Nina Jankowicz: tenebrosa experta en mentir, calumniar, manipular Por Kit Klarenberg | MintPress News

Nina Jankowicz: tenebrosa experta en mentir, calumniar, manipular Por Kit Klarenberg | MintPress News
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El Washington Post reveló el pasado 18 de mayo que la muy controvertida “Junta de Gestión de la Desinformación” del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, lanzada a bombo y platillo apenas tres semanas antes, iba a cerrar, y que su directora, Nina Jankowicz –ex miembro del think tank (laboratorio de estrategias) cuasi-estatal Wilson Center, y asesora de comunicaciones del Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania– había dimitido.

El informe exclusivo, redactado por Taylor Lorenz, se esforzó enormemente en enmarcar la disolución del Consejo como resultado de un atroz sabotaje por parte de activistas de derechas, que se dedicaron a realizar “ataques online coordinados” contra su “conocida” y “bien considerada” directora, sometiéndola a un “implacable bombardeo de acoso”, que sirvió para “desbaratar” los benévolos esfuerzos de la administración Biden para abordar el “urgente e importante asunto” de la desinformación.

En realidad, la reacción pública contra la Junta, que estalló inmediatamente después de su lanzamiento oficial el 27 de abril, fue muy amplia, y cualquier cosa menos partidista o personal. Destacados grupos de derechos y legisladores expresaron su grave preocupación por su constitucionalidad y el riesgo evidente de que sirviera de mecanismo de censura estatal, con muchas comparaciones con el infame Ministerio de la Verdad conjurado por George Orwell en “1984”.

También se plantearon muchas críticas legítimas y vitales a Jankowicz, incluyendo su historial de calumniar a los medios de comunicación independientes, como The Grayzone, como “desinformación rusa”; los ataques frenéticos a WikiLeaks y a su fundador encarcelado, Julian Assange; y la defensa entusiasta en nombre del ex espía del MI6 Christopher Steele, autor del totalmente desacreditado dossier “Trump-Rusia” que produjo innumerables historias totalmente ficticias en los principales medios de comunicación, muchas de las cuales han sido desde entonces significativamente retiradas o retractadas por completo.

Durante su estancia en Kiev, Jankowicz fue la anfitriona del canal de YouTube del “verificador de hechos” financiado por los gobiernos del Reino Unido y de Estados Unidos, StopFake, que ha blanqueado sin cesar el tema del fascismo generalizado en Ucrania. La propia Jankowicz está directamente implicada en esta producción vergonzosa y engañosa. En enero de 2017, presentó un informe ante las cámaras en el que ensalzaba las virtudes de cuatro unidades paramilitares nacionales, incluido el Batallón Azov, abiertamente neonazi, vinculado a graves abusos de los derechos humanos y brutales crímenes de guerra.

A pesar de la amistad de Lorenz con Jankowicz, es bastante extraordinario que uno de los principales periódicos de Estados Unidos -que en 2017 adoptó el lema “la democracia muere en la oscuridad”, inspirado en citas famosas en defensa de la Primera Enmienda, y condenando el secreto oficial- esté lamentando la desaparición de una unidad gubernamental en la sombra que se ocupa de determinar lo que constituye una “noticia falsa”, por no hablar de que apoyó con tanto entusiasmo la existencia de dicha entidad en primer lugar.

“Falso y difamatorio”

A pesar de que las actividades profesionales y las declaraciones públicas de Jankowicz han dado mucho juego a los críticos, incluso sus detractores más acérrimos han pasado por alto el aspecto más preocupante de su currículum, a saber, que forma parte del consejo asesor de Open Information Partnership (OIP), una operación de guerra psicológica del Ministerio de Asuntos Exteriores británico.

No están claros los detalles sobre cuándo comenzó este papel, lo que implica y la remuneración que recibe, si es que la recibe. También es un cargo que apenas se ha promocionado, la única referencia pública a él en línea hoy en día está contenida en la biografía de Jankowicz en el Centro Pulitzer. Por otra parte, y de forma bastante irónica, dado el nombre de la organización, la OIP es en sí misma marcadamente opaca.

