AMLO y el imperialismo: cuando dobla, repica Por Alberto Betancourt Posada | Revista Común, México

AMLO y el imperialismo: cuando dobla, repica Por Alberto Betancourt Posada | Revista Común, México
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El discurso del presidente de México Andrés Manuel López Obrador en materia de política exterior tiene grandes claroscuros. Es un oxímoron. Por un lado defiende la soberanía nacional mediante la iniciativa de reforma de la industria eléctrica, confronta al imperialismo al cuestionar a la OEA y rescata la soberanía energética de México. Pero, por otro lado, plantea convertir a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) “en el instrumento para cumplir con el ideal de la integración a Estados Unidos” según afirmó en su discurso pronunciado en el alcázar del Castillo de Chapultepec.

Algunas de sus expresiones contienen elementos antiimperialistas: cuestiona el intervencionismo estadounidense, arropa a Cuba, se opone al golpismo contra Venezuela y promueve la unidad latinoamericana. Sin embargo, y de manera contradictoria, AMLO también ha expresado posturas que ponen en grave riesgo la soberanía y nuestro destino colectivo como nación.

Por ejemplo: la integración de la economía mexicana a la estadounidense, el ofrecimiento del apoyo de México a EEUU en su conflicto con la República Popular China, la aceptación de formular una política de seguridad común (EEUU, Canadá y México) y la idea de integrar la economía de América Latina a EEUU y Canadá, inspirados en la Alianza para el Progreso. Estas últimas afirmaciones no han sido dislates o lapsus; constituyen ideas reiteradas en sus discursos pronunciados durante 2021 en la cumbre de cancilleres de CELAC, la VI cumbre de jefes de Estado de la CELAC, en sus pronunciamientos sobre el “Diálogo bilateral de alto nivel sobre economía” y el “Diálogo bilateral de alto nivel sobre seguridad”, así como en la reciente Cumbre de América del Norte.

Analizaré cada uno de estos discursos para probar lo anterior y señalar el peligroso rumbo que la relación México-Estados Unidos tomó a lo largo de este año. Desde el punto de vista de una sociedad que ha decido seguir el camino del cambio y el desmantelamiento del neoliberalismo, considero muy importante cuestionar “el ideal de la integración con Estados Unidos” y despuntar un proyecto de país independiente, soberano, amigo de todos los pueblos, con clara conciencia de formar parte del Sur global y promotor de la unidad latinoamericana.

Antiimperialismo e integracionismo

El 24 de julio de 2021, en el alcázar del Castillo de Chapultepec, durante el homenaje al libertador Simón Bolívar, el presidente Andrés Manuel López Obrador clausuró la 21º Reunión de cancilleres de la CELAC con un discurso histórico que tuvo muchas reverberaciones en los medios de comunicación del mundo y cuya mera enunciación, por su significado geopolítico, reactivó a América Latina como sujeto que busca renegociar su inserción en el mundo.

El presidente, originario de Tepetitán, Macuspana, afirmó: “el colonialismo español fue sustituido por la hegemonía estadounidense, la doctrina Monroe desbarató el sueño de Bolívar e implantó la política de América para los americanos” lo cual, implicó “constantes ocupaciones, desembarcos, anexiones y a nosotros nos costó la pérdida de la mitad de nuestro territorio, con el gran zarpazo de 1848”.

En su intervención fustigó el intervencionismo estadounidense, equiparó a Cuba con Numancia y dijo que ya había propuesto al presidente Biden la sustitución de la OEA por “un organismo que no sea lacayo de nadie”.

Sin embargo, el discurso presidencial también expresó ideas preocupantes, por ejemplo, dio por hecho la necesidad de profundizar la integración económica de México con Estados Unidos e intensificar la formación de cadenas productivas binacionales. El presidente de México dijo: la integración ha avanzado tanto que “puede decirse que la industria militar de Estados Unidos depende de las fábricas de autopartes en que se producen en México. Esto no lo digo con orgullo sino como ejemplo de la interdependencia”.

