Bolivia, Ecuador y Perú tras las elecciones Misión Verdad, Venezuela

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Se acaban de llevar a cabo elecciones de distinto tipo en tres países sudamericanos, todos conforma parte del cinturón andino al lado del Pacífico: Bolivia, Ecuador y Perú.

Cada uno bajo diversas circunstancias, pero todos trazados por una crisis institucional (atravesada por debacles económicas y sociales, políticas estatales neoliberales y la pandemia del covid-19) o atravesando sus reflujos en momentos de alto impacto para sus sociedades.

Los resultados de las elecciones bolivianas, ecuatorianas y peruanas tendrán repercusiones en el corto, mediano y largo plazo en lo local y lo regional, teniendo en cuenta que las realidades de dichas naciones se enmarcan en momentos de alta tensión política y social producto de las mencionadas crisis.

Veamos brevemente qué está sucediendo en esa cordillera geográfica de la región, vital para comprender la dinámica de los movimientos geopolíticos por venir, claves en un continente que está siendo reclamado por Estados Unidos como su “patio trasero” personalísimo.

Reconstrucción del MAS en Bolivia

Luego de la victoria de Luis Arce en octubre de 2020 y con su investidura como presidente de Bolivia un mes después, el partido Movimiento Al Socialismo (MAS) ha venido trabajando en un proceso de recomposición a lo interno y en su despliegue en los ámbitos local, regional y nacional.

Con Evo Morales, líder histórico del partido, fuera de la presidencia desde que se concretara el golpe de Estado en su contra a finales de 2019, ha tocado al MAS reconstruir algunos liderazgos que venían perdiendo fuerza y conexión con las bases bolivianas, además de pasar por la aplanadora persecutoria de la administración de facto de Jeanine Áñez, que logró desanudar la capacidad unitaria del partido a través de la persecución y lawfare contra miembros masistas.

De esta manera, en el marco de esta reconstrucción partidista, el MAS perdió efectividad de su maquinaria en algunas regiones clave y además se ha reproducido, como reflujo del golpe en 2019, un brote de liderazgos anti-MAS que han ido captando atención de ciertos sectores sociales que exigen mayor conexión con una dirigencia que luce desgastada luego de tantos años en el trajinar del proyecto de Evo Morales.

Ello se puede verse claramente en los resultados de las elecciones regionales de segunda vuelta que se dieron este domingo 11 de abril, correspondientes a los departamentos de Tarija, Chuquisaca, Pando y La Paz.

Mientras que Chuquisaca siempre fue un fuerte opositor (donde ganó Chuquisaca Somos Todos con casi 60% de los votos), Pando, históricamente a favor del MAS, cayó a manos del Movimiento Tercer Sistema con el 55%.

Pero la mayor decepción para el MAS se lo lleva con La Paz, siendo la agrupación política Jallalla el ganador con más del 56%.

De todos estos resultados existen explicaciones: una sedición importante en las filas del MAS se produjo en las candidaturas para La Paz y El Alto, con Eva Copa liderando la coalición Jallalla como una clara división del partido liderado por Morales.

Desde que Eva Copa asumiera la presidencia del Senado tras el golpe de 2019, sucediendo a Áñez, los componentes que conforman Jallalla comenzaron a aprobar decretos del gobierno de facto y con ello una colaboración política que dio frutos electorales, siendo expresivo el resultado del domingo para La Paz y Pando.

Copa, luego de ser expulsada del MAS, arrastró a otros líderes del partido de La Paz y El Alto hacia un escenario raro e inédito para el liderazgo masista, pues se empezaron a formar distintos partidos regionales con el objeto de capitalizar las crisis locales de liderazgo del MAS y las consecuencias políticas de la dictadura añista.

Además, los partidos menores en diversas regiones se fueron conformando con alianzas que ha venido haciendo Comunidad Ciudadana, partido del excandidato presidencial Carlos Mesa, y que capitalizaron justamente en Pando.

A pesar de que el inevitable proceso de recambio en el MAS se estuvo dando justamente en unas elecciones, y de ahí los resultados, los desafíos colman el escenario político actual de Bolivia.