La biografía de Jankowicz en el Centro Pulitzer destaca sus innumerables publicaciones sobre propaganda gubernamental.

El espartano sitio web oficial de la OIP describe la iniciativa como una “red diversa” de “periodistas de investigación, organizaciones benéficas, grupos de reflexión, académicos, ONG, activistas y verificadores de hechos, activos en más de 20 países”, que desde febrero de 2019 “se ha mantenido firme contra la creciente ola de desinformación –en las noticias, en las redes sociales y en nuestro discurso público– que creemos que es una amenaza existencial para la democracia”.

Se ofrece poca información sobre las actividades y objetivos de la OIP, pero sus “socios” fundadores son motivo de preocupación. (Vea al final del artículo la lista de los “socios”). Entre ellos se encuentran la rama de propaganda de la OTAN, el Laboratorio de Investigación Forense Digital del Atlantic Council, y Zinc Network, una agencia de comunicación británica que gestiona campañas de operaciones psicológicas encubiertas –muchas de ellas dirigidas explícitamente a los musulmanes– en todo el mundo para diversos clientes, como el Ministerio del Interior del Reino Unido, la agencia de inteligencia estadounidense USAID y el Pentágono.

Vea al final del artículo la lista de los “socios”

El controvertido sitio web de investigación Bellingcat –un destacado difusor, amplificador y validador de la propaganda de seguridad nacional occidental, que cuenta con numerosos individuos con experiencia militar y de inteligencia entre sus colaboradores– financiado por los gobiernos de Estados Unidos y del Reino Unido, fue también uno de los fundadores de la OIP, y formó a periodistas en el extranjero bajo sus auspicios durante dos años desde su lanzamiento.

Si esos nombres no son suficientes para levantar sospechas significativas sobre la OIP, la verdadera naturaleza siniestra del esfuerzo está ampliamente subrayada por un trozo de documentos filtrados del ministerio británico de Asuntos Exteriores (Foreign Office) revisados por MintPress News.

Estos documentos incriminatorios revelan que la OIP es el componente “insignia” de un esfuerzo más amplio de capa y espada para “debilitar la influencia del Estado ruso” en el “extranjero cercano” de Moscú –la constelación de países que comprenden la antigua Unión Soviética, el Pacto de Varsovia y Yugoslavia– financiado con más de 100 millones de dólares por Londres a partir de 2017.

Solo la OIP recibió una décima parte de ese total en sus dos primeros años de funcionamiento para “utilizar comunicaciones centradas en la audiencia para socavar la credibilidad de las fuentes de desinformación para audiencias específicas” en la región y construir la “red diversa” a la que se refiere el sitio web de la organización.

Extractos de los archivos filtrados del Ministerio de Asuntos Exteriores británico relacionados con la OIP

Los miembros de este nexo reciben formación sobre “las mejores prácticas para denunciar y contrarrestar la desinformación” en toda una serie de disciplinas, desde “la investigación de fuentes abiertas hasta la producción de vídeos virales y la orientación digital, así como la ciberseguridad, la difamación y el cumplimiento de los datos”.

Las entidades participantes aumentan entonces el “ritmo, la escala y la calidad” de su producción y se dirigen de forma más óptima a las audiencias “vulnerables” a la propaganda rusa en conjunto a través de la “co-creación de campañas… [conectando] las organizaciones a través de las fronteras”.

Lo cual estaría muy bien, si no fuera porque los archivos filtrados dejan muy claro que la OIP no se ocupa en absoluto de contrarrestar las “noticias falsas”, sino que, en realidad, está animada por el deseo de ocultar hechos y perspectivas molestas que el Estado británico no quiere que sean de dominio público, mediante la manipulación, la distorsión y la mentira.

Tomemos, por ejemplo, el siguiente pasaje de un documento, en el que se lamenta sin ironía que uno de los principales obstáculos para combatir la “desinformación” rusa es que “ciertas narrativas respaldadas por el Kremlin son objetivamente ciertas [énfasis añadido]”.

