San José de las Mulas: «¡que se rinda tu madre! ¡Viva la Juventud Sandinista!» Por Manuel S. Espinoza

San José de las Mulas: «¡que se rinda tu madre! ¡Viva la Juventud Sandinista!» Por Manuel S. Espinoza
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Relata Leonardo Zeledón “Chispero”, que “en 1983, después de haber estado dos meses en La Fortuna –en la finca de don Adalid Cuadra, donde se había instalado un campo de entrenamiento en territorio hondureño– nos equiparon y nos trasladaron a Las Vegas. De ahí salimos rumbo a Nicaragua el 17 de enero. Los mandos de estas fuerzas habíamos sido de las tropas élites de la Guardia Nacional (EEBI). En total entramos unos cuatrocientos divididos en dos fuerzas de tarea: “San Jacinto”, al mando de “Renato” con 160 comandos, y la “Jorge Salazar” al mando de “Toño” con unos 240 hombres.

“Peleamos en Nicaragua como guardias nacionales, chocando con la guerrilla sandinista desde los años 70. El segundo de “Renato” era el “El Chaco”, Gerardo Martínez, quien había sido oficial en la Academia Militar y combatido como soldado de la EEBI. “Villatoro”, Leonardo Antonio Zeledón Rodríguez, también conocido como “Chispero”, era el tercero al mando; había sido sargento técnico de la EEBI. “Valiente”, “Opango”, “Afro””,Guarito”, habían sido soldados de línea en la GN de Somoza. En total íbamos aproximadamente unos dieciocho ex guardias”.

Explica “Chispero” que la misión era llegar a lo más profundo del territorio de Nicaragua y demostrarle al congreso norteamericano la capacidad militar de la Contra y la viabilidad de derrocar al régimen sandinista por la vía armada. Para eso el congreso yanqui debía asignar oficialmente la asistencia económica al FDN. “Para eso debíamos de combatir y darnos a conocer no solo hacia afuera sino hacia el interior del país. Andábamos AK soviéticos, para recuperar municiones de los sandinistas. Andábamos también con fusiles FAL, RPG-7, M-79, ametralladora calibre 30, granadas de fragmentación y buenos equipos de radio comunicación y morteros”.

El 25 de febrero, estando en El Cacao, “Bujía” –el radista de Renato– recibe una comunicación en la que ordenaban que “sacáramos agua del pozo (atacar a los sandinistas) en el campamento de San José de Las Mulas. Ni siquiera sabíamos que había una base ahí. El plan se diseñó en función de qué grupo llegaría hasta el punto más cercano para atacarlo y qué otros ocuparían la zona de seguridad perimetral. Se le ordenó al “Chaco” mover a toda la fuerza de tarea y ubicarla alrededor del objetivo. En su ruta buscaríamos como acercarnos al lugar del enemigo bordeándolo por el rio Savalete, pasando a unos tres kilómetros de la escuela, para que los “compas” no se dieran cuenta del acercamiento”.

Las dos fuerzas de tarea habían llegado al Corozo y desde ahí continuaron hasta la zona de “Trocha la Parra”, a una media hora de Pancasán y como a unas cuatro horas de camino desde la comarca de San José de Las Mulas. Por lo menos unos 250 comandos se habían extendido en toda esa zona. El grupo de “Puyón”, había recorrido todo ese trayecto cumpliendo con la tarea de recolectar más información sobre el objetivo ya que nos dijeron que estaba repleta de mercenarios cubanos.

Relato de los compas

El domingo 26 de febrero, David Espinoza, reservista del batallón 30-62, ubicado en la escuela de San José de las Mulas, relata que un grupo de diez soldados se fueron con dos de los tres permanentes del Ejército a la base en Rio Blanco. Estos estaban enfermos y los permanentes del EPS debían de participar en la última reunión de coordinación para el reemplazo de tropas de otro batallón en una semana a más tardar. Al regreso a la escuela, el grupo que los escoltó hasta el Laberinto pasó por una casa de colaboradores, que le comunicaron “que la guardia andaba cerca”.

