El progresismo suramericano en su laberinto Por Aram Aharonian | Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

El progresismo suramericano en su laberinto Por Aram Aharonian | Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)
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El Grupo de Puebla nació para juntar líderes progresistas al momento del reflujo de la “primera ola” mientras algunos gobiernos de derecha (Argentina, Brasil, Ecuador, Colombia) destruían la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y los cimientos de la integración regional.

Quizá lo más interesante desde su creación en 2019 es que despertó la fobia de la ultraderecha latinoamericana y española.

¿Capitalismo con rostro humano? ¿De lo malo, lo menos malo? ¿Una tercera vía, una nueva socialdemocracia? En Un modelo de desarrollo solidario, levantado sobre seis ejes, propone la superación de la desigualdad social, la búsqueda de valor, una nueva política económica, la transición ecológica, la integración como construcción de la región y una nueva institucionalidad democrática, un rol activo del Estado, reformas tributarias, salud universal y luchar contra el calentamiento global.

El Foro de Biarritz, iniciado en el año 2000 por la alcaldía socialdemócrata de esa ciudad francesa, fue considerado a principios de siglo como la encrucijada indispensable de los intercambios entre Europa y América Latina. Plataforma de debates, de reflexión y de análisis de las problemáticas comunes, el Foro de Biarritz, de la mano de la Corporación Escenarios que lideraba el expresidente colombiano Ernesto Samper, reunía cada año líderes políticos y económicos de ambos continentes.

Samper es el principal promotor del Grupo de Puebla. Más allá de la nostalgia de tiempos mejores, es hora de autocríticas que no aparecen. Es necesario analizar a fondo lo ocurrido en nuestros países en los últimos tres lustros, donde gobiernos progresistas trataron de poner a los más humildes como sujetos (y no meros objetos) de política, encarrilando ideas de democracia participativa, dignidad e inclusión social, soberanía e integración regional.

Hoy, en medio de una ofensiva a fondo de la derecha más reaccionaria y dependiente, el progresismo, la izquierda, no sale de su laberinto, incapaz de rediseñar sus discursos y sus formas de acción. Algunos de aquellos gobiernos progresistas se dedicaron más a defender lo logrado que a profundizar los cambios. Hoy la derecha está imponiendo un cambio cultural, que rompa los valores progresistas y los lazos solidarios que se habían tejido.

La democracia representativa, la propiedad privada, la cultura eurocentrista, el sufragismo y los partidos políticos son algunas de las verdades reveladas que organizan nuestra vida institucional, nuestras democracias declamativas desde el siglo 19. La profundidad de la crisis actual cuestiona a la modernidad y al capitalismo. Ya no debiera tratarse apenas de reformar el Estado sino de cambiar los paradigmas que hacen a su vigencia, existencia, constitución y organización.

En las últimas décadas del siglo pasado (no hace tanto) se quiso imponer la teoría de los dos demonios, equiparando los actos de genocidio, violencia y terrorismo perpetrado por las dictaduras y los gobiernos cívicos-militares en el Cono Sur con las acciones de las organizaciones guerrilleras que luchaban contra ellos. Lo curioso fue que algunos “hombres de izquierda” avalaron la teoría que tuvo en los circuitos de la socialdemocracia europea a sus más entusiastas propagadores.

Cuatro décadas después algunos intelectuales “progresistas” señalan -para nuestro asombro- que no hubo gobiernos progresistas en la región, y que la lucha se dirime hoy entre dos derechas, una modernizante o desarrollista y otra oligárquica. Hablan de un neoliberalismo transgénico, desde ámbitos académicos progresistas y/o socialdemócratas, con el apoyo, generalmente, de ONGs y fundaciones europeas.

Es triste ver a indígenas y trabajadores inducidos a votar por la derecha o la ultraderecha para que desde la “resistencia” se puedan refundar los movimientos de la izquierda y desde allí buscar transiciones.Una de las grandes debilidades del progresismo latinoamericano y algo que explica sus derrotas parciales es la carencia de una cultura popular de izquierda, alternativa y radiante, con nuevos ejes de organización de la vida cotidiana, afirma Álvaro García Linera.

Hace 23 años, un 8 de diciembre de 1998, Hugo Chávez se adjudicaba las elecciones presidenciales en Venezuela. Quizá fue el puntapié inicial de una nueva historia en América Latina y el Caribe.

