«Paquito», héroe de la DGSE que no debemos olvidar Por Walter Castillo Sandino

«Paquito», héroe de la DGSE que no debemos olvidar Por Walter Castillo Sandino
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La historia de la Dirección General de Seguridad del Estado (DGSE) del Ministerio del Interior de Nicaragua, aunque corta en el tiempo, es brillante y pletórica de heroísmo gracias al profesionalismo, capacidad, valentía, pero sobre todo convicción revolucionaria de sus jefes y oficiales.

Con pocos recursos se enfrentaron a los órganos de inteligencia de la máxima potencia militar del planeta, la de sus países satélites en la región y a la contrarrevolución, descubriendo, desactivando o destruyendo sus planes y atentados contra nuestro país y nuestra Revolución Popular Sandinista.

Aquí les presento de manera sucinta la primera de estas historias que trata precisamente de uno aquellos héroes anónimos.

Hace unos días vi un video en conmemoración del 42 aniversario de la creación de los órganos de seguridad del estado de Nicaragua, honrando la caída en combate del Comandante Pedro Arauz Palacios, “Federico”. Ahí pude ver con mucha nostalgia la fotografía del compañero Francisco García Hernández, conocido entre todos los oficiales operativos del Ministerio del Interior como “Franklin García” o “Paquito”, como todos solíamos llamarlo cariñosamente. Francisco fue fundador de la DGSE, en el Departamento Q-1 y cayó en cumplimiento del deber el 22 de enero de 1980.

Operativo de rescate

Esa mañana de enero fuimos reunidos por nuestro mando superior un grupo de compañeros, oficiales del Departamento Q-1, para participar en un operativo que comprendía seguimiento, búsqueda y detención de una banda de delincuentes que tenía secuestrado a un prominente empresario nicaragüense de apellido Baltodano. Estos casos de secuestros rápidamente escalaban a otro tipo de delitos que amenazaban a la Revolución Popular Sandinista en su esencia de paz y grandes transformaciones sociales.

Este operativo sería realizado por los compañeros Franklin (“Paquito”), Mario (“El Renco”), Fidel Camilo, Rubén, Ángel (“El Pelón”), Camilo (“El Negro”) y Adriana, que haría el papel de mi pareja durante el operativo. Estaríamos acompañados por una patrulla de operaciones especiales, coordinados a través de radios de comunicación “walkie-talkies”.

Nosotros debíamos aparentar ser civiles comunes y corrientes que abordábamos el ferrocarril en la antigua estación de Managua, pero que en realidad vigilábamos muy de cerca a la señora Baltodano que debía llevar un pañuelo en la cabeza, lentes oscuros y una bolsa de papel “kraft” con el dinero en efectivo exigido por los secuestradores.

Adriana y yo nos sentamos justamente detrás de la señora Baltodano, sin que ella lo sospechara. El resto del grupo en diferentes posiciones dentro del vagón. Yo llevaba el radio-comunicador encendido a mínimo volumen para estar en contacto con la patrulla que debía ir sobre la carretera lo más cerca posible, en un radio de acción inmediata.

Se nos había advertido que el encuentro con los secuestradores sería en la entrada de la ciudad de León, lugar donde se subiría una persona, la cual le diría a la señora Baltodano que le entregara el encargo que ella debía traer consigo.

Pero fue apenas en la primera parada urbana en la estación ferroviaria, ubicada en el sector de Gadala María en Acahualinca, que cuando el tren se disponía a emprender su marcha, de pronto subió un hombre de aspecto campesino que súbitamente le arrebató la bolsa que contenía el dinero a la señora Baltodano, dándose a la fuga.

Persecución y disparos

Inmediatamente nosotros reaccionamos y nos lanzamos del tren en marcha y emprendimos la persecución al ladrón, corriendo dos interminables cuadras pero en el trayecto, detuve vehículo taxi que por ahí pasaba y le pedí al taxista que siguiera al delincuente quien a toda marcha se nos iba alejando. Nunca lo perdí de vista y vi cuando se montó en un microbús, marca Toyota Coaster, color blanco, lleno de pasajeros, que lo aguardaba en la calle “El Triunfo” o calle de Acahualinca. Ordené al conductor que se detuviera delante del microbús, porque ya no teníamos comunicación con la patrulla de operaciones de la DGSE que ya iba por la refinería siguiendo el plan original de ir paralelo al tren.

