Mi amigo el Che Ricardo Gadea Acosta | Revista Marka, Perú

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Mi proyecto personal era estudiar economía en Cuba y conocer por dentro una revolución auténtica. Para los jóvenes de mi generación la victoria de los guerrilleros de la Sierra Maestra se había convertido en una leyenda que sentíamos propia. Un acontecimiento histórico que anunciaba una fase de decisivos cambios en el continente, la liberación nacional y social de los pueblos.

Esto era una verdad incontrovertible sobre todo viniendo desde Perú. En mi país una arcaica oligarquía terrateniente condenaba a la miseria y la represión a las comunidades andinas y amazónicas, las dos terceras partes de la población. En esa época las haciendas se vendían con indios y todo. Soñábamos con una sociedad distinta.

Me embarqué en Miami, los primeros días de agosto del 60, en uno de los muchos vuelos comerciales que conectaban con La Habana por menos de veinticinco dólares. El avión compartía sus plazas de turistas con una abundante carga de bandejas de verduras y hortalizas listas para su venta en los supermercados. Al parecer los lazos económicos y comerciales entre Estados Unidos y Cuba seguían siendo muy estrechos.

Al arribar al bullicioso aeropuerto de La Habana, nos dio una cálida bienvenida un inmenso cartelón del Gobierno Revolucionario de Cuba:

– Ni capitalista ni comunista, verde olivo como las palmas…

El gobierno de los barbudos contaba con una fervorosa simpatía popular, fruto de las primeras medidas revolucionarias, la reforma agraria, la reforma urbana, las expropiaciones de los grupos vinculados a la tiranía batistiana, la campaña nacional de alfabetización, la creación de las Milicias.

Con el Che en Cuba

Al hablar con la gente se percibía una efusión contagiosa de orgullo cubano con la esperanza de un futuro mejor para la Isla. Trabajadores, campesinos y estudiantes se movilizaban y participaban en el proceso con desbordante alegría. Aunque asomaba en el horizonte un nuevo peligro, la creciente ola de atentados y sabotajes de la contrarrevolución interna promovida por Estados Unidos.

Mi hermana Hilda vivía en esa época en la Quinta Avenida de Miramar, junto con Hildita y Gina, hija de un hermano mayor ya fallecido, que estudiaba en Cuba. La casa había sido abandonada por sus dueños al irse de Cuba ante las primeras medidas revolucionarias. En ese barrio la mayoría de las elegantes mansiones fueron expropiadas de esta forma. Paulatinamente se convirtieron en Círculos Infantiles, Escuelas Públicas, Residencias de Becados y otros servicios comunales.

Hilda trabajaba todo el día en el Instituto Nacional de la Reforma Agraria. Por las noches y los fines de semana, su casa era un punto de obligado encuentro de la izquierda latinoamericana en La Habana. En esas inolvidables tertulias conocí a Luis de la Puente y a Juan Gonzalo Rose, al dirigente campesino brasilero Francisco Juliao, a la poetisa argentina Alicia Eguren, al legendario comandante Alberto Bayo y al líder socialista chileno Salvador Allende, entre muchos otros.

Uno de mis primeros amigos en la Cuba efervescente de entonces fue el Che. Dos o tres veces por semana, generalmente por las tardes, Ernesto pasaba por la casa de Hilda, para visitar a su hija, la pequeña Mao, como la llamaba cariñosamente. Una niñita de apenas 4 años. El Che se tomaba un respiro de sus recargadas tareas, para visitarla y jugar con ella. En esas visitas pude conocerlo y establecer una amistad familiar y fraterna con él. Decía que yo le recordaba a su hermano Pototo*.

Ernesto siempre vestía el uniforme verde olivo de campaña y botas negras, la boina sobre el pelo largo y desordenado, y la barba crecida y descuidada.  Durante el año en que lo vi con frecuencia jamás vistió de otra manera. Casi siempre con su puro en la mano.

Llegaba cansado y sudoroso, tal vez un tanto encorvado, caminando despacio, a todas luces sin ganas de hablar de política ni de trabajo. A su lado, su pequeña escolta de antiguos combatientes de la Sierra.