“Responder a las verdades incómodas, a diferencia de la pura propaganda, es naturalmente más problemático”, explica el archivo.

Considere también los soldados de a pie desplegados por la OIP para “responder” a esas “verdades incómodas”. Uno de los archivos filtrados ofrece valoraciones de 56 organizaciones identificadas por el Ministerio de Asuntos Exteriores como posibles miembros de la red, incluido el fundador de la OIP, Bellingcat. El muy venerado escuadrón de crack de portátiles de Eliot Higgins fue juzgado como “algo desacreditado, tanto por difundir desinformación como por estar dispuesto a producir informes para cualquiera que esté dispuesto a pagar”.

Palabras aún más duras se reservaron para el fact-checker (confirmador de hechos) Propastop, con sede en Tallin (capital de Estonia), del que se descubrió que tenía “vínculos tanto con el gobierno estonio como con grupos neofascistas”. “Propastop ha participado en la incitación a la violencia contra la minoría rusa de Estonia”, sentenció la evaluación. “Se considera que sus informes carecen de credibilidad y han publicado una serie de artículos intencionadamente falsos y difamatorios sobre los medios de comunicación rusos”.

Por su parte, el posible miembro de la red Centro Internacional para la Defensa y la Seguridad resultó estar “financiado por el Estado estonio, concretamente por el Ministerio de Defensa, y políticamente vinculado a él, dando la apariencia de independencia sin serlo”.

“Es más respetable que Propastop, y no está vinculada a la extrema derecha, aunque refleja el nacionalismo belicista del gobierno estonio”, concluyó su valoración.

A pesar de estas condenas, ambas organizaciones –entre otros muchos miembros propuestos sobre los que se plantearon importantes reservas en privado– pasaron a formar parte de la red de la OIP, concediéndoles financiación, apoyo y promoción del Ministerio de Asuntos Exteriores y poniendo ostensiblemente su producción y operaciones bajo la dirección de Jankowicz.

«La injerencia rusa»

Dada esta composición, quizá no sea sorprendente que se entendiera bien internamente que la OIP “[fuese] interpretada como una fábrica de desinformación o ‘trolls’ patrocinada por el Reino Unido” era un riesgo importante.

Para mitigar este riesgo, Zinc Network se comprometió a “posicionar el proyecto externamente como si estuviera dentro del sector establecido y aceptado del desarrollo y el pluralismo de los medios de comunicación y la comprobación de los hechos”. Lo que sin duda explica todas las elevadas referencias a la defensa de la democracia que aparecen hoy en el sitio web de la OIP.

Una captura de pantalla de un archivo filtrado del Ministerio de Asuntos Exteriores británico

Los documentos filtrados contienen numerosos ejemplos preocupantes del trabajo de la OIP. Por ejemplo, en Ucrania, formó a 12 personas influyentes en línea “para contrarrestar los mensajes respaldados por el Kremlin a través de estrategias editoriales innovadoras, segmentación de la audiencia y modelos de producción”, ayudando a que su “contenido convincente” llegara a “millones de personas”.

En Rusia y Asia Central, se pagó en secreto a una red de YouTubers para que crearan vídeos que promovieran “valores democráticos”; las “comunicaciones del proyecto” se ocultaron cuidadosamente para garantizar la existencia de la red, y el papel de Londres en su gestión se mantuvo “confidencial”.

Mientras tanto, en los países bálticos, las personalidades en línea recibieron sin previo aviso “una estrategia de marca personal informada por un análisis individual de la audiencia objetivo, estrategias de crecimiento para su plataforma de medios sociales elegida y formación en marketing digital y campañas”.

Está claro que, lejos de fomentar el periodismo ciudadano independiente, estas iniciativas eran puro montaje, la creación de un nexo clandestino de agentes británicos eficaces seleccionados a dedo y ayudados por la OIP para generar propaganda hábil –leyendo guiones efectivamente preparados por el Ministerio de Asuntos Exteriores– que luego fue amplificada globalmente por los miembros de la red de la organización. Hay ecos obvios en esto del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que daba sesiones informativas directas a las estrellas de Tik Tok sobre los “objetivos estratégicos” de Washington en el conflicto de Ucrania.

