¿Y por qué Daniel? Por Marcio Vargas Aguilar

¿Y por qué Daniel? Por Marcio Vargas Aguilar
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Orden de la Independencia Cultural “Rubén Darío”, fallecido el 15 de mayo de 2016. Escrito y publicado el 13 de marzo de 2011

Hay quienes me han preguntado en estos días por qué no escribo sobre la candidatura presidencial de Daniel Ortega Saavedra. Que si estoy de acuerdo en que tenga la oportunidad de ser candidato y así poder ser reelegido, o si no estoy de acuerdo.

La primera vez que yo lo vi, Daniel era un adolescente estudiante universitario, y él muy joven pero no tanto como yo, mantuvo su rostro firme ante un juez que le negó la posibilidad “legal” de salir libre a mitad de condena tras cinco años de estar preso y torturado desde noviembre de 1967.

Su madre, doña Lidia, tampoco lloró, pero le faltó poco.

Fue empujado sin miramientos hacia la llamada “zaranda” y devuelto a la cárcel de La Aviación (hoy, complejo policial Ajax Delgado) a seguir preso.

Sólo le vi un gesto de gran ternura al despedirse de largo de su madre y de un periodista amigo suyo, hoy ya fallecido, William Ramírez, quien escribió una bella crónica de ese momento.

Luego, gracias a mi amistad de tiempos del diario La Prensa con Rosario Murillo, pude conocerlo más de cerca.

Estuve muy cerca suyo en la Plaza de la Revolución el 20 de julio de 1979, y estuve junto a él cuando la Junta de Gobierno asumía formalmente el poder, en un cuartito dentro del Palacio Nacional, hoy Palacio de la Cultura.

Hablé largamente con él cuando llegó a las instalaciones de lo que fue el diario Novedades, de los Somoza, y le entregué numerosos documentos secretos recuperados ahí, mientras hablamos bastante de periodismo y de Rosario, a quien él sabía que yo conocía años atrás.

A partir de entonces, una vorágine de encuentros y desencuentros propios de un trabajo al tope revolucionario y frente a una horrorosa guerra de agresión.

A mí me tocaba ser el editor jefe de Barricada, es decir, amanecer ahí poniendo títulos, revisando textos, buscando fotos y esperando los primeros ejemplares en salir de la rotativa para dormir unas horas y volver al trabajo, a estudiar a la escuela de cuadros, a dar clases en el sindicato, a entrenar militarmente, a reuniones de reuniones, y a volver a editar cada tarde y noche a Barricada y de paso, con “suerte”, tal vez posta en el barrio y puesto de mando en la empresa.

Había nueve miembros de la Dirección Nacional del FSLN que pretendían dirigir el periódico. Encima otros funcionarios que se las daban de alto vuelo como Sergión o el propio Chamorrín, por ejemplo, o bien, el secretario de la DN, René Núñez, quien tenía mucho poder en aquellos días. Era como el número diez de la DN, creo yo.

Con al menos uno de ellos había que enfrentarse cada noche a discutir sobre el contenido del periódico y cómo iban las fotos y los títulos y etcétera. Muchas veces largas peleas, otras con suerte, coincidencias rápidas y felices.

Con Daniel me pasaba algo especial. Casi siempre que él me buscaba para alguna decisión, era de algo que iba en contra de mi opinión. Y se armaba el debate.

Pero tanto Daniel como yo usábamos un trato afable y de respeto, mas era impresionante para mí encontrarme con un muro de acero ante su decisión. Me escuchaba los argumentos diciendo a intervalos “ajá, ajá, ajá”, y al final de mis alegatos me decía: “sí, te entendí, pero va como te dije”. Y volvía yo con nuevos alegatos y al final “ajá, yo te entiendo Marció, pero me pones el marquito que te dije y la foto aquella”. Y vuelta yo: “Pero, hombre, si podemos hacer tal y cual cosa y se verá mejor y más convincente” y bla bla bla. Daniel imperturbable, no se cansaba de escuchar mis argumentos, pero menos que se cansara de imponer lo que ya había decidido y no había forma de cambiarlo. Fue así siempre y de ahí que tuvimos encuentros y desencuentros, los que casi siempre ayudaba a desenredar mi amistad con Rosario.

De Daniel recuerdo decenas de viajes en que le acompañé como periodista presidencial. Era un líder político jovencito al lado de digamos Belaunde Terry en el Palacio de Pizarro en Lima, o ante el ancianito Leonid Brézhnev (en aquellos años, máximo dirigente de la Unión Soviética) en Moscú, pero parecía un estudiante de maestría. Por ejemplo, en sus visitas a la Universidad de Harvard, adonde debía enfrentar a una jauría de estudiantes de Derecho Internacional ávidos de saber de los sandinistas, de Sandino, de Nicaragua, de la guerra…

O en debates memorables en clubes exclusivos de San Francisco, de Bonn o México, o Londres, o Brasilia, o París, o Bogotá, o Roma, o Madrid. Ante pensadores derechosos que se las daban de los grandes sabios, el muro inexpugnable del pensamiento rectilíneo de Daniel terminaba por imponerse…, o al menos evitar que se impusiera otro. Todos se cansaban ante el “ajá, ajá, ajá, pero los sandinistas pensamos así”, y punto.

