La ruleta nuclear rusa y la derrota del imperio de la OTAN Por Declan Hayes | Strategic Culture Foundation

La ruleta nuclear rusa y la derrota del imperio de la OTAN Por Declan Hayes | Strategic Culture Foundation
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“El jugador”, la excelente novela de Fiódor Dostoievski sobre la adicción al juego que padecía, es un notable tour de force (realización de una cosa que requiere gran esfuerzo y destreza, en especial por la escasez de tiempo) que los líderes de la OTAN deberían leer antes de apostar lo que les queda de sus agotados recursos en el improbable caso de que puedan derrotar a China y Rusia.

Aunque Dostoievski, a diferencia de varios de sus personajes de ficción, acabó aprendiendo que el juego es una droga fatal que destruye gradualmente a sus adeptos, no hay indicios de que los jugadores de la OTAN hayan aprendido esa o cualquiera de las otras duras lecciones que enseña el más ruinoso de los vicios.

Debido a que la OTAN, después de haber faroleado su camino hacia victorias pírricas en Serbia, Siria, Libia y Yemen, ahora siente que puede jugar a la ruleta rusa con misiles de punta nuclear sobre Ucrania y vivir para contarlo, sus psicosis deben ser diseccionadas en la larga posibilidad de que el Armagedón pueda ser evitado. Este artículo ayuda a ese diagnóstico.

«Dios con nosotros»

La OTAN, al igual que los mercenarios suecos de las guerras reformistas, como las Waffen SS, y como sus apoderados del ISIS, creen que Gott mitt uns, que Dios está de su lado, que Dios ama su irresponsabilidad porque eso es lo que pagan a sus medios de comunicación para que repitan como loros. El presidente George Bush lo dijo repetidamente, que Dios, a través del notorio criminal de guerra Donald Rumsfeld, le ordenó destruir el Irak secular, saquear sus museos y bancos, robar su petróleo y someter a más de un millón de mujeres y niños iraquíes a la espada justiciera de la OTAN.

Lejos de afirmar que estos engendros sin Dios son de alguna manera religiosos, eso es simplemente afirmar que los gánsteres de la OTAN utilizarán cualquier excusa, la invocación de Dios incluida, para justificar sus crímenes y los de sus aliados. El problema de Rusia es cómo lidiar con estos gánsteres médicamente trastornados.

Los conspiradores criminales de la OTAN nunca han necesitado un verdadero casus belli (causa de guerra), ya que la guerra y el saqueo son su oficio; es lo que hacen. Aunque sus campañas de terror contra Irak, Serbia, Siria y Yemen lo comprueban, las interminables guerras de Europa lo demuestran de manera concluyente.

Tratar de adivinar un casus belli común entre la guerra italo-turca, la segunda guerra de los Balcanes, la guerra civil finlandesa, la guerra húngara rumana, la guerra húngara checoslovaca, la guerra polaca ucraniana, la guerra polaca lituana, la guerra armeno-georgiana y todas las demás guerras en Europa es, como la guerra de la OTAN contra Rusia, una causa perdida. Más aún si tratamos de entender el casus foederis («motivo de la alianza»), o cómo las alianzas –como las que presagiaron La Gran Guerra, la guerra para acabar con todas las guerras– convirtieron los incendios forestales regionales de Europa en tormentas de fuego globales.

Aunque nunca se pueden tener demasiados amigos, la OTAN, los Cinco Ojos y las demás fraternidades criminales de angloestadounidenses no son cofradías benignas, sino confederaciones diseñadas para normalizar no sólo su saqueo y pillaje, sino sus alardes de que están equipados para prevalecer en el enfrentamiento nuclear que están haciendo inevitable para preservar su imperio criminal que su Dios, por supuesto, respalda.

Aquí tenemos a Liz Truss (cancillera de Reino Unido), de la OTAN, informándonos de que la Gran Bretaña en bancarrota reconstruirá Ucrania después de que ellos la destruyan y al chiflado de la Universidad de Yale, Timothy Snyder (estadounidense, profesor de la Universidad de Yale), diciéndonos que “Moscú quiere una hambruna global”. El problema de Snyder es que, aunque dotado lingüísticamente, no es ni historiador ni teórico. La tesis de Snyder, tal y como la promulga en sus gritos populistas, es que ve la historia reciente de Europa encajonada “entre Hitler y Stalin”, como si esas dos figuras históricas fueran el alfa y el omega de Bloodlands (Tierras de Sangre), topes para anclar todas las innumerables variables enrevesadas de Europa en su cálculo infantil.