Subrayando aún más esta interpretación, Zinc Network se jacta de mantener sus redes de “influencers” (influenciadores) “durante largos períodos de tiempo, lo que nos permite entregar tanto mensajes estratégicos a largo plazo a las audiencias, pero también llevar a cabo comunicaciones de “respuesta rápida” de varios niveles después de eventos clave”.

Uno de esos eventos “clave” citados fue una protesta en abril de 2018 en Moscú contra las restricciones al uso de la aplicación de mensajería Telegram. Zinc fue “capaz de activar una serie de contenidos en las 12 horas siguientes” al inicio de la manifestación. Es casi inconcebible que al menos parte de esta producción no se haya colado en los medios de comunicación occidentales, que dieron a la agitación una cobertura casi general. De ser así, el público nacional habría ignorado por completo que, de hecho, fue financiado y coproducido por Londres.

Sin embargo, es una cuestión abierta, al igual que el grado en que la OIP ha influido en el resultado de las elecciones “que tienen lugar en países de especial interés” [énfasis añadido] para el Ministerio de Asuntos Exteriores, uno de los objetivos clave de la organización. Los miembros de la red reciben formación para “identificar las tendencias clave y los puntos álgidos de la actividad o las narrativas” durante las campañas y para “intensificar” su producción propagandística a medida que se acerca el día de los comicios.

En mayo de 2019, Macedonia del Norte convocó una votación presidencial, en la que resultó elegido el candidato pro-OTAN Stevo Pendarovski. Posteriormente, la OIP “desplegó un equipo” para ofrecer dos semanas de formación intensiva a un medio de comunicación local del país, que el Ministerio de Asuntos Exteriores identificó como objetivo “prioritario” en las primeras etapas de la vida de la OIP. Bellingcat impartió una sesión instructiva al medio a través de un seminario web en junio de 2020, con el fin de “responder” al resultado de las elecciones a petición expresa de Londres.

En una perversa ironía, al mes siguiente Bellingcat publicó un informe sobre la supuesta “injerencia rusa” en Macedonia del Norte antes de las elecciones parlamentarias del país.

Los socios de la OIP participaron activamente en el intento de influir en el resultado de las elecciones en Macedonia

En noviembre de ese año, Moldavia celebró su propia votación presidencial, en la que se enfrentaron candidatos similares: el titular pro-ruso Igor Dodon y la advenediza pro-occidental Maia Sandu. Este último se impuso, una sorpresa reconocida por los principales medios de comunicación.

El miembro de la OIP MEMO 98, un observador electoral con sede en Eslovaquia, publicó posteriormente un estudio en profundidad de las elecciones, atribuyendo la sorprendente victoria de Sandu a sus habilidades en las redes sociales. La OIP considera que Moldavia ocupa “el espacio más vital” de su red, debido a que la región está supuestamente “subsumida casi por completo en la esfera de influencia de Rusia”.

Por ello, dos organizaciones con sede en Chisinau, la Asociación de Prensa Independiente y Newsmaker, son miembros de la OIP. MEMO 98 podría haber sido decisivo para “identificar las tendencias clave y los puntos álgidos de la actividad o las narrativas” a lo largo de la campaña electoral, y sus hallazgos informarían de “contenidos convincentes” que se emitirían a través de la pareja y de una red más amplia de la OIP a nivel local e internacional, en apoyo de la candidatura de Sandu.

¿Qué sigue?

Mantener el funcionamiento interno de la OIP lo más protegido posible del mundo exterior era de suma importancia para el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Una sección sobre estrategias de “gestión de riesgos” para el proyecto en un documento consideraba “vital” que la sede de la OIP contara con un equipo de seguridad dedicado, “dotado de personal cualificado”, incluidos “antiguos militares y agentes de los servicios de seguridad”. Todos los empleados y miembros de la red están “sometidos a una investigación de seguridad nacional”, y la operación tiene su sede “en un edificio anodino que evite la atención”, cuyas coordenadas exactas se desconocen.

