Las balas y las navajas de la ultraderecha española Por Pascual Serrano | Sputnik, Rusia

Las balas y las navajas de la ultraderecha española Por Pascual Serrano | Sputnik, Rusia
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La agresividad de la ultraderecha y las amenazas a ministros y altos cargos del Gobierno español han generado una tensión política inesperada en las elecciones a la Comunidad de Madrid. Recordamos que a lo largo de la historia, la derecha ha recurrido a todo tipo de recursos para impedir que la izquierda llegue al poder.

A finales de 1989, Chile se enfrentaba a unas elecciones presidenciales que dejaban atrás la dictadura de Augusto Pinochet y abrían la puerta a la llegada de la democracia al país. Días antes de la convocatoria electoral Pinochet dijo lo siguiente: “Estoy dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, con tal de que no gane ninguna opción de izquierdas”. Las elecciones no las ganó la izquierda, las ganó el demócrata-cristiano Patricio Aylwin y Pinochet “abandonó” el poder.

Esta anécdota, contada por Carlos Fernández Liria en su libro “Educación para la ciudadanía”, expresa de forma muy elocuente el concepto de democracia que tiene la derecha y viene a cuento a la situación que está viviendo España en estos días.

El próximo 4 de mayo hay elecciones legislativas en la Comunidad de Madrid, pero por la resonancia que está teniendo la campaña parece que son elecciones para toda España. Las razones son varias. Por un lado, en esa comunidad gobierna la derecha del Partido Popular y su candidata, Isabel Díaz Ayuso, se ha convertido en un baluarte de confrontación contra el Gobierno central de la coalición progresista PSOE-Unidas Podemos, y por otro, el hasta ahora vicepresidente del Gobierno estatal, Pablo Iglesias, dimitió de su cargo para encabezar la candidatura de Unidas Podemos en estas elecciones, lo que aumentó la expectación hacia los comicios y dio una idea de la importancia que para izquierda tiene arrebatar esa plaza a la derecha.

La tirantez entre partidos ha ido en aumento, y en el ecuador de la campaña electoral la situación política española ha alcanzado una tensión inédita desde la transición tras las amenazas recibidas por diferentes políticos de la coalición gobernante. El mismo día el candidato Pablo Iglesias, el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, la directora de la Guardia Civil, María Gámez, recibieron un sobre por correo que contenía balas de fusil con un escrito amenazante. Posteriormente, es la ministra Reyes Maroto, la que ha recibido otra carta con una navaja manchada de rojo, supuestamente sangre.

Vuelco a la campaña

Estos hechos han dado un vuelco a la campaña. Todas las miradas se han dirigido hacia la ultraderecha española, cuya candidatura en esas elecciones la representa Vox, y el momento que ha encendido la mecha en la campaña ha sido un debate electoral en una cadena de radio en el que Pablo Iglesias ha abandonado el estudio ante las afirmaciones de la candidata de Vox, Rocío Monasterio, quien no solo no condenó la amenazas, sino que afirmó no creérselas y le increpaba diciendo “Que se levante y que se vaya si es tan valiente, que es lo que están deseando un montón de españoles: que se vaya de España de una vez”. A los pocos minutos abandonaron también el debate el candidato del PSOE, Ángel Gabilondo, y la candidata de Más Madrid, Mónica López, los otros dos partidos de izquierda que se presentan a las elecciones. Así mismo, todos ellos han anunciado que no acudirían a otros debate con la ultraderecha si no se retractaban. Como fichas de dominó se han ido cancelando los diferentes debates electorales previstos en medios de comunicación.

Pero volvamos al papel de la derecha española y las palabras de Pinochet. No olvidemos que la actual democracia española procede de una dictadura, que las estructuras del orden público y económicas apenas se modificaron respecto de aquellas que estuvieron en el poder los cuarenta años del franquismo, y que el actual Partido Popular fue fundado por políticos procedentes del gobierno tardofranquista. A ellos se une ahora el nuevo partido ultraderechista Vox, que no ha tenido ningún prurito en reivindicar el franquismo y todos los estereotipos racistas, fascistas y violentos que lo caracterizaron. Ambos partidos, Popular y Vox, no han tenido mayores dificultades en coaligarse para gobernar en algunas autonomías y, por supuesto, para movilizarse en la calle contra el Gobierno estatal.

