Cuba, los cuervos vuelan bajito Por Fabrizio Casari | altrenotizie.org

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No hay nada de espontáneo, y mucho menos de libre, en las manifestaciones que han tenido lugar en Cuba. La actual operación contra Cuba es la aplicación del Manual del “golpe suave” de Gene Sharp, el ex agente de la CIA que determinó el cambio de la estrategia golpista de Estados Unidos en la elaboración de una desestabilización permanente en todos los países donde Washington cree que es factible un cambio de régimen, sustituyendo el elegido por los votantes de esos países por uno decidido por el establishment económico y político estadounidense.

El turno de Cuba

Después de Venezuela, Nicaragua y Bolivia, Estados Unidos ha decidido que ha llegado el momento de desestabilizar profundamente también a Cuba, esperando que se den las condiciones para un levantamiento. Convencidos de que la salida de escena de Fidel y Raúl ha redimensionado la cohesión social y política de la isla, Miami y Washington han puesto en marcha la operación de “cambio de régimen”.

Para ello, han incrementado las medidas contra la isla más allá de la infamia y, haciendo caso omiso de los llamamientos del Secretario General de la ONU, António Guterres, y del Papa Francisco, así como de la votación de la Asamblea General de la ONU sobre el bloqueo, han decidido profundizar aún más la presión criminal sobre la isla socialista.

Han prohibido a las empresas estadounidenses y a todas las que operan en el mercado internacional en dólares suministrar a Cuba ventiladores pulmonares y jeringuillas, necesarios para combatir el Covid-19 y para vacunar a la población con una de las cinco vacunas que La Habana ya ha probado. Impedir la compra de respiradores pulmonares y la administración de vacunas significa condenar a la muerte a los enfermos e impedir el rescate de personas sanas.

Por otro lado, impedir que Cuba haga circular sus vacunas de forma gratuita sirve para que los beneficios y las patentes se queden en manos de la Gran Farmacia y para que Cuba no obtenga más crédito internacional. Se trata, en definitiva, de poner al país de rodillas y rebajar los elogios internacionales a la política sanitaria cubana, así como de obtener una codiciada cabellera jamás soñada como crisis política en la isla.

Es imposible que el sueño americano se haga realidad: en primer lugar, el gobierno cubano goza de un apoyo popular sustancialmente inalterado y, a pesar de la dificilísima situación, las cifras de Cuba en la lucha contra el Covid-19 siguen siendo de las mejores del mundo. Con una población de 11,333,483 habitantes, el número de infectados es de 218,396 y las víctimas mortales representan el 0.65 de los casos confirmados.

La historia es muy diferente en Miami, donde, a pesar de contar con todos los medios sanitarios y económicos, el porcentaje de muertes es mucho mayor: 1.28 fallecidos (el doble de Cuba) de los casos confirmados. Sólo en Florida ya se han producido 37,895 muertes; la región metropolitana de Chile, con algo más de siete millones de habitantes, ha tenido 17,377 muertes (2.62%), por no hablar de Río de Janeiro, donde con 6,748,000 habitantes se han producido 56,321 muertes, lo que equivale a cerca del 5.78 de los casos confirmados. Y Madrid tampoco está contenta, porque con 6,752,763 habitantes tuvieron 739,000 casos y 15,469 muertes, es decir, el 2.09% de los casos confirmados.

La ayuda humanitaria debería ir a Brasil o Ecuador, no a Cuba. Es difícil asumir la ayuda humanitaria a quienes pueden ayudarse a sí mismos y, de hecho, ayudar a los demás.

Crueldad feroz y criminal

La línea con la que Trump primero y Biden ahora arremeten contra la isla socialista se llama ferocidad. No hay ejemplos en la historia de tal crueldad criminal, con la excepción del nazi-fascismo, pero no es casualidad que las 243 disposiciones tomadas por Trump para apretar la soga al cuello de Cuba hayan sido confirmadas casi en su totalidad por Joe Biden. No hay diferencias apreciables entre ambos, perteneciendo uno al establishment financiero y otro al político estadounidense. Actúan al unísono precisamente porque se cree que se dan las condiciones adecuadas para intentar una embestida que les devuelva toda la humillación sufrida desde 1959.

Al fin y al cabo, ambos han subcontratado la política de Estados Unidos en América Latina a Marco Rubio, Ted Cruz y Díaz Balart, el rostro político del terrorismo mafioso cubano-estadounidense, a quien durante décadas se le ha otorgado la presidencia de la poderosísima Comisión de Asuntos Exteriores del Senado como tribuna desde la que aprobar los peores crímenes contra el subcontinente. Controlando los votos en un estado decisivo para las elecciones, se enriquecen con fondos federales y con el tráfico de personas desde Cuba a Florida, así como con órdenes locales y federales sobre negocios muy rentables. Un cáliz de odio con el que enriquecerse, la verdadera suma del sueño americano.

¿Qué está pasando realmente?

A pesar de los informes de los medios de comunicación occidentales, que como siempre dan la versión que el gobierno estadounidense quiere que se dé, las concentraciones en algunos lugares de la isla, aunque representan una novedad, no pueden calificarse de problema, si acaso de molestia. En algunos casos están formados por docenas y en otros por algunos cientos de manifestantes, mientras que las manifestaciones de apoyo al gobierno son de docenas más. Sólo los primeros se inflan con montajes de vídeo, mientras que los segundos ni siquiera se informan. Se manifiestan contra la “dictadura”, lo que plantea un problema de sentido común: si fuera una dictadura no podrían manifestarse.

No hay que subestimar las cifras al analizar los acontecimientos: la magnitud de las protestas, de hecho, no puede separarse del reconocimiento de su valor. La diferencia entre una manifestación organizada por grupos vinculados a la iniciativa estadounidense en la isla y una manifestación popular radica precisamente en sus diferentes dimensiones.

