El astro que se negó a que el sistema lo domesticara Diario Página/12

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El corazón del juego

Por Luis Bruschtein

Cuando dijeron por la radio que había muerto se me hizo un nudo en la garganta y mi mujer, que estaba a mi lado, se puso a llorar, como si fuera alguien de la familia. Y los borrachines que a veces acampan en la calle empezaron a gritar ¡¡Chauu, Diegooo!! con sus voces aguardentosas. Creo que hasta los perros del barrio empezaron a aullar a esa muerte monumental.

Siempre supe por qué lo quería y por qué lo odiaban. Empiezo por lo segundo: lo odiaban porque tenía el valor que muchos no tienen de ser libre, de no ajustarse a lo que todos le reclamaban, de ser siempre él a un costo bestial. Todos piensan que cuanto más arriba, más libre. Y es al revés, porque estar arriba te convierte en un engranaje importante de la máquina, no podés ir a destiempo, desajustar el paso, no ser un ejemplo, no podés cagarte en ser el espejo en el que todos aspiremos a reflejarnos. Los millonarios y los famosos cumplen esas reglas de casta. Los famosos están para eso. Y Diego los mandó a pasear a todos.

Y lo quería porque era imperfecto como un chico. Todos queremos a los chicos aunque son imperfectos. Se les va la mano, hacen picardías, y hasta algunas maldades, pero se les ve la verdad en la cara y son vulnerables. Los chicos son así, cuanto más malo, más vulnerable. A los pibes que viven en la calle les pasa eso. Son los seres humanos más vulnerables, pero se hacen malosos porque esa vulnerabilidad tan grande que los demás no tienen, los humilla y tratan de ocultarla.

El fútbol es un juego. Y el juego es la vida de los chicos, aunque lo juguemos también los grandes. Todo es un juego para los chicos porque es su aprendizaje. Y Diego fue el jugador más grande porque fue el chico más grande. Hay una foto de dos pibes en un potrero. Un adolescente llorando porque perdieron un partido o algo así. Y un Diego de once o doce años que trata de consolarlo.

Diego fue el chico más grande, tan grande que convirtió el juego en un enorme campo de rebelión. Como cuando les ganó a los ingleses después de Malvinas con dos jugadas hermosas y cuando hizo que los napolitanos (los “cabecita negra” de Italia) ganaran el campeonato que era monopolio de los rubios del norte. Sacó al Napoli del fondo de la tabla y lo llevó hasta la punta. Y cuando hacía el gol se abrazaba a la tribuna haciéndoles sentir que lo habían hecho todos.

Lo quise aun cuando anduvo perdido por la droga y rodeado de seres detestables que se aprovechaban de él. Y aunque no lo conocí personalmente, siempre creí –imagino que lo mismo deben haber creído otros millones de personas– que podríamos haber sido amigos. Somos diferentes, quizás por eso y por lo que decía antes: valoro al que madura sin matar al chico que fue.

Me meto en política, que es un tema que no quería tocar con relación a esta cuestión. Mucha gente de izquierda o progre lo ha criticado. Pero hay una foto donde está Fidel de pie que abraza a Diego y Diego que apoya la cabeza como un chico sobre el pecho de Fidel. Algunos dirán que Fidel lo hacía por oportunismo.

Pero Fidel, que estaba más allá de esas demagogias, podía ver al chico que ese Diego ocultaba detrás de sus desarreglos. Lo entendía porque el que sabe ver eso, llega a la esencia de los pueblos, como nadie podrá negar que logró Fidel.

Parece una frase pomposa. Pero la mayoría de los argentinos lo estamos llorando y más que nadie esa tribuna colmada que llamamos pueblo. Es que el sistema quería que el astro Diego fuera un ex pobre domesticado, para que los pobres quisieran replicarlo. Y el espejo que hizo Diego reflejaba su esencia que es la del pibe de Villa Fiorito luchando con sus ángeles y sus demonios. En ese espejo, el pueblo se veía pueblo. Es como el peronismo: es como es. No como quisieran verlo o verse. Por eso en este país van de la mano.