Cuando me encontré a su lado y nos saludamos con un apretón de manos, a primera vista me pareció casi de mi talla. No podía ser, sabía que era más alto. Era distinto al Ernesto que había conocido por la información pública y familiar.

Poco después Hilda me reveló que en esa época Ernesto estaba enfermo de tuberculosis, por las privaciones de la guerra, y que tardó en recuperarse por el exceso de trabajo y responsabilidades que había asumido en el seno de la dirección revolucionaria. Con frecuencia se ponía de mal humor porque los médicos le quitaban los cigarros.

Ameno, mordaz, irónico

Cuando su papá llegaba a la casa, la niña corría hacia él, se subía a su espalda, le jalaba la barba. Ernesto se quitaba la camisa y se sentaba en el suelo, rodeado por Hildita y algunos otros niños vecinos que le tenían mucha confianza.

Ella traía sus juguetes y se ponían a jugar entre todos. A veces se ponían delante del televisor para ver dibujos animados. Ernesto aprovechaba para preguntarle a la niña cómo le iba en el Círculo Infantil, qué tareas le habían dado, qué estaba aprendiendo.

Apenas tuvo oportunidad, el Che me acribilló a preguntas sobre la Argentina, conocía que había vivido allí. Le conté mis impresiones lo mejor que pude. Conocí a su padre, a mediados del 58, por Hilda, que me dio su dirección. Don Ernesto representaba al Movimiento 26 de Julio, en Buenos Aires, y de inmediato me captó para la solidaridad con los guerrilleros de la Sierra Maestra. El Viejo era el mejor activista de su causa. Luego me fui a estudiar a La Plata, a una hora de Buenos Aires. Regresaba a visitar a Don Ernesto cada semana y a recoger las novedades de la guerra. En La Plata di mis primeros pasos como militante de la Juventud Aprista Peruana. Tuve la suerte de coincidir con un grupo de jóvenes con idénticas convicciones. Con ellos nació la idea de ir a Cuba a conocer la revolución.

El Che cuando se animaba era un ameno conversador, mordaz e irónico. Le interesaba mucho el Perú, recordaba la angustiosa pobreza de los campesinos, la había palpado durante sus viajes. Me contó algunas anécdotas de su recorrido por la cordillera de los Andes, su paso por Lima y su experiencia en el leprosorio San Pablo.

– No me explico –me decía, agitando las manos– cómo los peruanos no se rebelan contra esa explotación bárbara… El pueblo que ha construido Machu Picchu…!

Para él no cabía duda, el alcohol y la religión servían para frenar la protesta popular.

Ernesto sabía que las comunidades campesinas se estaban movilizando para recuperar sus tierras y que el movimiento campesino en la provincia de La Convención era fuerte. Me reiteró un dato importante, Perú era de los países con mayor población indígena en el continente, como Bolivia, Guatemala y México, que conocía bastante bien por sus viajes.

Apasionado de la poesía, le encantaba declamar largas estrofas del Martín Fierro y de Don Segundo Sombra. Poseía una memoria formidable. Estos versos significaban para él un desahogo y una reafirmación de sus códigos morales y su identidad. Una tarde, de pronto, se irguió y en voz alta, con ademanes de poeta pueblerino y sonriente, le recitó a Hildita, que lo miraba con embeleso:

Aquí me pongo a cantar
al compás de la vigüela,
que el hombre que lo desvela
una pena extraordinaria
como la ave solitaria
con el cantar se consuela…

Otra tarde, al llegar, me extendió una hojita de papel que tenía en la camisa, me pidió que la leyera y le diera mi opinión. Unos pocos versos, sin duda escritos por él, sencillos y directos. Me pareció inimaginable que un dirigente como él destinara tiempo a escribir poesía en medio de la vorágine que vivía el país. Nadie me lo creería. Así se lo dije.

– No es para tanto, Ricardo. La vida encierra muchos secretos…–, me respondió con complicidad.