Enrique Flores también reservista del BIR-3062 dice, que esa noticia había llegado mucho antes. “Incluso en dos ocasiones perseguimos a unos supuestos MILPAS que huyeron rumbo a Kuskawas. También hicimos una exploración por el río Savalete. Como unos cinco días antes de que se fueran los enfermos, fuimos a Caño Negro por el lado de Kuskawas donde nos habían informado el movimiento de unos 150 Contras”. “La verdad es que este tipo de noticias, nos despertaban el interés a entrar en combate, ya que durante el mes que teníamos de estar ahí no lo habíamos experimentado.

“Habíamos hecho algunos simulacros de ataque, que ya nos tenían aburrido. Para ese tiempo, ya nos habían distribuido nuestro sector de fuego y hecho más o menos nuestros posos de tiradores. Habíamos hecho practica de tiro, en fin, prácticamente estábamos listos. Nuestra moral y convicción se mantenía. Nuestro trabajo político ideológico, para el cual fue movilizado el batallón, lo habíamos logrado. La relación con la mayoría del campesinado era muy buena. Claro sabíamos de campesinos antisandinistas y colaboradores de los MILPAS, pero en realidad ya habíamos hecho mucha química con los pobladores de la comarca. Solo la guardia faltaba para haber pasado la prueba de fuego.

“En el campamento de San José de Las Mulas quedaron solo 47 reservistas y un permanente del Ejército y por el rumor que la Contra andaba merodeando, Ricardo Avilés, el “Chocoyo” –jefe de los reservistas de la Juventud Sandinista 19 de Julio– ordenó que cambiáramos de pozos de tirador”.

Fiesta en la escuela

Hacia las diez de la mañana de ese día, los Contras se acercaron a la primera casa a unos dos kilómetros y trescientos metros de distancia de la escuela. Desde una loma, bien ocultos, Renato, El Chaco, Villatoro y otros ven con sus binoculares la escuela, pero no todo se distingue bien. Dejan al “Valiente” y sus hombres en la retaguardia, mientras que Eleuterio Palma, alias “Opango”, y sus contras comienzan a avanzar asegurando cada vez más el camino en las cercanías de la escuela. A las 3 de la tarde ya están a 700 metros del lugar. “La estrategia era esperar hasta que cayera la noche para posicionarse lo más cerca y a las 6 de la mañana, a la hora que dicen los campesinos que forman, caerles en asalto”, rememora “Chispero”.

Ese domingo por la tarde los miembros de la compañía junto a la población, incluyendo varios niños, realizaron en la escuela un acto en conmemoración del Comandante Camilo Ortega. Era la última actividad cultural que celebraban junto a los pobladores de la comarca, pues la desmovilización estaba próxima. Hicieron piñatas y el político de la compañía, Oswaldo Manzanares, les habló a los pobladores sobre los fines y sueños de la revolución, de lo importante y gratificante de la experiencia adquirida por los miembros del batallón en su relación con la comunidad, e instó a defender la revolución en todos los campos para un futuro mejor.

Recuerda Juan de Dios Blandón, un joven campesino que durante la actividad cantaron canciones revolucionarias y románticas e inclusive algunos jovencitos que como él mismo habían aprendido a tocar flauta y guitarra con los muchachos, pudieron acompañar algunas canciones. Una vez terminada la actividad muchos jóvenes se quedaron platicando con los miembros del batallón hasta que atardeció. Los reservistas llegaron hasta la loma a encaminar a algunos de los pobladores que habitaban en el sector de la ermita.

Entre las cinco y media y las seis de la tarde, pasaron por la escuela dos campesinos rumbo a El Laberinto y a los 45 minutos o una hora los vieron regresar con apariencia de que habían ingerido licor, pero en realidad eran Contras exploradores de Renato que estudiaban la situación después de la celebración. La noche había caído.

