una batalla por la democracia, sino por el botín de poder librado por multimillonarios contra multimillonarios. Nadie tiene la intención de desmantelar el estado corporativo.

Plutocracia en el fango reptiliano

La clase dominante en ambos partidos dijo mentiras sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN con México y Canadá), los acuerdos comerciales, la “reforma” del bienestar, la abolición de las regulaciones financieras, la austeridad, la guerra de Irak y el neoliberalismo que hizo mucho más daño al público estadounidense que cualquier mentira dicha por Trump. El fango reptiliano rezuma de cada poro de estos políticos, desde Nancy Pelosi (presidenta de la Cámara de Representantes) y Chuck Schumer (jefe de los demócratas en la cámara de senadores) hasta Biden, quien respaldó la Enmienda Hyde de 1976 que prohíbe la financiación federal de los abortos y en 1982 votó a favor de apoyar una enmienda constitucional que permitiría a los estados anular Roe vs Wade. Su hipocresía no se pierde en el público, incluso con sus ejércitos de consultores, encuestadores, cortesanos en la prensa, equipos de relaciones públicas y agencias de publicidad.

Marjorie Taylor Greene (política, empresaria y teórica de la conspiración​​​ de extrema derecha​​​, miembro de la Cámara de Representantes por Georgia) está despistada y desquiciada. Ella afirma que Hillary Clinton estuvo involucrada en una mutilación infantil y una red de pedofilia y se organizaron varios tiroteos escolares de alto perfil. Pero armada, como Trump, es un misil de crucero político dirigido directamente al corazón de los desacreditados centros de poder tradicional.

El odio es el combustible de la política estadounidense. Nadie vota por quien quiere. Votan en contra de aquellos a quienes odian. Las comunidades marginales negras y marrones han sufrido peores asaltos que la clase trabajadora blanca, pero han sido desfangadas políticamente con policías militarizadas que funcionan como ejércitos internos de ocupación.

La erosión del debido proceso, el sistema penitenciario más grande del mundo y la eliminación de todos los derechos, y también a menudo cancelar los derechos de voto debido a condenas por delitos graves, así como la pérdida de acceso a la mayoría de los servicios sociales y empleos, redujeron a las comunidades negras a un nivel de subsistencia en el peldaño más bajo del sistema de castas de Estados Unidos. También son los principales objetivos de la supresión y redistribución de distritos de votantes patrocinadas por los republicanos.

La guerra, razón de ser del totalitarismo

El pegamento que mantiene unido a este fascismo cristianizado no es la oración, si bien tendremos mucho de eso, sino la guerra. La guerra es la razón de ser de todos los sistemas de totalitarismo. La guerra justifica una búsqueda constante de enemigos internos. Se utiliza para revocar las libertades civiles básicas e imponer la censura. La guerra demoniza a aquellos en el Medio Oriente, Rusia o China, a quienes se culpa de las debacles económicas y sociales que inevitablemente empeoran. La guerra desvía la rabia engendrada por un estado disfuncional hacia los inmigrantes, las personas de color, las feministas, los liberales, los artistas, cualquiera que no se identifique como heterosexual, la prensa, los antifa, los judíos, los musulmanes, los rusos o los asiáticos. Elige tu opción. Es la mezcla de un fanático. Cada elemento del menú es un juego limpio.

Pasé dos años con la derecha cristiana informando e investigando mi libro American Fascists: The Christian Right and the War on America (Fascistas americanos: La derecha cristiana y la guerra contra EEUU). Estos fascistas cristianos nunca han ocultado su agenda o su deseo de crear una nación “cristiana”, como tampoco Adolf Hitler ocultó su visión demencial de Alemania en Mein Kampf (Mi Lucha). Se aprovechan, como todos los fascistas, de la desesperación de sus seguidores. Pintan retratos espantosos del fin de los tiempos cuando la anhelada destrucción de los no creyentes presagia el glorioso regreso de Jesucristo. La batalla en armagedón, creen, se lanzará desde la sede mundial del Anticristo en Babilonia una vez que los judíos vuelvan a tener el control de Israel. Cuanto más nos acercamos al Armagedón, más vertiginosos se vuelven.

Estas personas creen estas cosas, como creen en QAnon (una de las principales teorías de la conspiración de la extrema derecha estadounidense, ​​​​​que denuncia una supuesta trama secreta organizada por el «Estado profundo» contra Donald Trump),​ o el fraude electoral que supuestamente puso a Biden en el cargo. Están convencidos de que una ideología demoníaca, secular-humanista propagada por los medios de comunicación, las Naciones Unidas, las universidades de élite, la Unión Americana de Libertades Civiles, la Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color, la Organización Nacional de Mujeres, Planned Parenthood, la Comisión Trilateral junto con el Departamento de Estado de Estados Unidos y las principales fundaciones están tratando de destruirlos.

Un matrimonio aterrador

La violencia se adopta como agente de limpieza, un componente clave de cualquier movimiento fascista. Los fascistas cristianos no temen la guerra nuclear. La acogen con agrado. Las insanas provocaciones a Rusia por parte de la administración Biden, incluyendo la decisión de proporcionar 33 mil millones de dólares en ayuda a Ucrania, apuntar a diez generales rusos para su asesinato y pasar a Ucrania la inteligencia para hundir el Moskva –el crucero de misiles guiados que era el buque insignia de la flota rusa del Mar Negro– sobrealimentan la ideología de la derecha cristiana. El matrimonio de la industria de la guerra, decidida a hacer la guerra para siempre, con los fascistas cristianos anhelando el apocalipsis es aterrador. Biden nos está llevando sonámbulos a una guerra con Rusia y tal vez contra China. Los fascistas cristianos acelerarán la sed de sangre.

Las deformidades políticas que hemos generado no son únicas. Son el producto de una sociedad y un gobierno que ya no funciona en nombre de la ciudadanía, uno que ha sido capturado por una pequeña cábala, en nuestro caso corporativa, para servir a sus intereses exclusivos. De nada valen las aireadas promesas de los políticos, como el anuncio del candidato Barack Obama de que lo primero que haría en el cargo sería firmar la Ley de Libertad de Elección, que durante sus ocho años como presidente nunca llegó a hacer. Otro gesto inútil es la votación programada para la próxima semana en el Senado sobre un proyecto de ley que afirma que los abortos son legales en Estados Unidos, pues se espera que sea bloqueado por el uso del filibusterismo por parte de los republicanos, una regla de procedimiento del Senado que requiere 60 votos para avanzar en la mayoría de la legislación en la cámara de 100 miembros.

Vimos las consecuencias de esta disfunción en la Alemania de Weimar y Yugoslavia, un conflicto que cubrí para The New York Times. El estancamiento político y la miseria económica engendran rabia, desesperación y cinismo. Da lugar a demagogos, charlatanes y estafadores. El odio impulsa el discurso político. La violencia es la principal forma de comunicación. La venganza es el bien más elevado. La guerra es la principal ocupación del Estado. Son los vulnerables y débiles los que pagan.

(*) Chris Hedges, periodista ganador del Premio Pulitzer; fue corresponsal extranjero durante quince años para The New York Times, en Medio Oriente y Los Balcanes. Antes trabajó en el extranjero para The Dallas Morning News, The Christian Science Monitor y NPR. Es el presentador del programa The Chris Hedges Report.

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