La cultura es fundamental para hacer conciencia Por José Aragón

La cultura es fundamental para hacer conciencia Por José Aragón
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La cultura es la más importante aliada de la democracia, de la libertad y del progreso, porque la cultura informa, forma, transforma, crea y recrea enfoques, espacios y actitudes nuevas para la vida en sociedad.

La cultura nos aporta capacidad para cuestionar, razonar y proponer. Es el único camino hacia el entendimiento colectivo y hacia una verdadera evolución humana. No hay nada más revolucionario que la cultura, porque provoca una catarsis en el individuo que le termina liberando de dogmas, prejuicios y verdades absolutas que son la base de casi toda conflictividad social.

Los cambios más valiosos que genera una revolución son los relacionados con la transformación profunda de la conciencia a través de la educación y la cultura. Aunque esos cambios sean poco apreciables a simple vista, son los que terminan provocando el mayor impacto en la acción liberadora del individuo y son los cambios que más se sostienen en el tiempo, porque una sociedad con cultura tiene mayor capacidad de resistencia ante los embates reaccionarios y conservadores que intentan restablecer viejas formas de oscurantismo, sometimiento y explotación.

La cultura también es una importante herramienta de conexión espiritual porque, al expandir la consciencia más allá de nuestros limitados esquemas individuales, nos facilita el intercambio tolerante con los demás y potencia la colaboración en la búsqueda de un desarrollo de bienestar y felicidad colectivos.

La cultura nos enlaza de manera consciente con la naturaleza y su belleza, con el universo y sus misterios, con los problemas cotidianos de la vida y sus soluciones creativas…es la acción más eficaz en la lucha por la igualdad en todos los aspectos. La cultura no llega con el progreso, al contrario, solo se puede alcanzar el progreso a través de la cultura.

Aunque en nuestro país existe una industria cultural, no hay que olvidar que esta responde a intereses puramente comerciales que generalmente excluyen o imposibilitan el acceso de la mayoría del pueblo trabajador a sus ediciones literarias, producciones musicales, exposiciones y otras actividades culturales diseñadas para el interés y el consumo exclusivo de un limitado sector con capacidad económica.

Por todo eso y más, sería muy importante que las municipalidades en Nicaragua asumieran con mayor entusiasmo el trabajo de desarrollo cultural comunitario. Así como se establece un presupuesto para promover el deporte y otras actividades festivas, se debería hacer un esfuerzo económico y humano por impulsar y promover el teatro, los títeres, la pintura, la música, la danza o la poesía en barrios y comunidades rurales. Porque el deporte y las fiestas tradicionales están muy bien, pero estaría mucho mejor enriquecer ese esparcimiento con una dosis de cultura que difunda, defienda y enriquezca nuestro acervo y fortalezca nuestra consciencia.

Pero me parece que, en la mayoría de casos, no se asume la cultura con el entusiasmo con que se asumen otras disciplinas, porque no se tiene una idea clara de cómo aplicarla en el desarrollo integral de los territorios. Si los dirigentes en los municipios fueran conscientes de la fuerza transformadora que tiene la cultura, hace tiempo que hubieran explorado métodos para fomentar una eficaz política cultural en barrios y comunidades.

Ante esa carencia de cuadros culturales, el Instituto de Cultura, coordinado con las alcaldías, debería formar técnicos o promotores de cultura en cada municipio con capacidad para organizar, motivar y desarrollar proyectos de calidad y participativos.

Para promover la cultura no se necesita una gran inversión de capital, solo se requiere creatividad, entusiasmo, compromiso, capacidad de trabajo y una clara y decidida voluntad. Vivimos un tiempo de grandes desafíos por la defensa de nuestras identidades nacionales.

Las potencias hegemónicas intensifican sus métodos para desculturizarnos e inocular un pensamiento superficial que desconecte nuestra memoria de nuestra verdadera historia y de nuestras raíces, esto convierte el trabajo cultural en el mejor y más importante mecanismo de resistencia ante los intentos por desnaturalizar nuestra visión propia del mundo y nuestro derecho legítimo de desarrollarnos en base a nuestros propios criterios soberanos.

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