Tras haberse posicionado desde la noche anterior en la loma frente a la escuela, a unos 300 metros, sin ser observados, a las tres de la madrugada del lunes 27 de febrero “Fernando” y su grupo de contrarrevolucionarios han avanzado hasta unos cien metros del lugar, buscando como asesinar a cuchillo a los compas que hacían vigilancia, pues según ellos creían debían estar borrachos después de la fiesta. “Fernando” se detuvo cuando pudo ver una lucecita de la escuela, a unos 50 metros. A esa hora, el compa Marvin Vallecillo y varios muchachos se disponían a preparar más café para los rondines.

A tan solo 45 metros de la escuela, “Fernando” advirtió que su reloj marcaba las tres y media de la madrugada. Según él, vio hacia el cielo y notó que la Luna que había estado clara en la noche, se había escondido tras las nubes, tornando la madrugada aún más oscura. Cuenta que en ese momento pensó que Dios estaba con ellos y no con los «piris» o «piricuacos» (como los contras llamaban despectivamente a los sandinistas).

Al sentirse protegido por la oscuridad, avanzó y sin notarlo la luna comienza a salir de la nube aclarando el panorama, pero en ese momento un reservista, Armando Monterrey, lo descubre, se asusta y se refugia en su pozo de tirador. Ya a unos escasos 15 metros de distancia, el joven sandinista ve como los contras siguen avanzando lentamente hacia su dirección, sin saber aún cuántos son y pensando que la mayoría de los reservistas están dormidos en la escuela.

Decidió gritar el santo y seña acordado como alerta para el resto de los compañeros: “¿Quién vive?”. El reservista David Espinoza, que estaba haciendo posta a unos escasos metros del árbol de la esquina de la escuela al lado del camino, volteó a ver hacia el sitio de donde provenía el grito del santo y seña.

El contra Fernando recuerda que él se quedó paralizado, se le olvidó la respuesta que tenía preparada en caso de que le descubrieran, presintió la muerte y hasta lanzó improperios a la Luna porque lo había delatado; lo único que atinó responder al posta sandinista fue: “Es que ando buscando un ganado, que se me perdió”. Con un movimiento brusco trató de esconderse, giró su cabeza hacia atrás y le ordena retroceder a los contras que estaban más cerca.

En lo que su mirada vuelve al frente en dirección del árbol ancho en medio de la escuela, escucha de nuevo “¿quién vive?” y se percata que el posta no le había creído el cuento del ganado perdido y además estaba tratando de alertar a sus compañeros. Habían pasado tan solo segundos después del primer grito, pero esta vez gritó con más fuerza. Fernando ya sin pensar nada, bajo el claro de la luna, con la confusión y el encachimbamiento de que había planchado la operación disparó su fusil FAL en respuesta a los gritos del centinela. El jefe contra Renato saltó de la hamaca y exclamó: “¡Que cagada! Ya perdimos la sorpresa”.

Inmediatamente, desde su pozo de tirador ubicado a unos tres metros del árbol esquinero del camino, David Espinoza distinguió las chispas de la ráfaga y agachándose en su pozo de tirador respondió al fuego. El combate había iniciado. Fernando había recibido dos balazos: uno en los testículos y otro en la cadera.

Dice David Espinoza: “Cuando yo escucho los gritos del compa en pleno silencio de la madrugada y veo y escucho la ráfaga como respuesta a su santo y seña, me agacho y de rodilla apunté en dirección al fogonazo que vi. Inmediatamente respondí al fuego del enemigo y eso creo que le ayudó al mismo compañero que comenzó a también disparar. Fue cosa de segundos. En unos instantes varios contras comenzaron a dispararnos y en los primeros tres minutos estalló la primera granada que pegó arriba en el frondoso árbol que estaba en frente a la escuela”.

El destacamento al mando del contra Fernando trató de retirarse del lugar en busca hacia la loma donde el resto del grupo se había quedado resguardando la posición. Dos de ellos cargan a su jefe Fernando, que gritaba de dolor. Tres contras cubrieron la retirada disparando a cada lado y lanzando granadas al lugar de donde salía el fuego sandinista.

