Cuba, memoria para los olvidadizos Por Fabrizio Casari | www.altrenotizie.org

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Hace un año por estas fechas, el cambio de colores no estaba en escena. No había blanco, amarillo, naranja o rojo para descifrar la propagación del contagio. El color era el miedo: la esperanza de un acontecimiento que revirtiera un destino amargo estaba fuera de lugar, aparecía como un exceso de optimismo. Toda Italia estaba de negro, cubierta de un dolor del que un día, quizás, sabremos más que ahora. Y en medio de tanto dolor e incertidumbre, el significado del adjetivo “aliados” salió a la luz, con escenas de robo de máscaras destinadas a nosotros por parte de nuestros socios europeos.

Sin embargo, estaba Cuba. Que no se preguntó si éramos o no aliados, amigos o socios comerciales. Hubo indiferencia hacia cualquier otro término porque se hizo predominante el término solidaridad. Cincuenta y tres especialistas médicos, epidemiólogos y enfermeros cubanos vinieron a Italia para ayudarnos en la batalla contra un enemigo insidioso y mortal, del que sabíamos poco e, incluso, ese poco sólo aproximadamente. Vinieron a Italia gratuitamente, armados con sus batas y equipos, arriesgando sus propias vidas para ayudarnos en el nuestro momento más difícil. No fueron a formar comités en los ministerios, no se sentaron en las mesas de los expertos: se instalaron en Piemonte y Lombardía, en los hospitales situados en medio de la tormenta de Covid-19, donde morían pacientes, médicos, enfermeras y esperanzas.

A lo largo de los días llegaron imágenes de procesiones de vehículos militares que contenían a los muertos para ser dispersados: eran imágenes que traían el recuerdo de la horrenda temporada de la guerra, con el añadido del temor por el futuro inmediato. Italia estaba de rodilla frente al dolor ante que al Covid-19. Los cubanos no querían nada, no buscaban otra cosa que cumplir, incluso en Italia, su misión internacional, uno de los pilares sobre los que han construido 62 años de socialismo: estar al lado de los que sufren, de los que necesitan ayuda. Acabar con las muertes evitables, las causadas por la pobreza y la ignorancia. Hacer de la salud pública un derecho universal válido para todos, independientemente de sus conocimientos y posibilidades.

Por eso se encuentran en todo el mundo: África, Asia, América Latina y Caribe y, a partir de 2020, también Europa. Allí donde las enfermedades se convierten en pandemias, están los cubanos. Ya sea que se llame SIDA, Ébola, Meningitis o SARS, esas batas blancas cubanas no retroceden. Descubren y difunden gratuitamente vacunas y curas, aunque no reciban ni una aspirina. Van a prestar atención donde nadie va por miedo, y curan y educan lo que estaría condenado a la muerte y la ignorancia.

En su momento, hubo quienes, hartos del atlantismo intersticial, lanzaron críticas, considerando que la ayuda cubana tenía un valor relativo, por su escaso impacto global. No se preguntarón, evidentemente, cuál era la ayuda procedente de los “aliados”, sino que hablarón de la ayuda “interesada” en sus opiniónes. ¿Por qué? Porque la ayuda vino de Rusia, China y Cuba, mientras que los “aliados” no hicieron nada, excepto robar nuestro equipo médico. En resumen, hace un año, asistimos a una especie de repetición de lo que predijo el filósofo de Tréveris, cuando profetizó la irresoluble dicotomía entre socialismo y barbarie.

En la cháchara desquiciada de los funcionarios políticos disfrazados de periodistas, la ayuda china y rusa era “una táctica” para infiltrarse en nuestras poderosas fuerzas armadas (con la intención de estudiar cómo romper las espaldas de los gallineros, tal vez), mientras que la ayuda cubana se desestimaba como insignificante en términos de peso y tamaño. Afortunadamente, el tema del interés hipotético no se planteó, pero sólo porque no podíamos ignorar el extraordinario historial de solidaridad de la isla socialista y el respeto y la gratitud que le profesa medio mundo.

En materia de epidemiología, Cuba es uno de los países más avanzados. Quien no lo sepa, que busque lo que ha hecho en África, en América Latina y en el propio Caribe, donde se enfrentó en solitario a la explosión del virus del ébola en el vecino Haití, derrotándolo como ya había hecho en África. La virología cubana es una de las áreas de mayor calidad de un sistema sanitario ya de por sí extraordinario, con unas cifras que sitúan a la isla, bloqueada y enfrentada desde hace 60 años, en los primeros puestos del mundo en excelencia sanitaria. No es necesario fruncir el ceño ni fruncir el entrecejo, los datos de la OMS y de la OPS lo confirman desde hace décadas. Eso es lo que hace Cuba: poner a disposición de todos lo poco que tiene y lo mucho que sabe. Esto es lo que hizo en Italia.

Precisamente por la experiencia adquirida en el terreno, la misión de la Brigada Henry Reeve fue un gesto de solidaridad desinteresada y España también contó con la solidaridad cubana. Hay que estar, pues, dotado de un cinismo especial, de una vergonzosa cobardía, para ser capaz de morder la mano de quien te ayuda, como hicieron los parlamentarios españoles en Estrasburgo, que decidieron presentar, junto a sus colegas fascistas del Este de Europa, una moción de censura a Cuba, olvidando la ayuda que recibieron de los cubanos, que acudieron voluntaria y gratuitamente a su país, que estaba de rodillas ante el Covid-19.

Berlusconi y su subalterno monárquico Tajani votaron a favor, pero estamos hablando de los márgenes de la decencia. Sin embargo la votación de Naciones Unidas, que con 184 a favor y 2 en contra pide el fin del bloqueo a Cuba, eclipsa los tejemanejes del Parlamento Europeo, ahora reducido a basurero del Viejo Continente.

Italia, como país, debe distanciarse clara y distintamente de estas nauseabundas regurgitaciones del franquismo. Roma tiene una deuda de amor y honor con Cuba. Eso debería devolverse ayudándoles con el suministro de lo que necesitan, incluso enfrentando las posibles represalias de Estados Unidos, quizás dispuestos a devolversela. Pero, sobre todo, Italia debería gastar su peso internacional proponiendo a la Brigada Henry Reeve para el Premio Nobel de la Paz. Al menos por una vez, el reconocimiento no iría a parar a los criminales de guerra.

Hay que activar las energías y los esfuerzos para ayudar a la isla a equiparse con todo el instrumental médico que no puede adquirir por sí misma. Habiendo llegado a la tercera fase de las pruebas de sus vacunas (Soberana y Abdala), Cuba necesita ser ayudada para poder ayudar a todos.

La UE, e Italia y España en particular, en lugar de correr detrás de comerciantes y espías disfrazados de disidentes, deberían por una vez meterse las manos en los bolsillos y ayudar a Cuba ahora, aquí y en lo práctico.

Que demuestren, por una vez, que están interesados en la nación cubana y no sólo en desestabilizar su gobierno. Si no es por deseo, deberían ayudar a Cuba por obligación moral. Porque nadie, y menos los deudores, puede eludir la ley fundamental de la comunidad internacional; la ley que establece claramente la condición fundamental de la solidaridad, la primera de todas las verdades: el amor con amor se paga.

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