Sobre la música era otro cantar. Me divertía mucho lo que contaba Gina, mi sobrina de 13 años, que vivía con Hilda y que siempre acompañaba a Hildita en las salidas con su padre a su casa o a su oficina. Cuando no había testigos, el Che ponía música bailable en la radio y se ponía a bailar largo rato con Hildita y Gina. Con una sonrisa pícara, ella me decía:

– Quiere coger el ritmo pero es desorejado, chico…

Marxismo y ajedrez

En esa época iba todos los días a almorzar a la casa, Harold White, profesor norteamericano, notable estudioso del marxismo. Con él nos quedábamos horas de amena sobremesa. En forma paternal me orientaba sobre las lecturas que debía hacer y trató de ayudarme a entender la teoría de Marx. Yo no sabía que esa misma labor la había hecho Harold, con Ernesto e Hilda, en Guatemala, en los primeros meses del 54.

Cuando le conté a Ernesto que conversaba con White, me preguntó de qué hablábamos. Le dije que me interesaban los principios del marxismo y como rebatir el “espacio-tiempo histórico” de Haya de la Torre –teoría de la que tuve referencias durante mi fugaz paso por el APRA.

–  Qué bien –me dijo–, Harold es un gran tipo. Un gringo bueno. Sabe de marxismo, no repite los manuales como los loros, conoce los clásicos. Ahora hay muchos expertos en marxismo que solo recitan el catecismo. Si no lees a Marx nunca entenderás el marxismo…

El Che era un ferviente aficionado al ajedrez. Me contó que lo aprendió a jugar desde niño cuando vivía en Alta Gracia, un pueblo en la sierra de Córdoba. Nos identificamos de inmediato en la pasión común por el ajedrez. Me confió que el juego ciencia le había ayudado mucho durante toda la vida:

–  ¡Te enseña a pensar! … ¡Y te da de golpes para que aprendas!

Coincidimos recordando al gran maestro Najdorf, descubrimos que ambos habíamos jugado alguna vez con él. Yo lo había enfrentado en Lima tan solo dos años atrás en unas simultáneas organizadas por la Federación Peruana de Ajedrez.

Lo sorprendí al contarle cómo me había enterado de su afición por el ajedrez. Años antes, al regresar Hilda a Lima desde México, trajo sus libros, entre ellos algunos de Ernesto, con una colección de revistas de ajedrez de Guatemala, con profusas anotaciones en su letra de médico.

Ernesto me sugirió que fuera al Club de Ajedrez de La Habana, cuyo local quedaba cerca de la Universidad, donde conocía algunos jugadores jóvenes. De verdad sostenía que el ajedrez debía enseñarse en las escuelas. Que no era una pérdida de tiempo sino una manera de cultivar las capacidades intelectuales, sobre todo en niños y jóvenes.

Se quejaba de que, sin embargo, con las recargadas tareas del gobierno y la defensa no tenía tiempo para jugar ajedrez. Con sorna exclamaba:

– ¿Jugador? No. ¡Exjugador de ajedrez…!

Nos hicimos el propósito de jugar algunas partidas rápidas entre nosotros pero no era fácil para él porque debía cumplir con sus obligaciones como papá. Yo tenía un juego con piezas de madera bastante grandes. Lo instalamos en la mesa de centro de la sala.

Comenzamos a jugar en varias oportunidades, no nos fue posible terminar la mayoría de las partidas. Solo concluimos dos partidas. Gané la primera que disputamos, creo que se confió mucho. Me ganó la segunda. Era un hábil jugador, agresivo, arriesgado y con el gusto por las combinaciones. Prefería jugar con las piezas blancas las aperturas peón rey y las defensas semiabiertas, como la Defensa Siciliana, cuando le tocaban las negras.

Fue suficiente para darnos cuenta que de verdad éramos colegas de juego. En una ocasión me agarró del brazo y exclamó:

– ¡Qué bien que te guste el ajedrez! ¡No debes dejarlo!

Conocer a Ernesto tan cercanamente, marcó mi vida para siempre. Ha sido para mí un privilegio sin igual. Agradezco a la vida esta circunstancia que me permitió aprender de su lucidez, de su fatalismo combatiente – como le gustaba decir –, de su fe en los hombres y en el socialismo.

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