El punto fuerte de Snyder, si es que lo es, es que plantea un marco beneficioso para la OTAN que permite culpar de todos los males de Europa al Tercer Reich, que hace tiempo que está agotado, y especialmente a Rusia, que es la presa preferida de la OTAN. Pero, como indicaría cualquier estudio digno de mención sobre las sangrientas guerras de Europa, hay infinitamente más factores en juego, al igual que en el surgimiento y propagación del nacionalsocialismo y de otros viles precursores de la OTAN.

La visión simplista de la historia en forma de sándwich del ying y el yang (el bien y el mal) sólo sirve para que los escribas de los medios de comunicación de la OTAN escriban sus tonterías al servicio de sus intereses y para que simplones como Liz Truss, a la que nos referiremos en breve, prediquen la guerra con el pretexto de la paz orwelliana de la OTAN.

Snyder se presenta igual que la simplona Truss al convertir a Putin en un villano de James Bond “que quiere destruir el estado ucraniano, cortando sus exportaciones”, como parte del “plan de hambre de Putin … para generar refugiados desde el norte de África y Oriente Medio, áreas normalmente alimentadas por Ucrania … [para] generar inestabilidad en la UE. [como preludio de] una hambruna mundial [como] telón de fondo necesario para una campaña de propaganda rusa .. [que] culpará a Ucrania”. Que se lo digan a las empresas que ahora pierden 250,000 millones de dólares de ventas a Rusia para satisfacer a los pagadores de Snyder.

Aunque Snyder es un venerado profesor de la Ivy League (las más famosas universidades imperialistas), esa tontería de James Bond lo relega al nivel de un imbécil financiado por la OTAN, que no se diferencia de Truss o de cualquier otro chupatintas.

Mulas de los medios de comunicación

Aunque muchos artículos anteriores aquí han lidiado con la maquinaria mediática de la OTAN, pocos de ellos se comparan con esta joya de Jonathan Cooke que describe cómo los medios de comunicación de la OTAN, que representan un asombroso tercio de todo el presupuesto de la CIA, más que los presupuestos combinados de las tres mayores agencias de noticias del mundo, están tan íntimamente entrelazados con los servicios de inteligencia de la OTAN.

Aunque podemos descartar artículos como esta tontería de la BBC de que los soldados ucranianos luchan simultáneamente contra los rusos y dan clases de nivel universitario en línea sobre el turismo, este tipo de bazofia de la BBC abre la puerta para que la hibernófila británica (fans de Irlanda) Liz Truss venda sus tonterías. Aunque Truss ha mostrado repetidamente su ignorancia al canciller ruso Sergey Lavrov y a un grupo de parlamentarios británicos, la pregunta más importante es por qué los bufones británicos como Truss deben ser escuchados cuando Arabia Saudí y China los consideran objetos de burla indisimulada.

Parece que han quedado atrás los días en los que los mejores de Anglo-Estados Unidos eran leones dirigidos por burros y han llegado los días en los que son dirigidos por imbéciles mimados, todos los cuales parecen ser tan arrogantemente vacíos de contenido como Truss.

John Pilger hizo un video sobre el genocidio de la OTAN en Timor Oriental, en donde el Secretario de Defensa británico Alan Clark explica que los gatos, los perros y los hámsteres son mejores objetos de nuestra caridad que los timorenses orientales a los que los británicos y los australianos ayudaron a masacrar en cientos de miles. Si te preguntas por qué la administración Johnson puso más empeño en salvar a los gatos, perros y hámsters de Kabul que en salvar a los inocentes niños afganos, recuerda sus prioridades en Timor Oriental, piensa en el Callejón de los Ángeles de Donbass y llora.

Bloqueos, logística y cadenas de suministro

Liz Truss nos informa ahora de que pretende legar el botín que roba a Rusia a los barones ladrones de Zelensky. Alemania, para no quedarse atrás como casi lo hizo en el rapto de África que hizo Europa, se ha hecho con tres cargueros de gas natural licuado (GNL) que son propiedad de la empresa energética rusa Gazprom. Turquía se ha embolsado un carguero ruso que transportaba grano porque los barones ladrones de Ucrania se lo pidieron. Estados Unidos está robando actualmente el petróleo y el trigo de Siria; Grecia, pensando que el Tío Sam le cubría las espaldas, se sintió envalentonada para robar un petrolero iraní, e Israel se siente envalentonado para robar a todos sus vecinos, cuando no los está bombardeando.

Dado que todo esto plantea a Rusia un problema contable inminente que Truss obviamente no puede comprender, vamos a simplificar las cosas para esta contable colegiada recordándole primero que Francia todavía está tratando de recuperar el dinero perdido en Rusia como resultado de la Revolución de 1917.

