La estrategia de seguridad nacional de Biden Por Thierry Meyssan | Red Voltaire, Francia

La estrategia de seguridad nacional de Biden Por Thierry Meyssan | Red Voltaire, Francia
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Cada administración estadounidense define la política de seguridad nacional de Estados Unidos ‎después de haber consultado a los responsables de sus fuerzas armadas y a sus propios ‎especialistas. Es un proceso obligatoriamente largo –puede demorar uno o 2 años. Pero ‎la administración Biden, ansiosa por poner fin a los “desvaríos” antimperialistas de Donald Trump, ‎hizo públicos de inmediato los nuevos principios de la seguridad nacional que pretende aplicar, ‎aun exponiéndose a tener que precisarlos posteriormente.‎

La idea central es revitalizar la democracia como sistema de gobierno, para poder movilizar a ‎sus aliados y mantener la organización actual de las relaciones internacionales. Esa estrategia ‎corresponde a lo que Joe Biden había anunciado en Foreign Affairs hace un año, durante su ‎campaña electoral.‎

Las orientaciones que Biden acaba de publicar ahora son extremadamente claras, pero ‎no responden a las interrogantes que tendrá que enfrentar. El presidente presenta ciertamente ‎una lista con varios temas de trabajo (pandemia, crisis climática, proliferación nuclear, cuarta ‎revolución industrial) pero no enuncia los nuevos problemas (caída de la producción ‎estadounidense, financiarización de la economía, descenso del nivel técnico de Estados Unidos, ‎agravación vertiginosa de la desigualdad en la repartición de la riqueza).

1- La democracia

‎La democracia es la participación de la mayor parte de la población en la adopción de las ‎decisiones políticas. El presidente Biden parece realista en cuanto a las ambiciones de sus ‎conciudadanos y habla más bien del informed consent o “consentimiento informado” de ‎los estadounidenses. Biden retoma así la terminología de Walter Lippman, el célebre periodista ‎demócrata formado bajo la propaganda del coronel Edward House ‎‎(1858-1938).‎ Este coronel fue la “eminencia gris” del presidente estadounidense Woodrow Wilson, además de ‎haber sido también uno de los principales artífices de la propaganda de guerra de la época ‎moderna.

Cuando Biden describe la democracia parece estar redactando una disertación clásica, dando gran ‎realce a la separación de los poderes y la moral de los ciudadanos. En el siglo XVIII, el ‎movimiento democrático insistía en que los dirigentes políticos tenían que ser ejemplos de virtud. ‎En Francia, se hablaba incluso de la “virtud republicana”. Un dirigente político debía ‎demostrar, en primer lugar, que tenía el coraje de rechazar la corrupción. Sin embargo, ‎al contrario de lo que Biden parece creer, el actual desapego de las poblaciones occidentales por ‎ese tipo de régimen político no es fruto de una desinformación imputable a los “enemigos de ‎América” –o sea a Rusia y China– sino a la transformación sociológica de las mismas sociedades occidentales.

El hecho es que las sociedades occidentales se constituyeron fundamentalmente alrededor de ‎las clases medias, que hoy están en vías de desaparición mientras que los hipermillonarios se van ‎por encima de los gobiernos. Estamos ante un acaparamiento extremo de las riquezas que ‎ya alcanza proporciones nunca vistas desde la época medieval. Por consiguiente, el problema no es tanto ‎restablecer el funcionamiento de las democracias como de saber si aún podrían seguir ‎funcionando y cómo lo harían.‎

Por ejemplo, los gigantes de internet no tienen ninguna legitimidad para arrogarse poderes de ‎censura. En el compromiso de 1791, Estados Unidos se fundó sobre la base de una total libertad ‎de expresión, estipulada en la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense. Pero, ‎al principio de este año 2021, Google, Facebook y Twitter censuraron al presidente de ‎Estados Unidos –Donald Trump– mientras este se hallaba en pleno ejercicio de sus funciones, con ‎lo cual violaron no la letra sino el espíritu mismo de la Constitución estadounidense. En ese ‎contexto, ¿se puede hablar todavía de democracia?