Posteriormente ofreció el apoyo de México y América Latina a EEUU en su conflicto con la República Popular China: “como se lo comenté al presidente Biden, nosotros preferimos una integración económica con dimensión soberana con Estados Unidos y Canadá, a fin de recuperar lo perdido con respecto a la producción y el comercio con China”.

La declaración presidencial no toma en cuenta que el TLCAN y el TMEC han convertido nuestro territorio en una inmensa maquiladora (incluso de componentes militares), vinculada a la zona económica del cinturón del rifle en el sur de EEUU, han aumentado nuestra dependencia y han creado un grumo “bilateral” en la toma de decisiones que jibariza la soberanía mexicana.

Además, la integración es el corazón de la ideología salinista (por el expresidente Carlos Salinas de Gortari, precursor del neoliberalismo en México), que formuló (retomando el desiderátum de los estrategas estadounidenses) la existencia de América del Norte como una región con intereses comunes, provocando un resquebrajamiento psico geográfico de nuestra tradicional identidad, inculcada en las escuelas públicas: geográficamente formamos parte de América del Norte, pero histórica y culturalmente perteneciente a América Latina.

México aliado de EEUU ante China

El apoyo del gobierno mexicano a EEUU en su confrontación con China se formalizó el día 9 de septiembre de 2021, durante el Diálogo Bilateral de Alto Nivel sobre Economía. En la reunión, el gobierno estadounidense reiteró –como lo había hecho durante la pandemia a través de su embajador– su exigencia al gobierno mexicano de garantizar el flujo ininterrumpido de insumos para la seguridad de los EEUU.

El secretario de relaciones exteriores, Marcelo Ebrard, y la secretaria de economía, Tatiana Clouthier, condescendieron en crear un Grupo de Trabajo Binacional para Cadenas Bilaterales de Producción y se comprometieron a garantizar el flujo de México a EEUU de semiconductores, piezas aeronáuticas y otros insumos para la seguridad nacional estadounidense.

Este Grupo bilateral tiene por cometido garantizar la vigencia de las órdenes ejecutivas del presidente de EEUU 14017 y 14001. La primera, emitida el 9 de julio de 2021, dice que su objetivo es promover los intereses de los empresarios, trabajadores y consumidores estadounidenses. Así, México pasó a formar parte de la retaguardia económica para la defensa de EEUU en el marco de su lucha por el poder global.

La VI cumbre de CELAC

El sábado 18 de septiembre de 2021, se efectuó, en Palacio Nacional de la Ciudad de México la VI cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC). Un acontecimiento que trastocó la geopolítica mundial, que pareció desafiar a la Doctrina Monroe y resucitó el espíritu de Patria Grande latinoamericana.

Sin embargo, tuvo su lado inquietante cuando el presidente anfitrión manifestó su intención de convertir al mecanismo regional en un instrumento para acelerar la integración de América Latina a Estados Unidos y Canadá. El gobierno de México conmovió a la opinión pública al cuestionar el intervencionismo militar, económico o mediático estadounidense, abrazar y reintegrar a Cuba, promover el diálogo entre el gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y su oposición, reivindicar la pertenencia de las islas Malvinas en Argentina y poner a consideración la idea de reemplazar a la OEA por otra instancia menos desequilibrada en sus relaciones de poder.

Sin embargo, el mandatario mexicano propuso como modelo a seguir el panamericanismo invocado en la Alianza para el progreso, lo cual contraviene la causa de la independencia latinoamericana, asentada en la Declaración de Caracas, y que por cierto desapareció en la Declaración de la Ciudad de México.

Relaciones México-EEUU se apelmazan

El 8 de octubre pasado, Marcelo Ebrard anunció el fin de la iniciativa Mérida y el inicio de la Alianza Bicentenario que tendrá mayor jerarquía. La transición implica cambios positivos como buscar la paz y no la guerra, tratar de frenar el tráfico de armas a México, y disminuir la demanda de opioides generada por la epidemia de adictos en EEUU, que gastan 150 mil millones de dólares anuales en drogas, según la Rand Corporation. Sin embargo, implica la injerencia estadounidense en asuntos como salud pública, economía, administración, justicia o manejo de puertos y aeropuertos, bajo un enfoque “común” de seguridad nacional.