Supongo que su último sueño, cuando el corazón del juego dejó de jugar, habrá sido su abrazo después del gol dedicado a esa tribuna que lo adoraba. Con los brazos abiertos de frente a nosotros que gritamos “Maradoooo, Maradooo”, “Diegó, Diegó…” Y será la despedida, algo que tuvimos la suerte de vivir y la tristeza de no vivirlo nunca más.

Descansá en paz, Diego

Por Emanuel Respighi

Es (¿fue? ¿de verdad hay que hablar en pasado?) la persona con menos intimidad del mundo. O, también, el ser humano más filmado de la historia. Aunque nació, creció y se convirtió en el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos en la era analógica, Diego Maradona es nuestro “Truman Show” de carne y hueso, tan real como insoportablemente televisado. No existe vida con tanto registro audiovisual como la suya. No se le perdonó ni el éxito ni el fracaso. Tanto sus grandezas como sus tropiezos sirvieron de excusas para la devoción de sus fieles, pero fundamentalmente para la voracidad de los medios.

Maradona fue, además, el hombre más auscultado de la historia. Por profesionales de la salud (españoles, italianos, uruguayos o argentinos) pero también por fanáticos en busca de autógrafos y periodistas en busca de sangre. La imagen del Diego -de rulos ensortijados o con pelo corto y mechón amarillo, con muchos asados encima o con una silueta atlética- rodeado por la multitud, casi asfixiado por el amor pasional de fanáticos o por paparazzis de la prensa carroñera, fue una constante en su vida. Las imágenes se suceden frenéticamente. Lo abrazan, lo acarician, lo acosan, lo saludan, le gritan, se le tiran encima, le tocan el timbre de su casa, lo inquieren, lo exprimen, lo devoran. Los que lo aman o lo odian, lo mismo da.

El Diego vivió en los medios. No como quiso sino como pudo. O como quisieron otros que fuera. Nunca tuvo intimidad. Ni cuando compartía la pequeña y humilde casa de Villa Fiorito con su numerosa familia, ni mucho menos después de su debut en primera el 20 de octubre de 1976 en Argentinos Juniors. No le permitieron construir una vida privada como la de cualquiera. Ni siquiera en sus momentos más difíciles. Mucho menos en sus últimas horas. A Maradona le fue más fácil gambetear en cancha a los mejores rivales que evitar los flashes mediáticos en coberturas impúdicas. Los mismos que hoy lo lloran, ayer lo despedazaron.

Maradona, el Diego, el astro del fútbol mundial, el tipo que nos dio las más grandes alegrías y las más dolorosas tristezas, se fue a los 60 años.

Descansá en paz, Diego. Disfrutá del silencio que no tuviste en vida.

Más que humano

Por Juan Forn

Entre las mil imágenes que bombardearon las redes en cuanto se supo la noticia, vi una que mostraba al Diego de espaldas, caminando por el túnel, en botines, shorcitos, la diez en la espalda, la nube de rulos en la cabeza. Se está yendo rumbo al campo de juego, casi se alcanza a oír el ruido de los tapones contra el piso y, a sus costados, dos filas de superhéroes despidiéndolo. Superhéroes de pacotilla, de la Marvel: a él, que nunca fue un muñequito, que rompió todos los moldes por ser de carne y hueso, por ser tan rabiosamente humano. Diego yéndose por el túnel, yéndose como le hubiera gustado a él: vestido para jugar, listo para romperla toda una vez más.

Pelusa, cebollita, barrilete cósmico, mano de Dios, Segurola y Habana, me cortaron las piernas, la pelota no se mancha, más solo que Kung-Fu, ¿sabés qué jugador hubiera sido sin droga? Rey del bardo, siempre al mango, el que dijo, el que se animó a decir: “Yo nunca quise ser un ejemplo”. Y también: “Yo me equivoqué y pagué”. El que dijo: “Yo nací en un barrio privado: privado de luz, de agua, de teléfono y de gas”. Y también: “Cuando entré al Vaticano y vi todo ese oro dejé de creer”. El que dijo: “Soy completamente zurdo: con el pie, con la mano, con la cabeza y con el corazón”. Y también: “Gracias a la pelota le di alegría a la gente; con eso me basta y sobra”.

Gracias a vos, genio inmortal, imposible no quererte, nunca te vamos a olvidar.

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