Así que supongamos, a modo de ejemplo, que el valor neto actual de todas las pérdidas rusas públicas y privadas –más de 400,000 millones de dólares en el último recuento– por las sanciones punitivas de la OTAN es de 100 dólares. Deduzcamos de ello, además del coste de las contingencias militares rusas, todas las reclamaciones de la OTAN a Rusia.

Así, si la opción de McDonald’s de volver a entrar en el mercado ruso vale 1,50 dólares, quedan 98,50 dólares por contabilizar.

Si las inversiones petroleras de Japón valen 5 dólares (antes de añadir las tasas por interrupción), eso dejaría 93,50 dólares por contabilizar. Si se resta 1 dólar por el sabotaje de Diageo a la marca de vodka Smirnoff, quedan 92,50 dólares que se acumulan a los tipos de interés del mercado y que deben devolverse en oro, rublos u otra moneda aceptable, y los deudores de Rusia reembolsan a los acreedores de este país.

En cuanto a los más de 400,000 millones de dólares de activos y reservas rusas incautados en el extranjero (digamos 15 dólares), cualquier deuda rusa pendiente en el extranjero (digamos 8 dólares) se restaría de ellos y el saldo de 7 dólares, convenientemente compuesto, se añadiría a la cantidad que ya debe la OTAN.

En resumen, dejar a los acreedores de Rusia que reembolsen a los deudores de Rusia y dejar a Rusia libre para recuperar el saldo como considere oportuno.

Aunque se trata de una simplificación excesiva del problema contable de Rusia (y de la OTAN), el objetivo de este ejercicio sería llegar a una cifra aproximada de más de un billón de dólares que la OTAN y sus aliados deben a Rusia (Siria, Irak, Venezuela, Yemen) y que esa cifra, convenientemente compuesta, constituya la base de los futuros reembolsos y de la liquidación final mediante arbitraje o guerra.

Adiós a Alemania

Si Alemania pudo arreglárselas para soltar el Ruhr después de Versalles, entonces es posible pagarle a Rusia por sus transgresiones actuales, aunque el superávit comercial de Alemania esté ahora en quiebra y Alemania haya acumulado un impresionante déficit de 1,000 millones de euros en mayo, su primer déficit desde 1991 y todo porque se niega a utilizar las materias primas rusas de las que depende para seguir siendo competitiva. Aunque son buenas noticias para el perro faldero de la OTAN, Ursula von der Leyen, son malas noticias para los alemanes responsables, ya que su futuro es sombrío, y eso incluso antes de que se incluya en nuestra hoja de cálculo la indemnización que se les debe por el vandalismo del gasoducto Nordstream y los camiones cisterna que robaron.

Y luego, para agravar aún más el débito de la OTAN, está China, a la que los cerebritos de la OTAN siguen considerando como el proverbial tigre de papel que creían que era cuando las tropas chinas pulularon sobre el río Yalu el 19 de octubre de 1950. Los norteamericanos, los británicos, los australianos, los kiwis y el resto de los sospechosos habituales fueron pateados desde la frontera china hasta el Paralelo 38 y, en el caso de la coalición, hasta Okinawa, en el Japón ocupado por los norteamericanos.

Aunque la guerra de Corea se denomina a menudo “la guerra olvidada”, los chinos y los coreanos la recuerdan por muy buenas razones, entre las que destaca el hecho de que la Fuerza Aérea de Estados Unidos bombardeó Corea del Norte hasta devolverla a la Edad de Piedra, según las infames palabras del archicriminal de guerra Curtis LeMay.

En cuanto a China, “La batalla del lago Changjin” es la película más cara que ha producido China. Con un coste de 200 millones de dólares, ha recaudado hasta ahora cerca de 1,000 millones de dólares, lo que la convierte en la película china más taquillera de todos los tiempos y proporciona unos beneficios considerables a su patrocinador, el Partido Comunista Chino, que también ha financiado su secuela, “La batalla del lago Changjin II”.

Aunque la BBC, la CNN, el New York Times, el Daily Telegraph y otros medios similares de la OTAN criticaron la película por no seguir la narrativa de la Guerra Olvidada de la OTAN, eso es pasar por alto el importante hecho de que los espectadores occidentales no eran su principal objetivo. A pesar de todos sus defectos artísticos, “La batalla del lago Changjin” cuenta a las nuevas generaciones de ciudadanos chinos que la mano de China se vio forzada en Corea porque el general Douglas MacArthur pensó que las propuestas diplomáticas de China podían ser ignoradas, como si fueran las súplicas de un mendigo. La guerra de Corea demostró que China, si no se le da otra opción, cruzará no sólo el Yalu sino también todos sus otros Rubicones.

