Rubén desde sus cartas desconocidas Por Ricardo D. Avilés Salmerón, docente del Departamento de Historia UNAN–Managua

Rubén desde sus cartas desconocidas Por Ricardo D. Avilés Salmerón, docente del Departamento de Historia UNAN–Managua
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Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Rubén Darío, fragmento de «Lo Fatal», 1905

Me ha motivado escribir a manera de reflexión de nuestro máximo poeta Rubén Darío en ocasión del 156 aniversario de su natalicio este 18 de enero y 105 de su fallecimiento, este 2021, cuando muchos se percataron que nuestro Rubén es algo más que el Príncipe de las Letras Castellanas.

Ya es sabido que nació en Metapa, que se crio y educó en León, que por Centro, Norte y Sudamérica viajó, siendo fuera de su terruño que triunfa; que se relacionó con importantes intelectuales de su época, siendo el más significativo para él su encuentro con José Martí en Nueva York, a quien llamó Maestro y, el prócer cubano lo reconoce llamándole hijo mío. El Príncipe de las Letras Castellanas, el periodista, el diplomático, el pensador latinoamericanista, el panida.

Pero quiero retomar frases de Rubén desde otra óptica, otro contexto, que muchos desconocemos, retomadas de un libro titulado “Cartas Desconocidas”, nombre que no es casual. Desde ahí me motivó e interesó saber de ese Rubén íntimo, ese Rubén persona, ese Rubén amigo, externando ánimos e ideas a gente de su confianza.

No tienen un orden cronológico ni rigor académico o bibliográfico; quiero darle forma al mensaje del poeta en varias situaciones y estados de ánimo que enfrentó en su vida. Una primera mirada, sin elementos políticos en este escrito, pretendiéndolo hacer en otro con esta misma intención.

Rubén manifiesta su propio valor profesional, cuando muchos en su terruño dudaban de él: “En resumen, aquí en medio de la brega, he venido a saber que valía poco, pero algo. Y quien, no hace tres años fue acusado como vago en el cabildo de León de Nicaragua, ha llegado a ser Redactor de La Época de Santiago de Chile. Vuelvo decir a usted que esto es la confesión leal de un amigo a otro, de un joven que empieza a uno que ha peleado ya mucho, de un pollo en fin, a un gallo”. (Valparaíso, 6 de septiembre, 1887)

Quien llego a ser tan reconocido, en la intimidad de una carta personal, por resignación o por humildad no exige mucho: “La aspiración de un poeta, de un artista verdadero, en lo que se refiere a la crítica es ser comprendido. El elogio ola censura incompetentes, pesa lo mismo”. (Buenos Aires, 1897) Darío, reconoce en un poeta cualidades importantes en una persona de bien, “como siempre, aplaudo en usted su entusiasmo, su amor al Arte, su dignidad intelectual y su talento laborioso”. (París, 12 de mayo, 1908)

Pero, a su vez tuvo enérgicos reclamos por el valor de trabajo a pesar de sus necesidades: “Hace días el Secretario de Redacción tuvo la amabilidad de encargarme un artículo urgente […] fue entregado el mismo día, después de seis horas de labor seguida. Dicho artículo, del cual estaba yo en verdad muy contento, fue sustituido por otro, primero, y después mutilado. ¡Yo no soy miembro de la Redacción de La Nación…! No soy sino un colaborador que vende su obra como un fabricante cualquiera. Por lo tanto, si dejo pasar, por mil motivos, la mutilación de un artículo firmado, no creo que se ponga en duda el derecho que tengo a que se me pague el trabajo entregado”. [Darío lo considera acto de la más estricta justicia] (Buenos Aires, 20 de mayo, 1899)

En otro momento destaca que: “Ahora hago poca literatura, puede decirse, ninguna. Resulta que aquí, en los diplomáticos, no está bien visto que escriban en los periódicos. Ya veré cómo arreglo eso, aunque sea adoptando un pseudónimo”. (Madrid, 20 de junio, 1908) Es implicaba un freno de posibilidad de tener algún ingreso desde su labor literaria, dado el abandono de sus superiores, situación a abordar en mi siguiente reflexión ya señalada al inicio.

