¿Guerra civil en Israel? Por Xavier Mas de Xaxàs y Félix Flores | Diario La Vanguardia

¿Guerra civil en Israel? Por Xavier Mas de Xaxàs y Félix Flores | Diario La Vanguardia
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Los musulmanes de todo el mundo celebran cada 13 de mayo el fin del Ramadán. Estrenan ropa, comen en familia y se intercambian regalos durante la fiesta del Eid al Fitr. Intentaron hacerlo también en Gaza.

La violencia ha marcado el Ramadán en los territorios palestinos. El mes empezó con jóvenes árabes de Jerusalén Oriental colgando en TikTok diversas agresiones a judíos religiosos y termina con decenas de muertos, la mayoría en Gaza, pero también en Israel. Hacía seis años, desde la última ofensiva aérea israelí en Gaza, que no había habido tanta violencia.

Cualquier chispa provoca un incendio, especialmente si salta en Jerusalén. Todo empieza y acaba en esta ciudad, la más disputada en la historia de la humanidad. Tiene casi un millón de habitantes. El 40% son árabes, palestinos que no tienen los mismos derechos que los israelíes.

Los gobiernos del primer ministro Beniamin Netanyahu, cada vez más dependientes del apoyo de los colonos y los religiosos, han facilitado la llegada de más judíos a Jerusalén oriental, la parte de la ciudad ocupada en la guerra de 1967 y anexionada después.

Los supremacistas judíos no creen que los palestinos tengan derecho a vivir en la ciudad. Acuden a la justicia para ocupar sus casas y casi siempre lo consiguen. Cualquier judío puede reclamar una propiedad palestina en Jerusalén oriental, pero ningún palestino puede reclamar una propiedad judía en Jerusalén occidental. Tampoco en cualquier otro lugar de Israel.

Netanyahu considera que los desahucios de familias palestinas en Jerusalén oriental son consecuencia de disputas inmobiliarias. Los palestinos opinan que responden a una estrategia para expulsarlos del territorio.

Los palestinos se sienten discriminados. No solo en el acceso a la vivienda, sino también en la educación, los servicios sociales y la movilidad. Los que viven en Cisjordania están sujetos a la autoridad militar israelí. Human Rights Watch les da la razón. Habla de persecución y de apartheid.

Estados Unidos y la Unión Europea hace años que no presionan a Israel para que deje de construir colonias ilegales en los territorios ocupados. Varios países árabes normalizan sus relaciones con Israel. La causa palestina ha dejado de ser una causa. Su prioridad es tener acceso a la tecnología israelí.

No hay negociaciones de paz a la vista. No parece que vayan a servir de nada. El instituto Carnegie considera que el primer paso sería ofrecer a los palestinos que viven bajo la ocupación israelí los mismos derechos que tienen los israelíes. Israel, sin embargo, no tiene ningún incentivo para ceder a los palestinos lo que los palestinos no han podido conseguir por sí mismos.

Los palestinos, además, siguen tan divididos como siempre. La Autoridad Palestina ha aplazado sine die (sin nuevo plazo) las elecciones previstas para el próximo día 22 porque las iba a perder. El liderazgo palestino hace tiempo que perdió el control de la calle. Los jóvenes acusan a los viejos estadistas de corruptos y malos gestores.

El conflicto, las bombas que caen sobre Gaza, y los cohetes que burlan las defensas israelíes y caen sobre la costa al sur de Tel Aviv, benefician a los poderes establecidos. Siempre ha sido así.

Netanyahu aspira a que la perspectiva de un largo conflicto armado impida a sus rivales políticos formar gobierno. La semana pasada parecía muy plausible que sus doce años al frente de Israel tocaban a su fin. Ahora, la violencia le fortalece. Calcula que en unas quintas elecciones puede darle los votos que le faltan para la mayoría.

A Hamas también le conviene la violencia. Si mantiene el control político y social en Gaza es gracias al poder de su brazo armado, las brigadas Qassam. Lanzan cohetes contra Israel, pero, sobre todo, controlan a la disidencia.

El conflicto permite a Hamas presentarse como el defensor de Jerusalén, líder legítimo de la resistencia palestina.

Los que siempre pierden son los gazatíes. Perdieron bajo los bombardeos del 2008, del 2012 y del 2014. Volverán a perder ahora.

La chispa de este último conflicto la encendieron en TikTok los jóvenes palestinos y la avivaron luego los supremacistas judíos que desfilaron por Jerusalén al grito de “muerte a los árabes”. Esto fue al principio del Ramadán.

