El trasfondo de los mercenarios colombianos en Haití Por Luis Alfonso Mena S. | https://luisalfonsomenas.blogspot.com/

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La patética escena de un grupo grande de exmilitares colombianos con el rictus de la derrota en suelo haitiano evidenciado en sus rostros refleja el desplome de la escuela militar de sello neonazi en la que han sido formados (deformados) por la cartilla gringa, la misma que han aplicado sin pudor contra el pueblo a lo largo de la historia.

Trama vergonzosa

Ese es el trasfondo de esta vergonzosa trama protagonizada por 26 “comandos” recién salidos de batallones nacionales, pensionados a temprana edad, como privilegiados del Estado, luego de aplicar en campos y ciudades las tácticas de guerra aprendidas en los cuarteles de las Fuerzas Armadas de Colombia contra campesinos, líderes populares y demás actores sociales a los que consideran sus enemigos.

Desde hace años, militares y policías, retirados y/o pensionados a los 40 años de edad y hasta menos, cuando los demás connacionales solo pueden acceder a ese derecho a los 62 años, son enrolados en ejércitos mercenarios contratados para aplicar todo lo aprendido en los laboratorios de contrainsurgencia en Colombia, laboratorios pagados con los dineros de los impuestos sacados de los bolsillos de los contribuyentes.

Otros fundan “empresas de seguridad” y por eso pululan las ofertas de estos “servicios”, en un lucrativo negocio que se retroalimenta con las escuelas de formación del estamento militar y aportan progresivamente a la privatización de la vigilancia y a la creciente paramilitarización de la vida social, como ha quedado demostrado con la violencia de civiles armados protegidos por la Policía contra los participantes en el Paro Nacional.

La captura de 18 colombianos y el abatimiento de otros dos, de un total de 26, luego del asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moïse, deja en evidencia el oscuro negocio de la exportación de ex militares –e incluso de militares activos, como se ha denunciado recientemente–, allende las fronteras de la nación.

Por eso, resulta sintomática la rapidez con la que altos mandos del Ejército y de la Policía, así como el ministro de Defensa y otros funcionarios del régimen de Iván Duque, salieron a reconocer la vinculación hasta hace poco de los mercenarios en Haití a las FF.AA. colombianas, en un afán por desmarcarse de ellos a sabiendas de las graves repercusiones internacionales de lo ocurrido.

Es más, el consejero para la Seguridad Nacional del gobierno colombiano también se apresuró a confesar que uno de los exmilitares capturados en Haití es familiar suyo.

Crímenes son su carta de presentación

La experiencia acumulada en la guerra contrainsurgente y la asimilación de las formas de represión más extremas enseñadas y practicadas en las escuelas y cuarteles de la Policía y de las Fuerzas Militares, se ha vuelto la carta de presentación para la contratación de estos “comandos” por parte de regímenes de otros países o de conspiradores de ultraderecha, identificados con la política interna de defensa a ultranza de las peores lacras del sistema capitalista desarrollada por sucesivos gobiernos colombianos.

De ese comportamiento hacen parte la larga estela de violaciones de derechos humanos ocurrida con los “falsos positivos”, estrategia de crímenes de Estado que costó la vida a 6.402 inocentes, o la política sistemática de coerción practicada contra las protestas sociales en diversas etapas de la vida nacional, como ha sucedió contra el Paro Nacional, que ha dejado más de 75 personas asesinadas por fuerzas policiales y parapoliciales.

Entre los contratantes se encuentran gobiernos como los de las ultraconservadoras monarquías árabes, lo mismo que empresas particulares de Estados Unidos, para ejecutar actos subrepticios en países invadidos, como Irak.

En el mundo, los mercenarios actúan al servicio del mejor postor, para participar en operaciones encubiertas que, por lo general, se enmarcan en la guerra sucia, en acciones en las que se pretende evitar la visibilización de las fuerzas oficiales regulares para evitar su desprestigio o deslegitimación. Y en ese actuar se convierten en asesinos por la paga.

En el caso de Haití, todo indica que los contratistas resultaron involucrados en una disputa interoligárquica que les falló y cuya madeja tiene mucho hilo por desenredar.

Con el espejo del injerencismo

Pero la historia de los mercenarios colombianos no es distante de la política exterior servil de los gobiernos colombianos, siempre tan abyectos a los intereses del imperialismo estadounidense.

El envío de tropas colombianas en los años cincuenta del siglo XX a Corea para ponerlas al servicio del ejército invasor gringo, agredir al pueblo coreano y contribuir en su división para satisfacer los intereses de la Casa Blanca en la Guerra Fría, es otro patético episodio de la política exterior de las elites criollas en el poder.

Eso, que podríamos calificar como el “mercenazgo” estatal, es un antecedente que nutre la historia de los aventureros colombianos de la guerra en el exterior, que creen que su escuela pro-gringa, enemiga de las causas populares y de los gobiernos independientes de las potencias capitalistas, se puede poner al servicio de las peores empresas en otros países

El caso de Haití trae a la memoria la agresión contra la República Bolivariana de Venezuela hecha a través de mercenarios colombianos, auxiliados por servicios secretos, que incursionaron en 2004 contra el gobierno del presidente Hugo Chávez, contingentes paramilitares que fueron descubiertos y derrotados.

Y, más recientemente, la llamada Operación Gedeón, intento de invasión derrotado también por el pueblo y el gobierno venezolanos en mayo de 2020, una acción armada injerencista y violatoria del derecho internacional en la que tuvo participación el gobierno de Iván Duque, pues fue en Colombia, a la luz de todo el mundo, donde se entrenaron los mercenarios gringos y de la oposición de la extrema derecha venezolana que incursionaron sobre las costas del hermano país y fueron descubiertos.

De esta forma, la conspiración en Haití con la participación de exmilitares colombianos tiene más episodios por ser evidenciados, pues todo indica que Gobierno y Fuerzas Armadas saben más de lo que se han apresurado a confesar para tratar de lavarse las manos y limpiarse los camuflados, que pueden resultar más salpicados hacia el futuro.

O, ¿qué hacía en Colombia el jefe de la CIA pocos días antes del magnicidio en Haití? Que responda el Eje Bogotá-Washington, porque el imperio estadounidense y sus organismos expertos en conspiraciones, violaciones de soberanías territoriales y uso de agentes privados encubiertos para sus guerras sucias no dan puntada sin dedal.

Y en esos entramados, los mercenarios o contratistas militares o asesinos a sueldo siempre aparecen desbocados por los miles de dólares que les ofrecen para que pongan al servicio de los proditorios intereses gringos su formación de represores locales y violentos asaltantes de pueblos y territorios.

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