Los compañeros salieron corriendo a buscar sus pozos de tiradores. Unos no creían que se trataba de un combate real. Otros tal vez sí. Recuerdo –dice David– que salían en shorts o calzonetas, sin camisa con sus fusiles en la mano y hasta con sábanas blancas buscando su ubicación de defensa. Para aquellos, que no creían, pero rápidamente se convencieron cuando comenzaron a ver, aunque pipiriciegos el fuego de la Contra venir desde la loma. Desde esa loma “Los Contras” nos disparaban y gritaban durante el combate “¡piricuacos ríndanse, hoy les llego su día” y otras cosas más.

En cada pausa de la balacera, se distinguían las voces de las mujeres de la contra aullaban a los compas para que se rindieran. A esa hora de la madrugada, ya casi amaneciendo, el intercambio de gritos siempre fue posible para ambos.

La muerte llegó al amanecer

Al amanecer, cuando ya todo el panorama alrededor de la escuela se podía apreciar y cuando el combate llevaba más de dos horas, Ricardo Avilés se percata del enorme aprieto en que se encuentran los sandinistas. La Contra está atacando desde una posición elevada claramente ventajosa y mientras los compas están bajo seria amenaza. Demasiados soldados estaban concentrados en un perímetro muy pequeño y cada tiro de mortero mataría a varios.

No habían hecho trinchera de comunicación, sino que solo pozos de rodilla en tierra que no eran lo suficientemente hondos y no todos los compas tenían su propio pozo de tirador. En algunos sectores habían amontonados dos y tres soldados por pozo. Por eso y para tratar de descongestionar el sitio, el “Chocoyo” Avilés le gritaba a Oscar Palacios, quien dirigía al pelotón de maniobras ubicado en la plazoleta de formación, que se tomara la loma detrás del dispensario, pero Óscar al igual que el resto de la tropa que estaba por el sector uno, no podían ni sacar la cabeza.

El primer intento de asalto de los contras fue poco después de las 6 de la mañana. El primero en caer fue Mac Nery Pérez, ayudante de la ametralladora pesada, recibió varios charneles. Rápidamente lo atendió Manolo Guzmán, el sanitario de la compañía, pero el muchacho había muerto.

Entretanto, Juan Cortez, apodado “Nariz”, se mueve para reforzar la posición de Ricardo, el jefe de los sandinistas. Segundos más tarde, sonó una ráfaga mortal de FAL: una bala atravesó el corazón de Avilés y otros balazos hirieron a Manolo y a Juan “Nariz”.

Cuando el político de la compañía Oswaldo Manzanares se enteró, empezó a gritar: “Ricardo Avilés, ¡Presente!, ¡Presente, Presente!”, “Sin una juventud dispuesta al sacrificio, ¡no hay Revolución!”. Inmediatamente el resto de la tropa respondía al unísono a las consignas que lanzaba el político: Ricardo Avilés, ¡Presente!, ¡Presente, Presente! Mac Nery Pérez…… ¡Presente!, ¡Presente, Presente!”.

Un compa «resucitado»

Con ese ánimo entonaron las canciones revolucionarias. Sus cantos y consignas eran claramente escuchados en la cima de la colina. “Estaban alegres los chavalos –relata el jefe del destacamento Contra, Salvador Valdivia Tinoco el “Chele Oswaldo”. Había uno de boina que corría de pozo en pozo con gran velocidad dando órdenes (era “el Chocoyo”). Entre las 6 y 7 de la mañana yo estaba en el otro extremo, en la parte de la entrada de la comarca, en la hacienda de Licho Martínez, desde donde yo también debía entrar en asalto, cuando los de la loma no disparaban, y así confundirlos y desesperarlos. Desde otro frente vi a mi lado cómo mi ametralladorita, el comando “Zompopo”, fue partido en dos por la ametralladorita sandinista (manejada por Camilo Rodríguez) que corría rápido y cubría de punta a punta la escuela.