La Alianza Bicentenario implicó la visita de Anthony Blinken, quien presidió el Consejo Nacional de Seguridad de EEUU de 1994 a 2001, y ahora dirige el Departamento de Estado en lo que llamó Misión México, la cual amplió la agenda bilateral de seguridad e incluyó ámbitos como la salud pública, el estado de derecho, y la economía inclusiva.

La subsunción (subordinación) de la salud pública en el ámbito de la seguridad es real. Por ejemplo, el pasado jueves 30 septiembre, un grupo de marinos tomó las oficinas la Comisión Federal de Riesgos Sanitarios COFEPRIS ubicadas en la calle de Oklahoma, en la colonia Nápoles, y destituyó a varios funcionarios, por petición directa del fiscal Garland.

Según Salvador García Soto, en su columna “Serpientes y Escaleras” del 20 de octubre, el insólito acontecimiento ocurrió tras convocar a Washington DC al fiscal general de México, Alejandro Gertz Manero. En el diálogo de alto nivel, el embajador estadounidense aludió a la necesidad de desbaratar las organizaciones criminales, reforzar las fronteras, los puertos y los aeropuertos. En el marco de la nueva Alianza, en su discurso en la embajada de EEUU en México, dijo: necesitaríamos un nuevo panel del mural de Diego Rivera para mostrar el giro que le hemos dado a nuestra relación.

La Alianza Bicentenario creará un equipo multidisciplinario sobre homicidios y delitos de alto impacto, un grupo de trabajo binacional sobre ciberseguridad para proteger infraestructura crítica, evitar delitos cibernéticos y promover la seguridad digital internacional, aumentando la colaboración con el sector privado. El nuevo acuerdo montará más acciones bilaterales o paralelas como la orquestada por la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro y la DEA, el pasado 2 de junio de 2020, cuando la Unidad de Inteligencia Financiera ejecutó a solicitud del gobierno de EEUU, el operativo Agave Azul, mediante el cual bloqueó cuentas de 1700 personas físicas, 167 empresas y 2 fideicomisos.

El 6 de octubre, tal vez como bienvenida a los funcionarios estadounidenses de seguridad que llegarían a México un día después, se bloquearon las cuentas de otros cuatro miembros del Cartel Jalisco Nueva Generación. La Alianza atacará a empresas sospechosas de importar y desviar precursores químicos, para la producción de fentanilo y metanfetaminas, para lo cual se creará un grupo binacional de trabajo sobre regulación de precursores químicos, para estandarizar protocolos y regulación de sustancias; se establecerá en coordinación la Oficina de lucha contra la Droga y el Delito de la ONU, un programa de supervisión de contenedores para evitar el embarque de precursores químicos.

Debemos recordar que, en su discurso de balance de su última visita a México, Kamala Harris dijo que había pedido al presidente Andrés Manuel López Obrador evitar la entrada de fentanilo por el puerto de Manzanillo, lo cual probablemente explique su decisión de entregar a la Marina Armada de México la custodia de puertos y aduanas.

La Alianza estratégica con USAID incluirá su intervención para reducir el margen operativo del crimen organizado en municipios y barrios de México, así como, movilizar a la sociedad civil y el sector privado en iniciativas relacionadas con la seguridad y la justicia. Es inevitable recordar el financiamiento durante la Iniciativa Mérida a México Unido Contra la Delincuencia de María Elena Morera, una ONG que según Reporte Índigo recibió 2 millones de dólares para incidir en la procuración de justicia desde una perspectiva pro-estadounidense.

La cumbre de América del Norte

El pasado 18 de noviembre en el Ala Este de la Casa Blanca, el presidente Andrés Manuel López Obrador hizo una serie de afirmaciones sobre las que vale la pena meditar: aliarnos a EEUU en su conflicto con China, adoptar una doctrina común de seguridad, integrarnos económicamente con Canadá y EEUU y sumar a ese proceso de integración a la economía de América Latina.