El progresismo institucionalizado

La implosión de la “primera” ola progresista de los primeros tres lustros del milenio, desató una contraofensiva regional de las derechas en los planos político, mdiático, cultural y económico, que ya exploró diversas modalidades y transitó incluso el largo período de la pandemia.

Nada excluye que los movimientos que dieron origen puedan rehacerse, ni que afloren otras opciones de izquierda que también ganen elecciones en estas democracias formales que solemos respetar demasiado, y que muchas veces son corsés que impiden imaginar, soñar, nuevos caminos.

El progresismo tiene espectro amplio, pero comparte cosas comunes, dice el ex vicepresidente boliviano Álvaro García Linera. La primera es que son fuerzas políticas nuevas que irrumpen el escenario político, en crítica al viejo sistema político tradicional, que se había atornillado a las estructuras del Estado durante 40 años, y en otros países 50 o 70 años. La segunda es una reivindicación de lo popular, de su presencia, de sus derechos.

“A partir de eso tienes, desde miradas más moderadas que cumplen este mínimo común denominador y se quedan ahí, hasta progresismos más radicalizados, que te plantean protagonismo productivo del Estado, mediante nacionalizaciones de determinados sectores estratégicos de la economía. Y movilización, como modo de gestión de la administración del Estado”, añade el intelectual y político boliviano.

En algunos casos es la continuación de lo nacional-popular de los años 50, con élites de clase media comprometidas con lo popular que toman ciertas decisiones, como sucedió en los años 40, 50 y parte de los 60 en América Latina. Pero en otros casos es una ruptura sustancial: la presencia de indios gobernando, en el caso de Bolivia, rompe con cualquier continuidad. “Hay una modificación en la composición de clase. Es el siervo convirtiéndose en amo. Ahí tienes un giro de 180 grados de la composición del Estado”, dice García Linera. Si bien ese es el caso boliviano, no se repite en ningún otro país.

Hoy resulta significativo, la exclusión de cubanos y venezolanos en la lista fundacional del Grupo de Puebla, a diferencia de la Internacional Socialista, grupo que reconoce al golpista Juan Guaidó como “presidente interino” de Venezuela. Dicen que no se puede estar bien con Dios y el diablo, pero la socialdemocracia de Felipe González y Carlos Andrés Pérez ya demostraron que eso es posible.

El sociólogo argentino Pedro Brieger, director de Nodal, considera que “más allá de lo importante de congregar a personalidades progresistas hay un hecho novedoso para la historia latinoamericana: por primera vez se reúnen expresidentes, excancilleres y dirigentes que han tenido gestión de gobierno, pueden mirar retrospectivamente e intercambiar ideas sobre sus experiencias al frente de un Estado.

Son quienes participaron de aquella “primera ola progresista” de principios de siglo con los gobiernos de Hugo Chávez, Néstor Kirchner -luego Cristina Fernández-, Lula da Silva -luego Dilma Rousseff-, Rafael Correa, Evo Morales, Tabaré Vázquez -seguido por Pepe Mujica-, y Fernando Lugo, que supieron construir políticas de integración regional concretas como la creación de UNASUR.

Todos comparten las críticas hacia las políticas neoliberales y algunos, ahora, con un tono más radical que el que tenían al momento de dirigir sus países. Si bien las fuerzas conservadoras pueden usar los poderes judiciales para perseguir no pueden resolver la disputa entre progresistas y conservadores en América Latina con golpes de Estado como en el siglo pasado. La existencia del Grupo de Puebla es la mejor prueba.

Asevera Brieger que están muy lejos de ser “bates quebrados” como se le dice en el Caribe -usando la jerga del béisbol- a los dirigentes que ya no tienen nada que aportar y han quedado en los archivos de la historia. Además, es posible que algunos vuelvan al poder para darle fuerza a una “segunda ola progresista”; como Lula, que ya se prepara con ese objetivo”.

Interesante el planteo, pero pensar que el cambio puede estar en las figuras “históricas” de Pepe Mujica, Lula da Silva, Fernando Lugo, Rafael Correa o Cristina Kirchner, es apostar por el pasado (de ahí lo de bates quebrados). Más allá de los logros en sus gobiernos, fueron incapaces de crear el recambio generacional y adaptar las propuestas a un mundo que ha mutado y que seguirá cambiando cuando nos despertemos de la pesadilla de la pandemia.

¿Tienen algo para ofrecer a las nuevas generaciones?No se sembró ciudadanía. No se logró convertir al ciudadano en sujeto político (tampoco estoy seguro que eso estuviera en el planes de muchos). Sí, se obtuvieron beneficiarios de las políticas de inclusión y distribución de la renta, pero estos beneficiarios suelen emigrar con quienes les ofrezca más esperanza y cambio.