De allí se debería derivar una nueva dinámica de gestión de la vida pública del país, una transición que empezó con Luis Arce en la presidencia y que seguirá con Evo Morales en otro papel, aún no consolidado, que consiste en fortalecer los liderazgos regionales. Los desafíos del liderazgo boliviano son existenciales, teniendo en cuenta que viene de un golpe y va hacia un gobierno central confrontado con poderes regionales antimasistas con prontuarios desestabilizadores.

El juego político apenas comienza en Bolivia.

Continuidad neoliberal en Ecuador

El banquero Guillermo Lasso terminó triunfando en las elecciones de 2021 en Ecuador, y será el nuevo presidente hasta el año 2025. Ganó en 17 de las 24 provincias de Ecuador y con el 52,48% de la votación.

Cabe destacar que el voto nulo tuvo su grito de presencia electoral con más de 1 millón 660 mil y asimismo el voto blanco con 163 mil 913, sobre un total de 10 millones 211 mil 652 votantes. Es decir, que más del 10% de la población ecuatoriana que votó no reconocía en ningún candidato una opción legítima para darle vuelco a la realidad ecuatoriana.

Lasso logró candidatearse a pesar de haber infringido una ley que impedía a inversores en paraísos fiscales asumir cargos públicos, sancionada en 2018. Andrés Arauz iba en la delantera en las encuestas. Sin embargo, el giro de 180 grados en los comicios del domingo 11 de abril puso a un banquero que disputaba la presidencia por tercera vez en vías a profundizar el viraje a la derecha neoliberal y el desmantelamiento estatal que comenzó con la presidencia de Lenín Moreno desde 2017.

Aunque Arauz enfatizó que se trata de un “traspié electoral, pero no de una derrota política ni moral”, lo cierto es que muy probablemente se agudice la persecución política emprendida por el actual mandatario contra la oposición correísta y las medidas neoliberales, como una al parecer pronta privatización del Banco Central que podría llegarse a hacerse efectiva incluso con la actual administración, lo que denota una continuidad en las políticas económicas esenciales.

¿En qué consistió ese viraje electoral, que resultó en la victoria de Lasso? Las limitaciones de la campaña de Arauz, en medio de una persecusión política y electoral de parte de las instituciones ecuatorianas (con mecanismos de lawfare y degradación estatal), claramente absorbidas por la lógica de la administración Moreno, jugaron un factor importante, al igual que las campañas mediáticas anti-Correa que incluyó propaganda sucia.

Pero además, y sobre todo, pasó factura la polarización propalada por la derecha ecuatoriana en la que hubo aglutinamiento de votos contra el correísmo y, al mismo tiempo, la migración de votantes de Yaku Pérez y Xavier Hervas -tercero y cuarto en la primera vuelta- a favor de Lasso jugaron un rol importante el domingo pasado, permitiendo que Lasso revirtiera una distancia de más de 12 puntos que lo habían separado de Arauz en la primera vuelta con ayuda incluso de grupos indígenas.

En Ecuador, también, muy probablemente continuará la catástrofe sanitaria producto de la pésima gestión de la pandemia por parte del gobierno de Moreno, que ha decidido poner de primero los intereses neoliberales por sobre los de la población, lo que no ha impedido que suban las tasas de desigualdad sino todo lo contrario.

Lasso ha anunciado de manera pública que quiere bajar los impuestos a las empresas, atraer mayor inversión extranjera, dar aún más rienda suelta a los banqueros, consolidar la política de apertura comercial entrando en la Alianza del Pacífico y es muy probable que intente integrar a dirigentes vinculados a Pachakutik (de Yaku Pérez) y a la CONAIE de una u otra manera a su gobierno con el objetivo de dividir aún más esas organizaciones con fuerte influencia en la política sindical y étnica-gremial en Ecuador.

Se profundiza en Ecuador un modelo que no ha terminado de dar buenos frutos a su población.

Perú en la encrucijada

Siendo uno de los países históricamente más conservadores del continente, parece sorprender a los ojos extranjeros que Perú esté cada vez más cerca de ser presidido por Pedro Castillo, sindicalista perteneciente al gremio magisterial y candidato del partido Perú Libre, quien muy probablemente se enfrentará en segunda vuelta a Keiko Fujimori de Fuerza Popular.