“Yo logré llegar a unos 20 o 25 metros del primer pozo de tirador que estaba al lado del abra (sendero), un poco más delante de un palo ancho de gavilán. Yo creo que el chavalo está muerto y no es que se levanta y me clava en la pierna, el brazo y la mandíbula y caigo ahogándome que no podía respirar”, recuerda Valdivia.

A las 8 de la mañana la Contra inició nuevamente un fuerte hostigamiento desde la colina, Felipe Gutiérrez relató que los Contras hicieron 3 intentos y no pudieron. Después, desde el lado del potrero tiraron un morterazo que es el que cae en la punta de la cocina y salen en el aire los peroles, la comida.

Uno de los hermanos Madrigal, de nombre Dolores, se fue al pozo de su hermano Guillermo que había sido herido y comenzaba a quejarse, a tal punto, que podía ser escuchado hasta en el sector de retaguardia. Apenas unas horas antes le habían cantado las mañanitas por estar de cumpleaños. Guillermo y Dolores Madrigal murieron abrazados.

En los sectores uno y dos, los muchachos habían quedado indefensos pues los fusiles VZ-52 –de fabricación checa, usados en la Segunda Guerra Mundial– se enconchaban a cada rato y varios de los otros rifles quedaron dañados por los impactos de bala disparados por la contra. Solo el oficial del Ejército tenía un AK soviético. Quienes tenían sus armas en buen estado, ya habían agotado más de la mitad de sus municiones, unos ciento veinte tiros por soldado. Los Contras cargaban 800 tiros cada uno.

Varios compañeros de Sergio Granera estaban heridos en sus pozos de tirador, algunos de manera leve otros de gravedad como el caso de Noel Solís, quien tenía partida la rodilla y gritaba con desesperación. Los heridos querían que los sacaran de ahí y los llevaran al sector tres, pero nadie podía ayudarles en ese momento pues la lluvia de balas se los impedía.

Por esas razones, poco a poco el poder de fuego de los compas deja de ser nutrido. Los contras se dan cuenta y a las 10 de la mañana, Renato reúne a todos los jefes de grupo, todos ex guardias somocistas, les ordena lanzar el asalto final para tomarse la escuela porque de lo contrario, sus tropas jamás los iban a respetar. Manda al “Vikingo” lanzar un cohete con su RPG-7 como señal de inicio del asalto, pero cuando lo va a realizar recibe un disparo en el pecho que le perfora un pulmón.

De todas formas, Renato mantiene la orden y 65 Contras se lanzan por el frente de la loma y desde el frente del abra. Lanzaron todas las granadas de fragmentación que pudieron para aturdir a los chavalos.

Uno de ellos, Francisco Pinel, exclamó: “¡Ay señor! ¿Dónde estás? ¿Por qué esto si nosotros somos los buenos?”.

Tras la caída de Ricardo Avilés, jefe de la compañía, Oswaldo Manzanares asumió el mando general de la tropa y su propósito era luchar hasta el final. Observó que desde el árbol de la esquina, César Valladares y Enrique Calderón disparaban intentando contener a los contras, pero les resulta imposible. Apuñando los dedos de la mano César le dice a Manzanares que son demasiados.

Nadie quería dejar de combatir. Nadie se rajó. No podía haber otro final más que resistir y vencer. En caso contrario, morirían peleando hasta el último minuto, hasta el último segundo de vida del último hombre.

Pero Oswaldo sabe que están sin municiones, hay muchos heridos y muertos, y ya no pueden resistir. Ordena la retirada, pero él optó por quedarse hasta el final:

Después de transmitir la orden de pozo en pozo, varios muchachos salen y saltan por un guindo lo más rápido posible, porque la Contra ya había entrado al perímetro de la escuela. Varios no pudieron retirarse porque la contra los acribilló por la espalda.

Camilo cubre la retirada con la ametralladora quedándole tan solo unos cuantos tiros en la cinta. “¡Disparen hacia dentro de la escuela!”, grita David Espinoza, seguido de Marvin Vallecillo en el último intento de lucha cuando ya la Contra está entrando por el abra.