El sentido de buscar el poder del Estado es usarlo para derrotar a la clase dominante, no para dormir con ella. Desarrollar un proceso revolucionario implica transformar indignaciones sociales en movimientos políticos, lo que implica la formación de nuevos contingentes de cuadros, dejando de lado del facilismo “moderno” de recurrir a formadores de imagen para ganar una elección: el problema es saber para qué se quiere ganar.

La nueva hoja de ruta

La actual hoja de ruta propone el abandono definitivo del anacrónico modelo neoliberal, de vocación extractivista, (aunque nunca habla del capitalismo) que ha dejado efectos difícilmente reversibles sobre el medioambiente, ha significado alarmantes niveles de concentración de la riqueza que nos convierten en la zona más desigual del planeta y ha atrofiado los circuitos de redistribución.

Es un “modelo” de muy buenas intenciones, pero se debiera deja en claro: a) cómo se llevan adelante estas propuestas, b) quiénes representan las fuerzas del cambio y c) dónde se ubican las resistencias. Una hoja de ruta que carece de siquiera citas al poder de las trasnacionales, al complejo industrial militar, financiero y digital, a eso que los de izquierda llaman imperialismo. ¿Hay vergüenza de hacerlo explícito?

Sus integrantes, a título individual (no representan a partidos ni organizaciones de masa) han sido o son presidentes de gobiernos, jefes de Estado, dirigentes de partidos políticos, ministros, embajadores. Esos personajes de los que hablan los medios y la gente cree que sus decires tienen peso alguno en sus propios países y/o en el contexto internacional.

Brieger señala que “los participantes admiten que por ahora es en un lugar de encuentro y de debate. Pero también de intervención concreta, como quedó demostrado con la operación de rescate de Evo Morales, que se articuló en los pasillos del Encuentro presencial en Buenos Aires en 2019.

Es difícil saber cuál será el futuro del Grupo de Puebla, pero la esperanza de quienes lo apoyan está en que pueda contribuir a que se socialicen las experiencias de la “primera ola” progresista de tres lustros atrás para que nazca una “segunda ola” de gobiernos con fuerte apoyo popular y dispuestos a avanzar en las profundas transformaciones estructurales que necesitan América Latina y el Caribe. Amén.

Para el chileno Marcos Roitman, el progresismo del Grupo de Puebla acaba por remozar al capitalismo y señala que alora cierta desazón y perpejlidad, cuando se pasa revista a los fundadores. “Su diversidad podría ser un plus, pero cuando unos y otros están en las antípodas, la duda se abre camino (…) La lista de neoliberales conversos es grande y genera desazón”, añade.

Entre otros está el chileno José Miguel Insulza, ex secretario general de la OEA, el que combatió y declaró la guerra a Venezuela y su presidente Hugo Chávez, quien se opuso a la extradición de Pinochet a España, avaló las políticas estadunidenses para América Latina y como ministro del Interior del gobierno de Ricardo Lagos aplicó la ley antiterrorista de la dictadura para reprimir al pueblo mapuche, recuerda.

En la lista figura el monárquico José Luis Rodríguez Zapatero, quien siendo presidente del gobierno español pactó en 2011 la reforma del artículo 135 de la Constitución para limitar el gasto social a la estabilidad presupuestaria, un verdadero golpe de Estado judicial o lawfare. Además fue artífice del acuerdo para la instalación en España del escudo antimisiles y los vuelos hacia Guantánamo.

En mi libro de 2017 –El progresismo en su laberinto, del acceso al gobierno a la toma del poder ( Editorial Ciccus, 2017)– planteaba que para terminar con los latifundios, con la explotación, lo primero que debemos democratizar y ciudadanizar es nuestra propia cabeza, reformatear nuestro disco duro. El primer territorio a ser liberado son los 1.400 centímetros cúbicos de nuestros cerebros. Debemos aprender a desaprender, para desde allí comenzar la reconstrucción. No repitiendo viejos y perimidos análisis, viejas consignas.

Decía el poeta español León Felipe: ¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra/al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha? / Los mismos hombres, las mismas guerras, los mismos tiranos,/ las mismas cadenas, los mismos farsantes, las mismas sectas../ ¡y los mismos, los mismos poetas! ¡Qué pena, que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!

(*) Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

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