La ultraderecha española lleva meses preparando una campaña basada en dos elementos incompatibles con la democracia pero que ha podido rentabilizar con total impunidad: la mentira y el no reconocimiento del Gobierno actual de coalición entre PSOE y Unidas Podemos. Vox lleva desde sus orígenes, y especialmente desde que alcanza protagonismo con su llegada a las instituciones en 2019, mintiendo sobre la emigración, la violencia machista, y acusando continuamente de corrupción a Unidas Podemos por asuntos que la justicia ya ha declarado infundados, sirviéndose de toda una galaxia de medios de ultraderecha y periodistas que les apoyan.

La impunidad de la ultraderecha

Por otro lado, la ultraderecha, desde su versión franquista a su versión neonazi, está bien afianzada en los sectores militares y policiales españoles, sin que ningún gobierno haya planteado actuar con firmeza. Al contrario, España ha conocido conversaciones en un grupo de WhatsApp de policías municipales de Madrid insultando y deseando la muerte de la entonces alcaldesa apoyada por Podemos de la capital Manuela Carmena, u otro grupo donde una promoción de militares retirados no dudaba en plantear, si era necesario, el fusilamiento de 26 millones de españoles. También aparecieron en la prensa filtraciones de un vídeo donde aparecían soldados haciendo el saludo nazi mientras cantan una canción de la División Azul en un cuartel del Ejército.

A pesar de la gravedad de los ejemplos, nada de todo eso ha supuesto actuación alguna por parte sus superiores jerárquicos ni de la justicia española. Ni tampoco durante meses hubo ninguna detención ante el hecho de que decenas de fascistas acosaban en su domicilio particular a Pablo Iglesias, a su esposa, la ministra de Igualdad, Irene Montero y a sus tres hijos. Los insultos, amenazas de muerte y exigencia de que se vayan del país los dirigentes de Unidas Podemos, son constantes en las redes sociales y la prensa, en algunos casos incluso por cargos políticos de Vox, sin que tenga ninguna consecuencia legal.

Independiente del papel más o menos directo que haya podido tener Vox en estas amenazas a miembros o altos cargos del Gobierno, es evidente que el partido de la ultraderecha está apoyando esas acciones, las jalea, las legitima y colabora en el ambiente de confrontación y violencia necesario para que aparezcan. Ya se ha identificado a la persona que envió la navaja a la ministra, y aunque la policía se ha limitado a informar que se trata de un enfermo mental, el diario Público ha revelado que es un familiar del diputado de Vox, Iván Espinosa de los Monteros, esposo de la candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio. Del mismo modo que Trump no asaltó el Capitolio pero dijo en redes que eran buena gente y les deseaba lo mejor.

Y vuelvo de nuevo a Carlos Fernández Liria y su citado libro. Este filósofo defiende la tesis de que nuestros sistemas solo funcionan como democracias si la izquierda, una verdadera izquierda, no tiene opciones de gobernar: “En todas las ocasiones en las que, habiendo ganado la izquierda por vía parlamentaria, se ha intentado legislar de manera que quedara afectada alguna cuestión de importancia económica [es decir, cada vez que la izquierda no sólo ha logrado ganar, sino que ha intentado cumplir su programa electoral], lo que inevitablemente ha ocurrido ha sido que los mismos que antes presumían de un orden constitucional capaz de corregir las malas leyes, se han ocupado de alentar, financiar, provocar o apoyar un golpe de Estado que diera al traste con el orden en cuestión”.

Para Fernández Liria, “la Democracia en los países capitalistas solo es el paréntesis entre dos golpes de Estado. Un paréntesis que ha durado tanto como ha durado la voluntad política de no legislar sobre nada de importancia (al menos en el terreno económico), de modo que, a fin de cuentas, lo que se celebraba y se ha celebrado como democracia no ha sido, en realidad, más que la inutilidad y la impotencia de la instancia política”. Parece que en una democracia parlamentaria, es benéfico, útil y saludable que las izquierdas tengan entera libertad y perfecto derecho a pasarse la vida intentando ganar las elecciones, pero cuidado si pueden llegar al poder.

Odio, violencia y desestabilización

Nadie en su sano juicio afirmaría que en España hay un gobierno comunista, pero el hecho de que el Partido Comunista de España se integre en la coalición Unidas Podemos, que a su vez forma parte de la coalición gobernante, y que algunos ministros o altos cargos sean de ese partido, es suficiente para que una ultraderecha montaraz entre agitada a sacudir el fantasma del comunismo. Y, como siempre en su línea secuencial de acción, las mentiras, el odio, las amenazas, la violencia y la desestabilización.