Los tigres de China

Tras el envío de las fuerzas vietnamitas de mantenimiento de la paz a Camboya, las fuerzas chinas cruzaron la frontera vietnamita, donde las aguerridas tropas de Vietnam, dirigidas de nuevo por el legendario general Võ Nguyên Giáp, volvieron a comportarse con distinción y demostraron a los chinos que no debían complicar innecesariamente las cosas en el Sudeste Asiático.

Antes de la saga del Covid-19, China y el mundo fueron testigos de cómo los matones de la ONG National Endowment for Democracy fomentaban los disturbios en Hong Kong, hospitalizando a ciudadanos chinos e incluso inmolando a algunos de ellos, todo en nombre de una nebulosa democracia postimperialista angloestadounidense. Las fuerzas de seguridad chinas les echaron el guante y han establecido una apariencia de ley y orden en Hong Kong.

Y luego está Taiwán, que China califica de provincia renegada y ha declarado repetidamente su determinación de reintegrarla cuando llegue el momento. Con todo, China irá a la guerra por Taiwán si la OTAN vuelve a forzar su mano. Aunque hace tiempo escribí todo esto en Japón: “The Toothless Tiger” (El tigre desdentado), la OTAN, demostrando que no ha aprendido nada de la guerra de Corea ni de ninguna otra guerra, está convirtiendo ahora la cuestión de Taiwán de una lenta disputa diplomática a fuego lento a una disputa nuclear de botón caliente. China, como demuestra la guerra de Corea, está dispuesta a aceptar el reto porque, como en el caso de Corea, ve que la OTAN no le deja otra opción.

Aunque la Séptima Flota de Estados Unidos se ha enfrentado a la Armada china en varias ocasiones en el Estrecho de Taiwán, el tiempo y las ventajas de la guerra asimétrica de los vastos sistemas de misiles chinos están del lado de China. Dada su ineficacia en Israel, los sistemas de Defensa de Misiles de Teatro propuestos por la OTAN no pueden proteger indefinidamente a Taiwán y a las otras colonias estadounidenses de Asia Oriental, Japón y Corea del Sur, de un decidido ataque chino. Como Corea del Sur no puede ser defendida bajo ninguna contingencia, uno podría imaginar que la diplomacia triunfaría sobre la guerra, pero eso sería juzgar mal a los jugadores de la OTAN, considerándolos jugadores racionales, que sopesan las probabilidades.

Como un asalto anfibio chino a Taiwán tendría que ser al menos tan grande como el desembarco del día D en Normandía, pero infinitamente más difícil en su ejecución, uno debe preguntarse cuáles son las verdaderas intenciones de la OTAN con respecto a Taiwán. La única explicación es que los temerarios jugadores de la OTAN apuestan por salir ellos mismos como ganadores finales en su planeado enfrentamiento económico desigual con sus objetivos chinos y rusos, suponiendo, por supuesto, que Rusia, pero especialmente China, les sigan el juego.

El silencio de los poderosos

Aunque los fabricantes alemanes han formulado algunas quejas apagadas sobre cómo se está destruyendo su país para servir a los intereses ucranianos de la OTAN, el Foro Económico Mundial ha guardado un silencio inusual. Ese augusto organismo, que tiene tanto que decir sobre todo lo imaginable, no tiene nada que decir sobre Ucrania, Taiwán o cualquier otra brasa que la OTAN está utilizando para incendiar el mundo.

Incluso el Fondo Mundial para la Naturaleza, ese favorito de las familias reales de la OTAN, parece despreocupado por la carnicería ecológica que está sufriendo Ucrania. Es casi como si la OTAN no viera ningún ángulo que valga la pena para ellos y las familias reales de Europa han recibido la orden de poner un calcetín en él.

Dios no juega a los dados y los dirigentes de Rusia y China tampoco. Aunque los angloestadounidenses han apostado sus pagarés vacíos en poner a China y Rusia a raya ahora y para siempre, eso no puede suceder ya que el subcontinente indio y América Latina no elegirán la inanición y la servidumbre permanente sobre la coexistencia pacífica con Rusia y China.

Como el imperio de la OTAN ha apostado y ha perdido, se hunde en el olvido histórico como lo han hecho antes innumerables imperios, desde los aztecas, los hititas y los sumerios hasta el Reich de 1000 años de Hitler.

Deberían tener la delicadeza de cobrar sus fichas, pagar sus deudas de juego, llevarse a sí mismos, sus armas de guerra, sus ONG, sus medios de comunicación basura y sus sueños de conquista, y retirarse de la escena mundial con toda la elegancia que esos bufones puedan manejar.

La OTAN es un expediente vencido, cuya carrera se ha agotado y que ya ha perdido todas sus fichas. No hay más Casino Royale para la mafia de Biden, excepto, eso sí, en parodias chinas baratas.

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