El domingo pasado, los israelíes celebraron el día de Jerusalén. Jóvenes nacionalistas desfilaron como cada año por las calles del barrio musulmán en la Ciudad Vieja para festejar la conquista de esta parte de la ciudad en 1967. Al día siguiente, hubo disturbios en la explanada de las Mezquitas y la policía israelí entró en Al Aqsa, tercer lugar más sagrado del islam. Los enfrentamientos dejaron más de 300 palestinos heridos y 20 policías israelíes. Hamas disparó entonces sus cohetes e Israel bombardeó Gaza.

Sobre las decenas de muertos se ha levantado un nuevo conflicto. Las comunidades árabes en Israel han salido a la calle, han perseguido a los judíos y los judíos han respondido también con violencia. El presidente israelí Rivlin ha hablado de pogromos. El primer ministro Netanyahu ha prometido actuar “con toda la fuerza necesaria” para recuperar el control de la calle en Lod, Ramla y otras ciudades sacudidas por un clima de guerra civil. La población palestina es notable en todas ellas.

Guerra civil. Este es un nuevo estadio en la historia de Israel, una amenaza a la convivencia.

Más del 20% de la población israelí es árabe. Muchos árabes se consideran ciudadanos de segunda clase. Denuncian que el Estado no los protege cuando cuestionan su exclusiva identidad judía. Afirman que las fuerzas de seguridad los tratan como quintacolumnistas. Muchos han sido agredidos y detenidos en manifestaciones a priori pacíficas. Otros han muerto.

Esta amenaza, la posibilidad de que el grueso de la población israelí, la que vive en el gran Tel Aviv, cerca del mar, donde se encuentra el principal polo económico de Israel, se vea en primera línea de un conflicto civil, puede ser una palanca para dar un paso hacia la paz.

Este primer paso, como señala el instituto Carnegie, debería ser la igualdad de derechos. Estados Unidos y la UE deberían presionar para que así fuera. Los israelíes se merecen un acuerdo. La gran mayoría desea convivir en paz con los palestinos.

El último día de un violento Ramadán, debería ser el primero hacia la igualdad.

Un solo pueblo unido por Jerusalén

Por Félix Flores

En enero del 2009, el segundo viernes después del inicio de la Operación Plomo Fundido y cuando se estaban alcanzando los 800 muertos en Gaza, miles de árabes israelíes venidos de toda la Galilea se concentraron en una protesta en Baqa al Garbía. Les seguía, con tambores y a respetuosa distancia, un puñado de jóvenes activistas judíos de izquierda. Otros lo hacían también en Tel Aviv, incluidos los llamados refuseniks , algunos de ellos pilotos de helicópteros Cobra horrorizados por lo que habían visto y habían tenido que hacer en la Franja. En Jerusalén y en Cisjordania hubo también protestas, obviamente, pero en una tesitura complicada en aquel momento por la dramática ruptura entre Hamas y Al Fatah dos años antes.

Hoy el panorama es distinto. Hamas, oportunista (desahucios de Sheij Yarrah, violencia en la Explanada de las Mezquitas, aplazamiento de las elecciones palestinas y crisis política en Israel) se ha erigido en defensora de Jerusalén, que es el único símbolo capaz de unir a todo el mundo. Porque Gaza difícilmente llevaría a la población palestina de Israel a echarse a la calle y a enfrentarse a los judíos en disturbios violentos.

Baqa al Garbía, con menos de 30.000 habitantes, es uno de los centros principales del llamado Triángulo de localidades árabes pegadas a la Línea Verde. Los otros dos son Taybeh –con una población parecida y donde empresarios cristianos elaboran cerveza y vino– y Um al Fahm, con unos 40.000 habitantes. Junto con Nazaret (unos 64.000), Haifa y Acre (San Juan de Acre), ciudades de población mixta, el norte de Israel concentra la mayoría de los habitantes que pueden definirse a sí mismos como palestinos israelíes, árabes israelíes o simplemente palestinos. En el sur, Jaffa, pegada a Tel Aviv, y Ramla y Lod, junto al aeropuerto Ben Gurión, son localidades también de población mixta que estos días han registrado violencia.

La convivencia no había dado hasta ahora situaciones explosivas, pero eso no quiere decir que los llamados árabes israelíes no se sintieran ciudadanos de segunda clase por múltiples razones. Representan alrededor del 21% de la población total de Israel, que es de 9 millones. Pero unos 350,000 viven en Jerusalén Este –que es territorio ocupado– donde no tienen estatuto de ciudadanía sino solo de residencia.