En esos momentos duros, que fueron muchos que el poeta enfrentó, manifiesta con toda el alma su estado de tristeza y depresión: “Y bien, amigo, puesto que usted me ha mostrado con noble franqueza su corazón y su espíritu, vayan a usted mis confidencias. Jamás he visto días tan grises como estos días. Jamás he comprendido mejor lo que es la ausencia de la patria, por chica que ella sea. Jamás he creído ser más extranjero”. (Buenos Aires, 19 de agosto, 1895)

Ese Rubén que reconoce en sus amigos un pilar de apoyo ante sus momentos de tempestad, muestra desde lo íntimo una enorme gratitud y sensibilidad, “las coronas fúnebres de por sí mismas son «banales», así es que los títulos de ellas tienen que serlo, literalmente. Lo que vale es la cantidad de corazón que ve adentro”. (Madrid, 17 de octubre, 1909) Todo lo que hagamos por alguien, máxime un amigo, debe ser con “cantidad de corazón”, dice el muy agradecido poeta.

Ya en la recta final de su vida, su manera cruda de manifestar su ánimo es conmovedora: “El estado moral o cerebral, mío, es tal, que me veo en una soledad abrumadora sobre el mundo. Todo el mundo tiene una patria, una familia, un pariente, algo que le toque cerca hasta que le consuele. Yo, nada. Tenía esa pobre mujer –y mi vida, por culpa mía, de ella, de la suerte, era un infierno–. Y ahora, la soledad. Apenas el trabajo logra por momentos quitarme la dura preocupación. ¡Mi misma fe es tan a tientas! Sea lo que Dios tenga dispuesto”. (Valldemosa, 29 de noviembre, 1913)

Pero una de las mayores virtudes del más grande de los nicaragüenses la cual debemos emular como maestros, como alumnos, como ciudadanos de Nicaragua, Latinoamérica y el Caribe, es su constancia en el estudio, a pesar de esos duros episodios de su vida, su constancia en la lectura, en la dedicación. Como él mismo manifestó la frecuencia de la bohemia no es la que sus detractores señalaron, sino ¿cómo se explica su vasta obra, de más de 50 libros, innumerables artículos en apenas 49 años de edad? Un claro ejemplo:

“Durante mis tareas en el diario, en ratos desahogados, y a indicaciones de personas respetables que me tienen cariño, he asistido desde hace varios meses a las clases de derecho Público e Internacional de la Universidad dirigida por don Jorge Hueneeus. Pienso concluir el curso. Pero como esto no es cosa de poco tiempo, y mis miras son servir de algo positivo a mi patria, (ya que hay glorias que son humo y que poco les importa a los de ahí) quisiera yo, y por esto me dirijo a usted, que el Gobierno me pensionara para seguir esos estudios, comprometiéndome, por medio de un contrato, a estar a las órdenes del mismo Gobierno para la enseñanza o servicio, que se me necesite”. (Valparaíso, 25 de marzo. 1887)

Su obra y razonamientos son producto del estudio. De igual manera, su poesía: “De todo ese montón de poesía que usted me ha remitido, he sondado mucho, he sorbido hondo, he respirado vasto, he gustado suave, he querido triste, he admirado bello, he recorrido silencioso, he vagado solitario…”. (Mayo, 1911)

Además, reclama siempre, a manera de intercambio, material de lectura y de estudio, para cultivarse siempre, “mándeme los diarios que pueda. Y los diarios que me lleguen de Centro América, y todo libro, folleto o papel que se pueda”. (En el otro Océano Atlántico 16° 31´N 21–39 long. ¡Último día de diciembre de 1898).

Una vida de constante interacción intelectual e informativa, demostrando que está lejos de ser un personaje apático de su tiempo. “Ha recibido puntualmente diarios, periódicos que usted me ha enviado. Yo también le he dirigido los que he podido y he creído de interés”. (Madrid, 4 de febrero, 1899)

Desde ese alto nivel de autopreparación y autocultivo, es un defensor de nuestra raza: “Yo voy a Europa a decir qué hay aquí de palpitaciones meras, y cómo es el nacer de la primavera nueva. Trabajen, luchen, siempre en la obra, siempre con el alma hacia la aurora. El mundo nos ha de admirar muy pronto, y antes que la muerte nos haga un signo, veremos levantarse el palacio futuro”. (Buenos Aires, 7 de noviembre de 1898)

En una ocasión cuenta a partir de su propia experiencia cómo era percibida Nicaragua, emprendiendo por ello, una labor de difusor de la historia y virtudes de su patria natal:

“Cuando yo llegué a Chile, Nicaragua era para los chilenos, como un país barberisco, como una tierra de montañas adentro. Algunos pocos hombres ilustrados hablaban de ella como a humos de paja: apenas se referían en sus conversaciones a la invasión de Walker y a la de Barrios, y al entonces proyectado Canal Interoceánico. Cuando me preguntaban por mi país, lo hacían con la curiosidad que pondríamos con un búlgaro o tártaro del suyo, situación geográfica, vida política, producciones, así, así… En verdad, a uno que como yo, no creía que fuésemos en la misma América del Sur, y en el país más adelantado de esta, desconocido de tan triste manera. […] Yo, en mi puesto de redactor de La Época de Santiago, como usted debe comprender, hacía todo lo posible por dar a conocer mi país. Creo que debo hablar a usted con la confianza con que hablara a un padre. Mis artículos sobre Nicaragua, sobre su Gobierno, sobre el Canal, reproducidos en casi toda la prensa argentina y uruguaya, demuestran que no he dejado un solo momento de servir a la patria. Y en verdad, que no es a mí a quien ellos hacen honor”. (Valparaíso, 16 de julio, 1887)

