Juan Ramón Quintana y el golpe contra Evo Morales La Paz. Por Gustavo Veiga, diario Página/12, Argentina

Juan Ramón Quintana y el golpe contra Evo Morales La Paz. Por Gustavo Veiga, diario Página/12, Argentina
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Durante un año fue el trofeo de caza más buscado. El régimen golpista pretendía colocarlo en sus vitrinas. La expresión no es caprichosa. El exministro de Gobierno Arturo Murillo –hoy estaría prófugo en Estados Unidos– se la dedicó a Juan Ramón Quintana: “Vamos a salir de cacería porque ese es un animal que está matando gente en nuestro país”. La acusación se trataba de una fake news. En rigor, el responsable político de decenas de asesinatos en Sacaba y Senkata era el ahora fugitivo de la Justicia boliviana. El hombre al que buscaba, el cerebro de las políticas antimperialistas en los catorce años presidenciales de Evo Morales, se asiló en la embajada de México en La Paz y nunca pudo ser atrapado. Sociólogo y militar – dos formaciones que rara vez van juntas -, sobrevivió a la persecución y posterior asedio a la sede diplomática.

Quintana hoy cuenta esa historia desde su departamento en reconstrucción, que como él mismo dice “no fue incendiado porque está en el tercer piso de un edificio”. Igual se ensañaron con su vivienda. La saquearon. Le arrancaron hasta la puerta de ingreso. Pero lo peor fueron los ataques a su familia. Su madre de 87 años tuvo que escaparse disfrazada en una moto llevada por sus sobrinos. Él mismo salvó su vida por segundos o centímetros. Sus enemigos lo tuvieron al alcance de la mano pero se les escabulló. Después de detallar su odisea, analiza el porqué de semejante ensañamiento.

– Aprovecho por su medio para agradecerle al gobierno mexicano. Mi vida corría muy serio peligro, las patrullas policiales habían cercado la casa en que yo estaba escondido. Aunque mis familiares sufrieron una persecución probablemente mucho más cruel que la mía. Intenté salir hacia la frontera con Perú para incorporarme a mi familia en Cuba, pero me fue imposible. Entonces el único recurso que me quedaba era una embajada y la más accesible que encontré fue la mexicana.

– Después que se asiló, ¿es cierto que detuvieron hasta a su empleada doméstica?

– A Edith, que era nuestra trabajadora del hogar, le pedí más o menos al mes del golpe que se acercara a la casa para que tomara fotografías y pudiera conseguir un carpintero que pusiera la puerta del departamento y cerrarlo. Mientras ella hacia esa actividad, los policías la detuvieron sin orden judicial, la llevaron directamente a las oficinas de la fuerza especial de lucha contra el crimen a tomarle declaraciones, le ofrecieron su libertad a cambio de que aceptara firmar un documento donde se me acusaba que acá en mi casa había armas, me reunía con terroristas y había escondido dinero. Ella se negó a hacerlo porque es una militante cristiana. Por eso detuvieron a su hija para intimidarla y también al marido. Pero no se quebró y entonces la llevaron a la cárcel de mujeres de San Pedro. Ése fue el tamaño de la crueldad, de la bestialidad del régimen de Añez. Han tenido esa cuota de crueldad con que operaron las dictaduras militares en las décadas del 60 y 70.

– ¿Por qué usted considera que era el principal blanco de los asilados en la embajada mexicana?

– Por lo que me he enterado, el régimen estaba dispuesto a otorgar los salvoconductos para México solamente con la entrega de mi persona. La cacería yo no creo que haya sido un concepto elaborado por el propio Murillo, se lo transmitieron para describir la dimensión de su misión, de la tarea que tenía respecto a mí y a otros compañeros; en particular a mí. Las razones de esta encomienda que le había asignado, y estoy absolutamente seguro que era así, la embajada norteamericana, se debe fundamentalmente a mi posición antiimperialista explicita, militante y además irreversible. Me formé políticamente en el antiimperialismo. Mis lecturas políticas y teóricas tienen que ver con la lucha, con la resistencia, con la negación a ver a mi país aplastado por un gobierno extranjero del tamaño de los Estados Unidos. Entendí que la historia de mi país estaba preñada de una intervención humillante y vergonzosa en los últimos setenta, ochenta años y que si queríamos ser una nación libre independiente y soberana, la primera condición era liberarnos de este dominio imperial vertical, secante, que había ocupado prácticamente a la nación no solamente política y territorialmente, la había ocupado culturalmente, ideológicamente.