2- El imperialismo puritano

‎El presidente Biden se ha nutrido de la cultura imperialista puritana. No sólo cree firmemente que ‎la democracia es el mejor régimen político para su país, sino que además cree que también lo es ‎para los demás países. Consciente del valor del ejemplo, Biden pretende imponer ese sistema a ‎todas las naciones redinamizándolo en Estados Unidos. Como parte de ese razonamiento, Biden ‎se fija como misión luchar contra el racismo sistémico en todo el mundo para que triunfen “la ‎democracia, la igualdad y la diversidad”.

A Joe Biden no le importa que algunos pueblos no estén interesados en participar en las ‎decisiones políticas ni que crean que la humanidad se compone de una sola raza, y eso ‎no le importa porque él, el presidente Biden, es quien sabe lo que es bueno para esos pueblos… ‎lo sabe mejor que ellos.‎

En ese aspecto, la administración Biden piensa como los neoconservadores. Al igual que ellos, ‎la administración Biden está dispuesta a imponer la democracia al resto del mundo, creyendo así ‎que lo libera. A menudo hemos subrayado que los neoconservadores no son demócratas ‎ni republicanos… siempre están del lado del poder.

3- La “guerra sin fin”

‎La principal interrogante que se plantea sobre la administración Biden es saber si va reactivar y ‎continuar la “guerra sin fin” de los presidentes Bush hijo y Obama. Nuevamente tenemos que ‎recordar aquí que esa estrategia, enunciada por ‎el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y por ‎su consejero el almirante Arthur Cebrowski plantea la destrucción de las estructuras mismas de ‎los Estados en una parte sustancial del mundo para que los capitalistas puedan explotar ‎los países sin encontrar resistencia política‎. Esa es la estrategia aplicada en el “Medio Oriente ampliado” o “Gran ‎Medio Oriente”, donde los Estados ya han sido destruidos o al menos considerablemente ‎debilitados por las guerras estadounidenses en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen y Líbano.

Fue George Bush hijo quien declaró oficialmente la “guerra sin fin”, no contra individuos ‎o Estados sino contra “el terror”, que sin embargo ha existido en casi todas las épocas y sigue ‎existiendo en casi todas las regiones del mundo.

La respuesta del presidente Biden a esa interrogante es ambigua. Biden parece haber entendido ‎que los estadounidenses no quieren seguir viendo morir sus soldados en conflictos que ellos ‎no entienden. Hoy dice estar dispuesto a retirar las tropas estadounidenses de Afganistán, el ‎único país donde Estados Unidos aún mantiene un despliegue militar realmente masivo.

Pero la expresión “guerra sin fin”, a pesar de haber sido enunciada por el presidente George ‎Bush hijo y su secretario de Defensa Donald Rumsfeld inmediatamente después de los atentados ‎del 11 de septiembre de 2001, sólo se convirtió en realidad con la invasión de Irak, algo ‎de lo cual el presidente Biden no parece tener conciencia hoy en día.

Ya sabemos, y ha quedado comprobado en numerosas ocasiones, que Biden está afectado por ‎una senilidad precoz. Pero fue él, siendo senador, quien propuso dividir Irak en tres partes ‎separadas entre sí, conforme a la estrategia Rusmfeld/Cebrowski.

Dicho de otra manera, ‎el presidente Biden no está consciente de la evolución reciente del mundo. Tampoco está dispuesto a ‎abandonar la estrategia de la “guerra sin fin” sino sólo a adaptarla en ciertos teatros de ‎operaciones para que no cueste vidas estadounidenses. Y cree poder reactivarla o continuarla, ‎sin tropas estadounidenses en el terreno, pero aportando siempre armas, financiamiento y los ‎‎”consejos” del Pentágono.

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