Aún no se conocen los resultados definitivos del domingo 11 de abril, pero según datos de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) de ese país, con actas contabilizadas al 95,853%, Castillo cuenta con el 19,09% de los votos, seguido de Fujimori con 13,35%; le siguen otros dos candidatos con poco más de 11% y otro con 9,10%.

De esta manera, con poca votación para muchos partidos, se expresa la crisis política peruana, un país que ha contado con cuatro presidentes desde 2016 y en el que todos sus primeros mandatarios, desde Alberto Fujimori hasta Manuel Merino, han sido procesados o investigados por corrupción, con excepción de Valentín Paniagua (2000-2001).

La historia reciente de Perú cuenta con varios terremotos políticos, incluidos los de la era Fujimori y el conflicto armado que se prolongó por unas dos décadas a finales del siglo XX. Pero desde que Pedro Pablo Kuczynski renunció en 2018, luego de poco menos de dos años de mandato, el tobogán de la deslegitimación de la clase política peruana estuvo sostenida por su propia gravedad.

Ni Martín Vizcarra (2018-2020) ni Merino (del 10 al 15 de noviembre de 2020) ni Francisco Sagasti (del 17 de noviembre hasta la actualidad) han podido contener la crisis social que se ha venido acumulando a lo largo de estos años, a pesar del llamado “milagro económico peruano” que no alcanzó para encoger la brecha de desigualdad en los últimos años sino más bien todo lo contrario.

El politólogo Mauricio Zavaleta opina que la gestión neoliberal de la economía en Perú “implicaba no invertir mucho en gasto público, priorizar el control del déficit fiscal y que la inflación y la deuda pública no sean altas. Desde las regiones existe la percepción de que todo se juega en Lima y que las regiones están relegadas. Son los excluidos de las ganancias que da el sistema”, lo que el candidato Pedro Castillo ha sabido capitalizar electoralmente país adentro de manera silenciosa.

De hecho, el candidato de Perú Libre ha podido llegar a los electores de las zonas rurales debido a su recordado papel como líder de la huelga de 2017 en el sector de la educación. El mencionado académico Zavaleta agrega que son “los profesores (…) los más escuchados por las familias. Son los docentes de esas zonas los que le han hecho propaganda familia por familia”.

Castillo en su campaña prometió activar los mecanismos para convocar una Asamblea Constituyente con el fin de dar término a la Constitución de 1993, surgida a merced de Alberto Fujimori, y crear otra que pudiera arropar a todos los sectores del país. Asimismo, también dijo que aprobaría la conformación de un nuevo Tribunal Constitucional elegido en consulta popular, ya que los magistrados elegidos por el Congreso, dice, “están defendiendo a una Constitución que ha terminado con todos los derechos y con el saqueo del país”.

A su candidatura se enfrenta Keiko Fujimori, hija de Alberto, quien es la abanderada del legado de su padre de manera tanto simbólica como fáctica. Ella misma representará, en el balotaje, a toda la derecha peruana, en sus variadas expresiones, que seguramente “cerrará filas” con la candidata de Fuerza Popular por la defensa del modelo económico neoliberal.

Si sumamos los porcentajes electorales de la derecha en estas elecciones, los partidos Fuerza Popular, Avanza País, Renovación Popular, Partido Popular Cristiano y Perú Patria Segura, de acuerdo al ONPE, este espectro político lleva las de ganar con casi 40% en total, número significativo para Keiko Fujimori tomando en cuenta que habrá una avalancha política y mediática derechista y neoliberal que intentará perpetuar el actual sistema de desigualdad peruano.

La izquierda, por otro lado, lleva las de perder si sumamos los votos hasta ahora confirmados para Perú Libre, Juntos por el Perú (cuya candidata Verónika Mendoza no logró llenar las expectativas electorales de la izquierda más tradicional) y Frente Amplio, lo que totaliza poco más de 28%, lo que numéricamente no da para que Castillo avance hacia la presidencia peruana. A menos que la estrategia electoral dé un vuelco de 180 grados, como sucedió en Ecuador.

Perú se encuentra en una encrucijada en la que se pondrá en vilo el legado neoliberal fujimorista. Queda del pueblo peruano elegir si continuar con lo que le ha causado las mayores de las desgracias sociales o cambiar hacia otro paradigma, aun cuando las dificultades sean múltiples de cara a un nuevo ciclo parlamentario donde ningún partido tiene clara mayoría.

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