– ¿Su condición de mayor del Ejército hasta 2001, puede haber significado una agravante de la persecución, además de las medidas que tomó el gobierno de Evo Morales contra EEUU como la expulsión del embajador Philip Goldberg en 2008?

– En mi condición de ex oficial si hay algo que me dolía en el alma, era que mis fuerzas armadas se habían convertido en una fuerza de ocupación colonial desde 1950 en adelante y lo propio con la policía. La suma de las pequeñas victorias que logramos frente a este dominio tan arrogante de los Estados Unidos, fue lo que finalmente determinó que en sus documentos reservados me convirtieran en un peligro potencial para ellos. Y esto puede verificarlo en los primeros documentos de Wikileaks referidos a Bolivia, sobre el primer gabinete de Evo Morales. Inicialmente, ellos en la descripción que hacían de los ministros, me veían como una persona neutral en la relación de EE.UU y Bolivia; pero a medida que pasaba el tiempo los cables que enviaba la embajada respecto a mí, establecían que en realidad era un enemigo, una amenaza.

– ¿Cuánto hay de cierto en que se le atribuye ser el hombre más influyente en los gobiernos de Evo?

– La comunión entre su antiimperialismo y el mío, además de que compartíamos una lectura semejante sobre nuestra realidad nacional, hacía que esto se alimentara mutuamente y por lo tanto que esas decisiones se cumplieran casi fielmente. Fueron 14 largos años en que un país como Bolivia, una semicolonia, vivió liberada de la opresión imperial. 14 años de independencia, de soberanía, de dignidad. Cada decisión que tomábamos para liberarnos de la maquinaria injerencista de Estados Unidos no solamente era un alivio político. También le abría las puertas a Bolivia para ser ella misma, para pertenecerse a sí misma, para ser un Estado plurinacional.

– La Escuela militar de Comando Antiimperialista General Juan José Torres que crearon en Santa Cruz, ¿fue el último desafío a la influencia de EEUU?

– Diría que fue el último detonante para reimpulsar el golpe en Bolivia. Su creación, y que llevara el nombre de nuestro ex presidente Torres, un hombre con su componente antiimperialista y al que mató la Triple A en la Argentina en el marco del Plan Cóndor. El hecho de abrir la escuela para las Fuerzas Armadas fue demasiado. Porque ellos sabían que la columna vertebral que podría sostener una reinstalación de su hegemonía en Bolivia eran las FFAA y si teníamos éxito en la escuela antiimperialista para desmantelar esta cultura enajenante de sometimiento a la doctrina de seguridad norteamericana, podría ser irreversible este proceso de transformaciones para el largo plazo. No es nada casual que el golpe del 10 de noviembre del año pasado tuvo como centro de gravedad a las Fuerzas Armadas.

(Nota de la Redacción. Perfil del General Juan José Torres):

Juan José Torres nació en Cochabamba en 1920. Perdió a su padre a la edad de 14 años, cuando éste participaba en la Guerra del Chaco, conflicto limítrofe con Paraguay. Desde entonces tuvo la responsabilidad de ayudar a la manutención de su familia. Ingresó en el Colegio Militar del Ejército Gualberto Villarroel; regresó en 1941 con el grado de subteniente y “cadete destacado” de la primera promoción posterior a la Guerra del Chaco.

En 1946 hizo un curso de artillería en Buenos Aires, donde presenció el ascenso al poder de Juan Domingo Perón. Participó en el movimiento rebelde de cadetes con la Falange Socialista Boliviana (FSB) contra el presidente Mamerto Urriolagoitia, por lo que fue dado de baja del ejército y exiliado a Buenos Aires, donde trabajó en una empresa constructora. Con la revolución del 9 de abril de 1952, Torres fue reincorporado al ejército; fue destinado al Colegio Militar, luego a la Escuela de Comando y posteriormente al Estado Mayor.

Durante el gobierno del general René Barrientos Ortuño (1964-1969) fue nombrado agregado militar en Brasil. En 1965 fue embajador en Uruguay. Al año siguiente fue nombrado Ministro de Trabajo de la Junta Militar de gobierno vigente. Al desempeñar, en 1967, las funciones de Jefe de Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas, asumió la responsabilidad en la lucha contra la guerrilla del Che Guevara.