Sin comunicaciones y sin nadie a mi alrededor, exactamente sobre el puente que está en él cauce de Gadala María, detuve el microbús apuntando mi arma de reglamento (una pistola “UNIQUE” Francesa calibre 32) directamente a su chofer. Yo tenía bien ubicado al delincuente dentro del microbús. Sin embargo, esperé la llegada al lugar del resto de mis compañeros.

“Paquito” me preguntó dónde estaba el sujeto, yo lo señalé desde la calle y seguidamente le ordené a este que se bajara del vehículo apuntándole con mi pistola. “Paquito” se precipitó y quiso subirse el microbús, pero desconocíamos que había otro delincuente que lo acompañaba y se encontraba sentado justo en la puerta de entrada.

Cuando “Paquito” se subió a bajar al delincuente que teníamos identificado, el otro le descargó un balazo en el estómago y se bajó disparando el resto de sus balas sobre mi humanidad, a lo que reaccioné con mucha agilidad (haciendo varios movimientos evasivos que me habían enseñado meses antes en un entrenamiento militar), logrando evitar el resto de sus proyectiles.

Esta es la esquina donde cayó Paquito, frente al cauce de Gadala María, en la entrada del barrio Acahualinca

«Me pegaron»

Aún escucho las palabras de mi hermano “Paquito”, cuando me gritaba «Róger (mi seudónimo), Róger, me pegaron…”, que fue el mismo momento en que el asesino también lanzó su furia contra mí.

Yo sabía que como su arma era un revólver, el delincuente no podía hacer más de 5 o 6 disparos, por lo que aproveché y descargué los 9 disparos de mi arma sobre el delincuente, a una distancia no mayor de 5 metros, teniendo la certeza que al menos la mitad de proyectiles le habían impactado.

Sin embargo, el sujeto (aunque con poca agilidad, debido a las heridas) intentó huir hacia el norte, por el cauce del sector. Le di persecución, a pesar que ya no tenía municiones y a los pocos metros el delincuente se desplomó. Entonces supuse que se trataba de una estratagema de aquél para distraerme, esperar a que yo me acercara y dispararme o acuchillarme con cualquier otra arma.

Para entonces yo iba sumamente agotado por la persecución. El tiempo se me hizo eterno, pues apenas tenía aliento para gritarle que se pusiera de pie y con las manos hacia arriba. Gracias a Dios de repente se apareció un compañero policía con un fusil Garand y le dije (después de identificarme) que ese era el delincuente al que perseguíamos. Fue y con mucho cuidado vio que estaba herido en sus dos brazos y que también estaba armado con otra pistola.

Me regresé al microbús, percatándome entonces que “Paquito” yacía en la escalera del microbús ya sin vida.

Para ese momento, mis compañeros ya habían capturado al delincuente que llevaba la bolsa con el dinero y por la información que dio fue capturada toda la banda que operaba en occidente. Desafortunadamente, el empresario secuestrado ya había sido asesinado dos días antes de ese operativo.

Gigante defensor de la tranquilidad

Francisco García Hernández era el verdadero nombre de “Franklin García” o “Paquito”, mi entrañable compañero, oficial de la DGSE, caído valientemente en cumplimiento de su deber aquella mañana de enero de 1980, el primer año de una década titánica de resistencia y lucha sin cuartel del Frente Sandinista y el pueblo nicaragüense hecho gobierno contra el Imperialismo yanqui y sus lacayos.

Era mi mejor amigo de entonces. Siempre lo recordaré con su gran bigote, su pañoleta rojinegra, excelente mecanógrafo, siempre cargando su máquina de escribir portátil para realizar con presteza nuestros informes operativos desde cualquier lugar donde nos encontráramos. Hombre de baja estatura física pero un gigante defensor de la tranquilidad y la paz de nuestro pueblo, aún en los albores de la DGSE.

El pueblo y la patria agradecida siempre guardarán con respeto y agradecimiento la memoria de “Paquito”, de aquellos hombres y mujeres que cayeron o siguen viviendo en silencio, como verdaderos héroes anónimos,

Que dónde quiera que esté Paquito brille para él la luz perpetua.

Siempre más allá…

Los primeros oficiales de la DGSE, en un ejercicio a principios de 1980
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