Lo recuerdo en la ONU tantas veces y con tantos líderes, y en Delhi con Indira Gandhi, en La Habana con Fidel, en Hanoi con Giap, o en Caracas con el bandido de Andrés Pérez y el tal Lusinchi, en Washington con la crema y nata del gobierno y de la crema y nata del Congreso yanqui, o en la definitiva reunión de Centroamérica en Guatemala, con un tipejo de apellido Arias que trataba de evitarlo, y un gritón, pero medio simpático, Napoleón Duarte, que le saludaba en público pidiendo que dejara de enviar ayuda al FMLN, o cosas así.

En largas giras por decenas de ciudades en Estados Unidos, adonde no había tiempo ni para estrenar las camas de los hoteles, pues era del avión a los carros y a las actividades y de nuevo al avión. Recuerdo que a Daniel le gustaba hacerle bromas pesadas a los agentes del servicio secreto yanqui, que eran los mismos de Reagan, encargados de su seguridad personal, junto con nuestros propios agentes encabezados casi siempre por el desaparecido Chombito (Walter Ferreti) y por Alí (Manuel Rivas Vallecillo), quien ahí sigue, siempre activo y sonriente.

Las bromas consistían en cambiar la agenda de actividades de un momento a otro o bien bajarse en cualquier lugar, frente al Radio City Music Hall, por ejemplo, en una ciudad como Nueva York, sin avisar previamente a los grandulones cheles con sus audífonos y micrófonos bajo sus relojes, y sus lentes y trajes oscuros.

Una vez, en una enorme quinta de varias hectáreas de terreno de un magnate de Hollydowwd que nos prestaron para dormir, luego de acompañar a Daniel en mil actividades con estrellas de cine muy famosas, hasta la medianoche, ya en la mañanita, a las 5 am, con bastante frío, todo mundo a correr, y Daniel salió a correr y los agentes del Servicio Secreto a correr con saco y zapatos de cuero.

Eso no volvió a ocurrir, los tipos de seguridad aprendieron la lección y andaban dos equipos, uno para las reuniones y otro vestido y listo con tenis para las carreras de ejercicios, que se volvieron famosas, con fotos desde el Central Park.

¡Ah..! Pero un recuerdo muy especial es el de Daniel el día de la derrota electoral del FSLN en 1990. Su día sublime como líder.

Y luego en la reunión famosa con los cuadros del FSLN en el auditorio hermoso del edificio Olof Palme (crónica que tengo pendiente, y que me pidió Daniel), y luego el inicio del acaloramiento de los debates en la reunión de El Crucero, y luego más y más, y la traición de los MRS en la Asamblea y en el Congreso del FSLN, y la traición de Vilma Núñez que soñó (o aún sueña diría su hermano chistoso León), por el figureo de ser presidenta de Nicaragua o candidata al menos…, y tantas vueltas y revueltas, idas y regresos y Daniel siempre ahí, firme, diciendo “ajá, ajá, ajá, pero no, vamos por aquí mejor”, y siempre por ahí.

Había mucha confusión, unos iban y volvían, y otros volvían sólo para irse definitivamente, pero Daniel siempre estuvo ahí. Y creo que nunca en la historia de Nicaragua un líder político en la oposición fue acusado de tantas posibles cosas horribles, en libertinaje y odio de prensa como lo fue y lo ha sido Daniel. Y, sin embargo, me parece oírlo, ante las acusaciones en infames calumnias: “ajá, ajá, ajá… pero es mentira, hom”. Y ya.

Daniel no fue “puesto ” ahí como el líder del FSLN, sino que se ganó a pulso y con mucho sacrificio el liderazgo que hoy nadie le discute –creo que ni sus peores adversarios discuten ese liderazgo. Dicen que así era Carlos. Seguramente, no me extrañaría. “Terco indeclinable sempiterno”, como lo describe Tomás.

Daniel siempre siguió en la línea del FSLN y si hoy por ejemplo algunos compañeros y “amigos” le alegan que no debería hablar tan mal de los yanquis en la cara de Obama o evitar decirle cuatro verdades en la UNAN a los medios de comunicación más poderosos del país, podrán decirle que “quizás no es muy diplomático”, y esto y el otro, pero Daniel les contestará a cada argumento “ajá, ajá, ajá, pero lo que dije es la verdad ¿o no?”.

Creo que ante las boberías seudojurídicas que alegan los opositores sobre la oportunidad de recibir votos suficientes para reelegirse como presidente de Nicaragua, la pregunta en el FSLN no es “¿por qué Daniel?”. Creo que la pregunta correcta y única para el FSLN es: “¿Por qué no Daniel?”.

Siempre más allá

Patria y Libertad

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