Lo anterior, demuestra que, para Rubén, el gran Rubén, defender a la Patria desde un escrito, su historia, su cultura, su vida política, se hace para honrar a la Patria, no para honrarse a uno mismo. La difusión histórica es fundamental en esa defensa, ayer y hoy.

Por cierto, creo que todavía en cierta medida muy actual, se tiene de Nicaragua, un relativo nivel de conocimiento afuera, por hechos tan trascendentales como en aquel contexto, la invasión filibustera estadounidense en Centro América, pero no como la primera gran derrota estadounidense en nuestra Latinoamérica desde el centro caribe del continente. Por otro lado, cómo, la posición geoestratégica también es de suma importancia a nivel internacional.

Personalmente, tuve la experiencia en el exterior, en EEUU, teniendo 11 años, de responderle a un señor español de dónde era yo. Al decirle de Nicaragua, su reacción fue «¡Ah, sandinista!». Son los grandes hechos históricos los que nos han puesto como país en la visión de los ciudadanos del mundo.

Me atrevo a afirmar que hoy ese desconocimiento de nuestra historia patria, prevalece todavía en muchos segmentos poblacionales, incluyendo la juventud. ¿Cómo en el extranjero o a nivel nacional defenderíamos a Nicaragua ante visiones tan tergiversadas sin el conocimiento de nuestra historia como lo hizo Rubén?

Nuestro poeta nunca olvidó su terruño, estuvo siempre viviente en su corazón, nunca olvidó que fue un joven, que tuvo inicios: “Yo no podré olvidar que León ha sido la ciudad querida de mis primeros años. Crea usted que todo tiempo que vaya la juventud intelectual de Nicaragua será para mí una buena nueva”. (Madrid, 12 de febrero, 1899) Porque lo reconoció en uno de sus poemas “Juventud divino tesoro, te vas para no volver” la importancia de esa etapa de vida, hace un llamado a vivirla plenamente, en un contexto difícil de su Patria, “la juventud es vida, entusiasmo, esperanza. Yo saludo por su digno medio a esa juventud que ama lo ideal desde la Belleza hasta el Heroísmo”. (Xalapa, 8 de septiembre, 1910) el heroísmo de nuestros próceres, de nuestros héroes, de nuestros mártires, de nuestra historia. Muchos de ellos vivos y miles, mujeres y hombres, anónimos, que nunca pidieron ni han pedido nada a cambio por su sacrificio, a pesar de enfrentar difíciles situaciones, como Rubén.

Rubén también no deja de lamentar que es con su Patria con la que menos contacto tiene, haciendo de una u otra forma un directo señalamiento que el aislarse del contexto nacional, teniendo mayor visión del mundial o regional no es adecuado. “Desgraciadamente estoy más en relación con Holanda o Noruega, que con mi país natal, y no conozco nada del movimiento de ideas, que allí se haya operado desde hace seis meses”. (Madrid, 12 de febrero, 1899)

Por lo anterior, el mensaje es directo a los jóvenes nicaragüenses, siempre vigente, sin importar su ideología o preferencia partidaria, pero al joven que se proclama revolucionario, este mensaje es de obligatoria interiorización y vivencia: “No habría escrito estas líneas si no me llenase de placer el encontrar una juventud noble y estudiosa –cuya existencia no sospechaba– en mi pobre y querido León, que ha sabido que yo existo tan solo dos veces en mi vida: la primera para declararme vago, en mi adolescencia; la segunda para declararme loco, cuando he logrado para mi patria original, algo que está a la vista del mundo castellano. […] La juventud nicaragüense, que hoy aparece con bríos nuevos, en la generación actual, debe ver el ejemplo. Y luchar por hacer patria verdadera, culta, civilizada. Pero no se consigue sin el estudio, la voluntad, el entusiasmo, la decisión. La nueva generación debe barrer con todo lo perjudicial e inútil y fofo que daña a la patria. […] Dios les ayude en las futuras empresas y en la iniciación de ahora. Y sepan que estoy con esta juventud que hoy me ha dado tan grata sorpresa”. (Madrid, 27 de septiembre, 1899).

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