El pasado abril, la organización israelí de defensa de los derechos humanos B’Tselem publicó por primera vez una encuesta “entre todos aquellos que viven entre el Mediterráneo y el río Jordán”, judíos y palestinos de cualquier parte, incluida Gaza, sobre el control del “régimen israelí” en todos los territorios. La conclusión final decía que un 45% considera que “apartheid” es una descripción que se le ajusta. No se trata solo de los territorios ocupados, sino también de la posesión de la tierra dentro de Israel, del apoyo institucional a los colonos judíos, del menor acceso a fondos públicos y servicios en los municipios árabes, factores que hacen que una mayoría no se reconozca como distinta de los palestinos ocupados.

Durante la guerra entre Israel e Hizbulah, en el verano del 2006 (que coincidió, en Gaza, con el secuestro del soldado Guilad Shalit), en muchas localidades de población árabe se quejaban de que no tenían sirenas de alarma antiaérea para alertar de los cohetes katyusha que lanzaba la milicia chií libanesa, mientras que sus vecinos judíos sí tenían oportunidad de dirigirse a los refugios. En el llamado Triángulo,en Baqa al Garbía, Um al Fahm.., temían y han temido siempre ser transferidos a Cisjordania, es decir, a un hipotético estado palestino en lo que en realidad es territorio bajo ocupación. Justo al otro lado de la Línea Verde están Yenin y Tulkarem, con sus campos de refugiados. Finalmente, esto se planteó en el pretendido “acuerdo del siglo” propuesto por Donald Trump. En diciembre del 2017, cuando Trump anunció el reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado judío, Um al Fahm celebró el “día de la ira”. Pocos meses antes, tres jóvenes de la ciudad habían matado a dos policías israelíes ante la puerta de los Leones de la ciudad vieja de Jerusalén, siendo abatidos poco después. Otros cuatro habitantes del Triángulo fueron encarcelados sin cargos más tarde. Um al Fahm fue activo en las dos intifadas. Su alcalde durante bastantes años, el islamista radical Raed Salah, arrebató el municipio al Hadash, el partido tradicional de la izquierda, de origen comunista.

Fenómenos como este se entienden por el fracaso constante y la frustración que generan los partidos árabes en el Parlamento israelí. A menudo boicoteados por el estalishment durante las elecciones, cuando lograron unirse llegaron a ser la tercera fuerza más votada en el 2015. No les sirvió de nada. En el 2018 se aprobó la ley que define Israel como el Estado del pueblo judío y al año siguiente se rompió la coalición. El resultado de todo esto no ha sido otro que el ascenso del islamismo político, la rabia en la calle por la discriminación, por los abusos sistemáticos en Jerusalén y por la ausencia de perspectivas de futuro.

Sheij Yarrah, espoleta de la protesta

Los desahucios de Sheij Yarrah, que han sido la espoleta de la protesta (la sentencia está aplazada desde el pasado domingo), no son nada nuevo. Todo Jerusalén Este –y también la Ciudad Vieja– sufre desde hace muchos años las demoliciones, las expropiaciones y las expulsiones como la que ahora afecta a ocho familias; en el 2017 fueron quince.

Organizaciones de colonos reclaman esas viviendas con arreglo a una ley que les permite hacerlo sobre la base de que habrían pertenecido a judíos antes de 1948. Al contrario, la ley no permite este tipo de reclamo a los palestinos que hubieran tenido casas en Jerusalén Oeste y que en 1948 acabaron asentándose –por ejemplo– en Sheij Yarrah, que entonces estaba bajo jurisdicción jordana.

Amir Cheshin, que fue asesor de Teddy Kollek, popular alcalde de Jerusalén durante 27 años, escribió que ya en 1967, tras la ocupación de Cisjordania y Jerusalén Este, los líderes israelíes establecieron dos principios: incrementar la población judía de la capital e “impedir el crecimiento de la población árabe y forzar a sus residentes a hacer su casa en otra parte”. Cheshin, fallecido en enero del 2007, llegó a conocer el muro de Jerusalén, que ha troceado el sector este, dividido comunidades como la de Yabal Mukabar y expandido el campo a los asentamientos.

En 2010, las reclamaciones de colonos sobre Sheij Yarrah –que los judíos llaman Nahalat Shimon– causaron protestas (y arrestos) apoyadas por organizaciones israelíes, incluida Rabinos por los Derechos Humanos. Hoy, con el llamado campo de la paz diluido y el partido de izquierda Meretz más preocupado por la cuestión LGTBI que por el conflicto palestino, la realidad es otra.




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