Si, de hecho, miles de personas salen a la calle contra el gobierno, es muy probable que ese gobierno haya perdido todo el consenso, mientras que si son unos pocos centenares la dimensión conspirativa y exógena de las protestas será más evidente. Contar la mentira de las manifestaciones antigubernamentales oceánicas, tomar fotos de procesiones en el paseo marítimo de El Cairo, en Egipto, y hacerlas pasar por manifestaciones en el malecón de La Habana, sirve precisamente para reforzar el impulso mediático, político y financiero internacional necesario para intentar derrocar el sistema político cubano.

Poner la verdad de las cosas en su sitio es un ejercicio obligatorio para cualquiera que quiera hacer periodismo. Los actos en Cuba no son manifestaciones de la oposición, que no existe ni como grupo político ni como programa, sino que son manifestaciones ideológicas concebidas y organizadas desde fuera, es decir, desde Estados Unidos. No es casualidad que los eslóganes antisocialistas y las banderas de barras y estrellas que se exhiben sean el distintivo de estas concentraciones.

También resulta extraño que las manifestaciones que se presentan como protestas contra las dificultades de la vida cotidiana y de la atención sanitaria, tengan lugar bajo las banderas de quienes, desde 1961, impiden que entre en la isla ni una sola pastilla de paracetamol. La situación en la isla es difícil, pero las personas que salieron a las calles a protestar contra la crisis alimentaria que afecta al país, pretenden olvidar que la causa de ésta es atribuible en todos los sentidos al bloqueo estadounidense.

¿Quién paga? El marketing de la disidencia

Los manifestantes gritan mucho sobre todo bajo los consulados y embajadas cubanas en el extranjero, en las ciudades de la isla no se atreven. La razón de la exhibición de tanto odio ideológico y de banderas de Estados Unidos es sencilla: la histeria de estos grupos y su demostrable adhesión a la palabra de Estados Unidos constituyen la conditio si ne qua non de la financiación.

La mayor parte procede de Florida, así como de fondos de USAID y NED. El gobierno estadounidense destina 27 millones de dólares anuales en su presupuesto a este fin.

En nombre y por cuenta del gobierno estadounidense, la dirección de las protestas ha sido confiada a Rosa María Payá, propietaria de la asociación Fundación Cuba para la Democracia Panamericana, una ONG de extrema derecha financiada por instituciones gubernamentales estadounidenses y fundaciones privadas de Estados Unidos y Europa. Su fundación es la propietaria intelectual de la marca “Cuba Decide”, que aparece en todas las manifestaciones antigubernamentales en Cuba y en el extranjero. Payá es especialmente reconocida en los círculos fascistas estadounidenses y europeos, donde le gusta fotografiarse con las peores herramientas de la derecha latinoamericana, estadounidense y europea, y reparte premios a la flor y nata del fascismo internacional a través de ridículos espectáculos. El otorgado al eurodiputado Hermann Tertsch, notorio segregacionista y miembro destacado del partido nazi español Vox, es esclarecedor.

La autonomía política de la Payá es inexistente: en lo que respecta a EEUU, son Miami y la mafia cubano-americana quienes apoyan sus acciones y mueven sus hilos como una marioneta, mientras que en Europa son los fascistas españoles quienes la manejan. Entre ellos, otro premiado por la Fundación Rosa María Payá, el eurodiputado Leopoldo López Gil, padre de Leopoldo López, el nazi venezolano que dirige Juan Guaidó, el falso presidente nombrado con un tuiter por Mike Pence, ex adjunto de Trump en la Casa Blanca.

El plan de Miami

Lo que la CIA está tramando es un plan que contempla la declaración del estado de emergencia en algunas provincias cubanas, especialmente en Matanzas. Y si en los mítines el lema es “Cuba decide”, la etiqueta utilizada a través de Twitter es el de “SOS Cuba” y es difundida por algunos de los trolls más conocidos de España y América Latina. Las concentraciones, que no son ni masivas ni espontáneas ni de buena fe, sirven a la aplicación interna del proyecto golpista.

Detrás de la ayuda humanitaria hay de hecho un intento de derrocar al gobierno. El proyecto es idéntico al que se intentó sin éxito contra Venezuela y Nicaragua: establecer una emergencia humanitaria que haga intervenir a organismos internacionales, reales o falsos, para dar un marco de legitimidad a una intervención directa de Estados Unidos, apoyada por otros ejércitos latinoamericanos que en todo caso están bajo las órdenes de Washington, como el colombiano, el chileno y el brasileño.

La operación de “ayuda humanitaria” consiste en un intento de desplazamiento de tropas y el asesinato del presidente de Haití por un comando de sicarios colombianos y estadounidenses podría ser funcional al proyecto, dada la próxima llegada de tropas estadounidenses a Puerto Príncipe, situado a pocas millas de Cuba. Disponer de un asalto adicional contra la isla socialista podría resultar extraordinariamente útil para los planes golpistas.

¿Qué se puede esperar? Que Washington, Miami y Madrid puedan soñar con el derrocamiento del gobierno cubano no se puede evitar. Pero Cuba, a pesar de las dificultades del momento, es sólida tanto política como socialmente. Tiene niños que la aman y que la defienden. Eso no significa que todos estén contentos, sólo que saben lo que les esperaría si ceden a las seducciones anexionistas de quienes llevan sesenta años intentando destruir la isla y a sus habitantes.

Ningún cubano, por ingenuo que sea, ignora el grado de responsabilidad de Estados Unidos en la falta de desarrollo de Cuba. Y ningún cubano, salvo un mercenario, cree que su verdugo pueda convertirse en su salvador.

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