Carlos Fernández Liria repasa la historia del siglo XX para señalar cómo la derecha siempre rompió el tablero de la convivencia y la institucionalidad democrática cuando una opción de izquierdas podía alcanzar el Gobierno. Lo hicieron en Guatemala, en 1944 y en 1951, contra presidentes nacionalistas, sufrieron golpes de Estado e invasiones por legalizar sindicatos y no aceptar la autoridad de la United Fruit. En Indonesia, el Partido Comunista podía llegar al Gobierno en 1964, pero EEUU ejecutó un golpe de Estado.

En 1961, en Brasil, Joao Goulart gana las elecciones, no era comunista pero pretendía subir el salario mínimo y fue derrocado por un golpe de Estado. En Irán, un presidente nacionalista es derrocado por un golpe de Estado en 1953 por querer nacionalizar el petróleo. Los golpes de Estado se suceden en América Latina cada vez que un gobernante enfrenta al neoliberalismo, en República Dominicana en 1963 o Haití en 1990, con un presidente que es un teólogo de la liberación. En Colombia se asesinan miles de sindicalistas y dirigentes políticos de la Unión Patriótica, desde concejales a alcaldes y candidatos presidenciales. Todo ello, bajo un sistema “democrático”.

En Nicaragua, en 1979, la Revolución Popular Sandinista derroca al dictador Somoza y pone en marcha una reforma agraria y programas de alfabetización. Es verdad que llegaron al poder por la vía armada, era la única forma en una dictadura. Pero los sandinistas ganaron las dos convocatorias electorales que se celebraron en Nicaragua tras el derrocamiento de Somoza. El país sufrió un bloqueo, actos terroristas, la creación de grupos armados financiados por EEUU y el chantaje de que todo eso desaparecería si “votaban bien” y los sandinistas dejaban el Gobierno.

En el siglo XXI, el sistema continúa igual. Se intenta un golpe de Estado contra Hugo Chávez en Venezuela en 2002, se sigue intentado desestabilizar el país y todavía hoy se sigue sancionado y no reconociendo las victorias electorales de sus seguidores. En Brasil se persigue judicialmente a Lula y se le inhabilita, todo injustamente como ahora se ha podido comprobar. Igualmente, contra Rafael Correa o Evo Morales y contra cualquier gobernante que ose enfrentar los dogmas de la derecha o del neoliberalismo.

También en Europa

Europa no es ajena al sistema que permite que haya democracia siempre que no gane la izquierda. Cuando en España la izquierda gana las elecciones en 1936, la derecha y los militares inician un levantamiento armado que arrasa el país con una guerra de tres años y se impone una dictadura durante casi 40 años que no molesta a las democracias occidentales.

En los años cincuenta, la OTAN, la CIA y varias agencias de inteligencia europeas crearon la Red Gladio, que operó clandestinamente en toda Europa. Su objetivo era preparar acciones desestabilizadoras en caso de que algún partido comunista o excesivamente de izquierdas pudiera llegar al poder en algún país de la Europa Occidental, especialmente en Italia, donde el PCI era muy fuerte.

La conclusión es clara, cuando la derecha, o un partido que dice ser de izquierdas pero que se ajusta al patrón de comportamiento neoliberal, gana las elecciones el sistema democrático funciona con precisión, tolerancia e institucionalidad impecable. Pero si ganan las izquierdas, o simplemente, amenazan con ganar y, además, hacer cambios importantes en el sistema, las “democracias” ponen en marcha todo un sistema de anticuerpos que impiden que eso suceda. En España ya se ha visto a pequeña escala, incluso en la Comunidad de Madrid, con la derecha comprando diputados socialistas en 2003 para impedir que les desalojaran del poder.

Insisto una vez más en que la actual izquierda española no es ninguna amenaza al neoliberalismo dominante, pero también la ultraderecha española es más cavernaria de lo habitual en Europa y no soporta un comunista sentado en un sillón de ministro. Porque ellos son como Pinochet, lo comprobamos en 1936, aceptan los resultados electorales, pero solo si no gana la izquierda. Si no, balas y navajas. Es su modelo de democracia.

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