Durante el gobierno del general Alfredo Ovando Candía (1969-1970), se inició el lento viraje hacia la izquierda de Torres, que empezaba a ser conocido popularmente como J. J. Torres; promovió, por ejemplo, una apertura política que permitió la incorporación de civiles progresistas como Marcelo Quiroga Santa Cruz, ministro de Minas y Petróleo. Entonces fue nacionalizada una parte de la empresa norteamericana Gulf Oil Company radicada en territorio boliviano. Juan José Torres apoyó esta medida, para lo cual facilitó la ocupación de las instalaciones de la empresa con tanques y ametralladoras.

En la presidencia

Tras la crisis política provocada por un levantamiento militar ultraconservador contra Alfredo Ovando Candía el 6 de octubre de 1970, Juan José Torres decidió resistir el golpe y asumir el poder en defensa del orden establecido con participación de trabajadores, organizaciones campesinas, el movimiento universitario y un sector de los militares leales. Fue apoyado por la base aérea de El Alto y por la Central Obrera Boliviana (COB). El 7 de octubre juró la presidencia ante el pueblo reunido en plaza pública. El presidente Torres bautizó la alianza popular que lo llevó al poder como los 4 pilares de la revolución. Propuso entonces un cogobierno al 50% con dirigentes de la Central Obrera Boliviana (COB), pero formó un gabinete de intelectuales y militares.

Luego exigió la retirada del Centro de Transmisiones Estratégicas de los Estados Unidos (Guantanamito) en Bolivia, expulsó al Cuerpo de Paz, organismo de voluntarios de aquel país, y liberó a Regis Debray, condenado a 30 años de prisión, y a Ciro Bustos, ambos juzgados por su participación en la guerrilla del Che Guevara.

En política exterior, el objetivo de su gobierno fue establecer relaciones diplomáticas y comerciales con los países socialistas. Bolivia se ubicó entre los países No Alineados e inició contactos con los gobiernos del Chile de Salvador Allende y la Cuba de Fidel Castro.

Durante el gobierno de nueve meses del General Torres se realizó la nacionalización de la Mina Matilde y las Colas y Desmontes y dispuso un aumento presupuestario significativo a las universidades bolivianas. Su política exterior se caracterizó por ser pluralista y de respeto por la autodeterminación; tuvo acercamientos con Salvador Allende con avances importantes en las negociaciones para una salida al mar; creó la Corporación de Desarrollo (incubadoras de las empresas estatales bolivianas) y el Banco del Estado (banco de desarrollo), además de instaurar una alta reposición salarial a los mineros.

El derrocamiento

Rápidamente Estados Unidos respondió a las medidas del presidente Torres con un bloqueo económico que también suspendía los préstamos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco Mundial (BM).

Intentó también crear un modelo de fortalecimiento y profundización de la democracia en Bolivia, con la participación popular directa mediante el plebiscito, la formación del Consejo de Estado y por medio de una asamblea nacional con diversas modalidades de representación en su seno. Para ello durante su gobierno se elaboró la “Constitución Política del Estado – Gobierno Revolucionario – República de Bolivia – 1971”.

Con la creación el 1 de junio de 1971 de la Asamblea del Pueblo, J. J. Torres buscaba sustituir la estructura de la democracia tradicional por un órgano de poder con participación popular directa. Se estructuró de acuerdo a sectores de producción y representantes de clase: mineros, obreros, universitarios, maestros e intelectuales. No obstante, el régimen mostraba gran debilidad, lo que determinó su caída después de sólo nueve meses de acción.

Los partidos de derecha, la empresa privada, parte de las Fuerzas Armadas, partidos como el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y la Falange Socialista Boliviana (FSB), confluyeron en la organización de un golpe de estado conducido por el coronel Hugo Banzer el 21 de agosto de 1971, con el apoyo de sectores conservadores brasileños y parte de la colonia alemana en Bolivia.

Asesinado en Argentina

Partió al exilio, primero al Perú, después a Chile y finalmente a la Argentina. En Chile escribió un importante aporte titulado “Bolivia: Dinámica Nacional y Liberación”, documento que incorpora una tesis histórica, tesis política y proposiciones programáticas. En mayo de 1973 fue uno de los fundadores de la Alianza de la Izquierda Nacional (ALIN).