Para empezar, valdría la pena tomar en cuenta el espacio en el que fueron pronunciadas sus palabras. East Wing es un espacio reconstruido sobre el bunker militar llamado Centro Presidencial de Operaciones de Emergencias, un centro de comando en caso de guerra nuclear. Afirmaciones como la alianza con EEUU se realizaron en un sitio que les da una enorme resonancia en la comunidad internacional y deben haberse escuchado con mucha atención por ejemplo en la cancillería de la República Popular China.

Pero lo peor es que los designios del presidente de México cambiarían nuestro destino al aumentar nuestra dependencia, fomentar la vulnerabilidad de nuestro país y, a nivel regional, desmantelar los avances alcanzados previamente por la CELAC en el sentido de fomentar la integración, independencia y soberanía de América Latina. Además, resucitaría en buena medida el viejo proyecto hegemónico norteamericano del Área de Libre Comercio de las Américas contra el que surgió precisamente CELAC.

No sería mejor pensar ¿en qué país queremos vivir?, ¿cuáles han sido las condiciones que han creado nuestra dependencia? y ¿cómo podríamos desmantelarlas? Desde mi punto de vista sería mucho mejor mantenernos como un país independiente, neutral, promotor de la paz y amigo de todos los pueblos y países del mundo. Eso sería más coherente con los principios de nuestra Constitución y con lo planteado en el Plan de Fraternidad Universal anunciado por el presidente en el Consejo de Seguridad de la ONU este año.

El presidente afirmó que la integración económica de América del Norte es el mejor instrumento para hacer frente a la expansión productiva y comercial con China. Durante su discurso habló de los tres países como un nosotros. Finalmente, remató, debemos (como América del Norte) fortalecernos comercialmente en todo el continente.

En el mismo encuentro, el presidente Joe Biden estableció su agenda: llamó a reforzar la resiliencia de la cadena de suministros estadounidenses (incluidos los que tienen que ver con la defensa de su país), mejorar la ciberseguridad y crear un clima de negocios (eufemismo para referirse a garantizar los intereses estadounidenses).

Sus peticiones fueron aceptadas y recogidas por los gobiernos de México y Canadá como consta en la declaración conjunta signada por los tres países. El texto afirma la voluntad de que América del Norte sea la región más próspera y dinámica del mundo, al construir infraestructura para el libre comercio y para garantizar las cadenas de suministros, reforzar la seguridad colectiva, homogeneizar las normas ambientales y reforzar las cadenas de suministros médicos.

¿Intensificar o desmantelar la dependencia?

El 31 de mayo de 2019, cuando el entonces presidente de EEUU Donald Trump amenazó con imponernos aranceles sino modificábamos nuestra política migratoria, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que estábamos ante una amenaza frente a la que no teníamos opción. El Canciller Marcelo Ebrard dijo que si se cumplía la amenaza sería una catástrofe para México.

Uno hubiera esperado una respuesta diferente, ante una amenaza abierta y pública, acompañada de instrucciones precisas y formulada a los ojos del mundo, la cual incluía la indicación a su homólogo mexicano incluso sobre el manejo de la frontera sur de México. Cuando hablo de una respuesta diferente pienso desde luego en una conducta racional, diplomática, inteligente que planteara una postura firme, pero evitando una profundización de la confrontación.

Pero el gobierno de México, al menos desde un punto de vista retórico, construyó una posición, en la cual acató las peticiones formuladas por Donald Trump, con el argumento de que no había otra opción, porque cualquier otra respuesta desataría una hecatombe económica y social. Desde mi punto de vista la postura “acato porque no tengo otra opción” no es verdadera puesto que sí había opciones; pero en todo caso, una vez formulada esa declaración, lo más coherente hubiera sido comenzar inmediatamente un sesudo diagnóstico sobre las causas profundas e inmediatas que propiciaron la vulnerabilidad mexicana.

No se hubiera requerido de gran sagacidad para advertir que el TLCAN deformó la planta productiva mexicana e intensificó dramáticamente nuestra dependencia frente a EEUU El tratado constituye el más ominoso legado del proyecto salinista y uno de los cambios estructurales más fuertes y difíciles de desmontar de la era neoliberal. Consecuentemente, y dado el mandato que tiene el actual gobierno mexicano de defender la soberanía de México, lo procedente sería establecer un plan para desmantelar, en el tiempo que fuera necesario, las condiciones que propiciaron esa fragilidad en las relaciones bilaterales.