La lucha se torna cuerpo a cuerpo en cada metro de la escuela. El gordo Talavera se bate a bayoneta calada con un contra gritándole “¡que se rinda tu madre!”, antes de ser fulminado por el Contra. También Sergio Granera lucha contra “Afro”, un Contra que caminaba siempre drogado. Lograron resistir hasta las 11 de la mañana.

En la escuela, los contras de la avanzada gritan de alegría, lanzan consignas anticomunistas y ráfagas al aire. También hay gritos de dolor de los reservistas heridos que se confundían en el jolgorio de la Contra. Los contras que venían atrás, rematan a los heridos en sus pozos de tirador, casi todos ellos con sus rostros bañados en sangre y cuyos gritos solo cesaron hasta que fueron asesinados. ¡No los pudieron doblegar!

Los contras entraban y salían de la escuela y del dispensario. Otros estaban robando provisiones, y arrebatando a los cadáveres de los sandinistas las botas, los sambrones, otros pertrechos. Los relojes, las cadenas, las billeteras. Los broches de Juventud Sandinista y las boinas.

Chispero preguntaba por qué no habían capturado a ningún cubano ni encontraron ninguna de las armas 4-70. “¡Estos hijueputas solo VZ tenían!”. Ni Renato podía creer que unos chavalos mal armados les habían causado tantas bajas y demostrado valentía hasta el final.

En la plazoleta, los contras bajaron la bandera del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y se limpiaron las botas con ella. Gritaban como hienas que devorarían a sus víctimas ya esparcidas por todo el terreno ensangrentado de la escuela.

Renato agrupó a unos cuantos muchachos que habían logrado sobrevivir al feroz combate. Junto al “Afro”, la “Rata” y otros de sus compinches, enfrente del resto de contras, insultaba a los jóvenes a los que había obligado a arrodillarse. Era el momento de “ganarse la autoridad” después de 8 horas de intentos fallidos, de asalto y feroz resistencia.

“¡Esto les pasa por apoyar a los comunistas! ¿Dónde están los cubanos que los entrenaban? ¿Dónde están sus jefes del ejército? ¡Los sandino-comunistas (apodo que inventó el dictador Somoza) no tienen derecho a vivir en Nicaragua!”.

Todos los chavalos estaban heridos; se miraban sucios, en muy malas condiciones, aturdidos, confusos. Veían hacia todos lados buscando a más de sus compañeros con vida y se miraban entre sí. Dos estaban graves, acostados boca abajo, y no se podían levantar. Murmuraban agonizando. Otros estaban de rodilla hombro con hombro.

Los contras arrastraron hasta ese sitio a un muchacho más. Iba descachimbado, ya no le importaba nada. Trataba de soltarse de dos de sus captores, pero le era imposible. Los Contras no lo podían asesinar tenían la orden de llevarlo ante Renato. Lo tiraron hacia donde estaba el grupo de prisioneros y cayó sentado junto a los que estaban acostados boca abajo.

El último reservista entiende que la muerte es segura. Tocó por la espalda a uno de sus compañeros que se quejaba como diciéndole “¡tranquilo hermano ya va a terminar todo!”, pues estaba seguro que los iban a asesinar. Levantó su puño y gritó con toda su alma “¡viva la Juventud Sandinista!”.

Cayeron 23 muchachos. 23 jóvenes militantes de la JS 19 de Julio ofrendaron su vida en un combate desigual de casi 8 horas, donde el coraje y el fervor revolucionario los inspiró para realizar ese acto de heroicidad inmortal.

No murieron, sino que renacieron en miles de jóvenes que se entregaron a la defensa de la Revolución Sandinista. Honor y gloria eterna a cada uno.

A estos jóvenes el Papa Juan Pablo II se negó a darles una oración para su descanso eterno.

Hoy, un monumento se erige donde fue la escuela y el feroz combate. Un Jesús de la Resurrección levanta sus brazos en señal de que desde ese momento, ese es un lugar sagrado y los 23 jóvenes caídos heroicamente reposan bajo su manto de amor y paz.

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