Fue secuestrado y asesinado en Buenos Aires el 2 de junio de 1976, en el marco del Plan Cóndor, que implicaba la colaboración de las dictaduras de Hugo Banzer y Jorge Rafael Videla.

En 1976 el gobierno dictatorial de Hugo Banzer, por temor a un levantamiento popular contra su gobierno, se opuso a la repatriación de los restos mortales de Torres. Las organizaciones populares exigían su repatriación para así poder rendirle póstumo homenaje. Finalmente la familia, acorralada entre las presiones del gobierno argentino y boliviano, decidió trasladar los restos del presidente Torres a México, donde descansaron por 7 años para retornar finalmente a suelo boliviano.

En 1983 los restos de Torres fueron repatriados a Bolivia desde México, donde fueron recibidos temporalmente por apoyo y decisión del Presidente Luis Echeverría Álvarez, por iniciativa de la Central Obrera Boliviana y varias organizaciones populares, y la disposición del gobierno de Hernán Siles Suazo (1982 – 1985).

Actualmente el cuerpo del General Juan José Torres descansa en el Monumento a la Revolución Nacional (ubicado en la Plaza Villarroel – Campo de Marte de las Fuerzas Armadas), junto a los presidentes mártires Germán Busch y Gualberto Villarroel.

(Fin de la nota)

– Usted abandonó el asilo en la embajada y se encontró con otro país y otro mundo. Ganó las elecciones Luis Arce y Donald Trump ya no continuará como presidente de EE.UU. ¿Qué puede cambiar para Latinoamérica y Bolivia en especial el gobierno de Joe Biden?

– Me temo que las cosas se van a modificar de manera relativa para América Latina y por lo tanto para Bolivia. Estados Unidos tienen bastantes problemas domésticos que resolver y sus preocupaciones de índole estratégica frente a China, Rusia o Irán van a tener que ser mediadas de una manera distinta. Su relación con el continente va a tener que ser mucho más inteligente y ya no sometida de una manera tan estricta a sus mandatos de ocupación de dominio regional. No solamente a través de la OEA, sino a través de sus embajadas y la política exterior. Yo me temo que va a haber una especie de relajamiento lo cual no significa la renuncia al dominio en América Latina. En Bolivia una intervención norteamericana en este momento se mostraría como algo muy aberrante cuando el país se ha manifestado con un 55% demoledor en las elecciones. Causarnos daños colaterales con alguna forma de intervención, le costaría políticamente mucho más a Estados Unidos que a Bolivia.

– Hombres claves dentro del MAS como el ex presidente Evo Morales, su vice Álvaro García Linera y usted mismo ya no tienen una función ejecutiva dentro del gobierno. ¿Qué es lo que está dispuesto a aportar? ¿Y desde dónde?

– Yo creo que desde dos ámbitos. Primero el aporte para galvanizar este proceso los próximos cinco años, para fortalecer el instrumento político el MAS y los movimientos sociales para un plazo mucho más largo. Me veo involucrado en la formación política de cuadros jóvenes, en la renovación, en un trabajo mucho más activo para orientar a las nuevas generaciones de compañeros nuestros sobre la capacidad de entender el mundo desde nuestro país, desde nuestra realidad. Sería interesante empezar a rever las cosas desde nuestra experiencia, nuestros errores y nuestros fracasos, con nuestras luces y nuestras sombras.

– ¿En qué cuestiones específicas?

– Quiero que mi objeto de investigación sea el golpe de Estado, que sea un instrumento metodológico de interpretación de la historia de mi país de los últimos 50 años. Es decir, casi como un método de conocimiento, y eso me obliga a investigar y profundizar más la injerencia norteamericana. Quiero que esto sirva para los jóvenes, para que puedan defender este proceso político en Bolivia. Realmente si es que llega el momento, si es que se da la oportunidad de incorporarme a alguna comisión de la verdad, no tanto para dirigirla sino para aportar, y que justamente se encargue del esclarecimiento del golpe, investigaría el conjunto de violaciones sistemáticas durante la última dictadura y el saqueo que hizo en el país desde noviembre 2019 hasta hoy. El golpe va a seguir siendo la herramienta preferida de los EEUU en América Latina para someter a nuestros pueblos. Por lo tanto, tengo la impresión de que al estudiarlos es una manera de defender también nuestras soberanías.

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