Desafortunadamente las reiteradas declaraciones del presidente Andrés Manuel López Obrador no apuntan en esa dirección y, por el contrario, dan por hecho e incluso plantean como algo loable la integración de la economía de México y América Latina a EEUU.

A lo largo de 2021, el presidente Andrés Manuel López Obrador desplegó una intensa actividad diplomática que agregó una dimensión internacional a su gestión, revitalizó el liderazgo de México en la región y tomó decisiones trascendentales en la relación bilateral con Estados Unidos. Muchas de sus declaraciones apuntan a una actitud de defensa de la dignidad de México y América Latina ante el intervencionismo estadounidense. Sin embargo, lamentablemente, mostró de manera reiterada que sus discursos contienen una idea del desarrollo que en la práctica refuerzan la integración subordinada de México a Estados Unidos y la refuncionalización del territorio mexicano para la reproducción de los capitales estadounidenses y sus necesidades hegemónicas. Los cinco eventos analizados que transcurrieron en este año que concluye así lo constatan.

¿En qué país/región queremos vivir?

Los estudios chicanos han hecho muchas contribuciones para entender el lado oscuro de la integración, como muestra el libro «Espacios globales para la expansión del capital trasnacional en el continente americano» (Clacso, 2021), coordinado por Aurora Furlong y Juan Manuel Sandoval. Durante la década de los setenta y ochenta del siglo pasado, la expansión de la capital trasnacional, propia de la etapa neoliberal del capitalismo, propició un profundo reordenamiento territorial global, regional, nacional y local.

El gobierno de EEUU retomó de sus estrategas el concepto de América del Norte para garantizar la reproducción de sus capitales y reordenar el espacio de Canadá y México en función de sus necesidades productivas y financieras. Tras la firma del TLCAN se propuso ampliar su espacio de reproducción de capital mediante varios proyectos regionales –PPP (2001), Proyecto de Integración Mesoamericana (2008), Proyecto de Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (2000)– y posteriormente ensambló todos en un proyecto continental: el ALCA.

El espíritu que alienta esos proyectos es la movilidad del capital, su capacidad de organizar globalmente la producción, fragmentar y descentralizar los procesos productivos y generar nuevos circuitos de acumulación. Esa dinámica genera espacios globales de reproducción del capital, que garantizan la hegemonía del país-patrón que reorganiza la planta productiva del país-anfitrión. El ALCA fracasó, gracias a la formación de la CELAC, lo cual obligó a los estrategas norteamericanos a regresar a proyectos regionales más acotados.

Recientemente, mi colega historiadora Daniela Morales me propuso releer a Ruy Mauro Marini, intelectual marxista brasileño dos veces asilado en México, quien planteó en su libro «Dialéctica de la dependencia» que América Latina no es precapitalista, ni padece un capitalismo deforme, es el resultado de un capitalismo global que ha propiciado su dependencia; su inserción en la economía mundial le impuso la producción de metales preciosos y géneros exóticos que expandieron los medios de pago y el flujo de mercancías, además de financiar la manufactura europea. La división internacional del trabajo le impuso a América Latina la dependencia, entendida como una relación de subordinación entre naciones formalmente independientes pero económica subyugadas, cuya estructura productiva se recrea para asegurar la reproducción ampliada del capital y la intensificación de las relaciones de dependencia.

Durante una conversación reciente, el economista David Barkin me sugirió una pregunta clave para decidir cómo queremos insertarnos en la economía global: ¿en qué país queremos vivir?, de la cual se desprenden otras interrogantes: ¿queremos ser un país maquilador? o ¿queremos ser un país soberano y autosuficiente?; ¿queremos producir armamentos para la próxima guerra?; ¿estamos dispuestos a que nuestras fábricas y que nuestro territorio se convierta en blanco militar? o ¿queremos promover la paz, ser amigos de todos los países (incluyendo al hermano pueblo chino) y buscar realmente la fraternidad universal?

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