La ubicación de su sede no se anuncia ni se conoce; todas las ventanas están “tintadas para que no se vean desde el exterior”; también existen estrictos “controles de acceso”, que incluyen “puertas reforzadas con esclusas”, CCTV y una “sala de reuniones segregada” para “reuniones informativas sensibles”. Un velo de secretismo igualmente intenso envolvió a la Junta de Gobierno de Desinformación del DHS.

Habiendo lanzado “Junta de Gestión de la Desinformación” sin ninguna claridad en cuanto a sus funciones, responsabilidades, y cómo y si estaría regulado o sujeto a la supervisión democrática, el Secretario de Seguridad Nacional Alejandro Mayorkas respondió a la ola inicial de críticas ofreciendo garantías de que la unidad no tendría ninguna capacidad operativa, y absolutamente no supervisaría o vigilaría las declaraciones de los ciudadanos de EEUU en línea o fuera de línea, en lugar de simplemente acumular “mejores prácticas” para la lucha contra la desinformación.

Tales promesas inevitablemente no inspiraron confianza, pues obviamente parece tener poco propósito o sentido crear una nueva división de un departamento ejecutivo federal que no tiene poderes operativos, o al menos no los tendrá en una fecha posterior. Y, de hecho, la CIA y la NSA tienen prohibidas por ley las actividades domésticas, pero ambas se saltan esta restricción crucial sin reparos ni consecuencias.

Posteriormente, el secretario de seguridad emitió una hoja informativa en la que prometía que la Junta de Gestión de la Desinformación se limitaría a hacer un seguimiento de la propaganda negra difundida por “estados extranjeros como Rusia, China e Irán”, y añadía que el Departamento estaba “profundamente comprometido a realizar todo su trabajo de forma que se proteja la libertad de expresión, los derechos civiles, las libertades civiles y la privacidad de los estadounidenses”.

Por supuesto, muchos otros esfuerzos estatales y cuasi-estatales occidentales contra la desinformación –que sirven como mecanismos de censura del establishment, validando a las organizaciones de noticias del establishment mientras hacen una lista negra y difaman a los medios de comunicación alternativos con sede en Estados Unidos, incluyendo a MintPress– afirman estar igualmente comprometidos con esos principios. Como Open Information Partnership, por ejemplo, un exponente particularmente descarado de la tendencia emergente y agresiva hacia el dictado directo del Estado sobre lo que es verdadero y falso, y lo que los ciudadanos pueden saber.

Por lo tanto, cabe preguntarse si la organización representó un proyecto para la Junta de Gobierno de la Desinformación; si el papel de Jankowicz en ella fue un factor en su contratación por el DHS; y si los obituarios apologéticos publicados por The Washington Post y The New York Times –que afirmaron falsamente que el cese de la Junta estaba influenciado por la “desinformación”– son un reflejo de cómo ambos medios se beneficiaron materialmente de su funcionamiento.

El rápido y poco ceremonioso cese del organismo representa una victoria nada desdeñable del poder popular: ciudadanos preocupados, periodistas independientes e investigadores lideraron la carga para hacer sonar la alarma.

Sin embargo, hay pocas razones para creer que la amenaza ha sido derrotada de forma permanente. En realidad, el hecho de que el público haya sido capaz de desafiar con éxito la cálida bienvenida que la mayoría de los expertos de la corriente dominante le dieron a Jankowicz y de presionar a los funcionarios para que desbarataran la empresa ha reforzado sin duda la necesidad de la misión de la Junta.

(*) Kit Klarenberg es un periodista de investigación y colaborador de MintPresss News que explora el papel de los servicios de inteligencia en la configuración de la política y las percepciones.

Los socios de Open Information Partnership (OIP), una operación de guerra psicológica del Ministerio de Asuntos Exteriores británico

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