El problema de la izquierda chilena Por Álvaro Carreño Sáez | Rebelión

El problema de la izquierda chilena Por Álvaro Carreño Sáez | Rebelión
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El presente análisis busca mostrar distintos elementos que a mi juicio son claves para comprender el lamentable estado actual de la izquierda chilena. Entendible también como las izquierdas, sólo se emplea este término porque es más fácil que quien lo lee tenga de inmediato una idea general de a quienes hace referencia: distintas organizaciones que se oponen al sistema capitalista. Se prescinde de referirse solamente a organizaciones populares o a las más radicales, pues es posible encontrar elementos comunes y simbólicos en un espectro más amplio de organizaciones.

No pretende ser exhaustivo, es decir, abordar todos los factores, sino solo algunos que considero fundamentales, si lo que se tiene como objetivo es la revolución.

Estado actual

¿Hay acaso algún problema? ¿Por qué discutir sobre el estado de la izquierda? Hay varios problemas, algunos muy profundos que lo hacen es, en el mejor de los casos, el desmotivar a compañeros, facilitar el avance de la burguesía y dilapidar esfuerzos, en el peor de los casos, convierten a las organizaciones en obsoletas, siendo en extremo reaccionarias en su actuar, imposibilitándoles el ejercicio del poder y dificultando por tanto la revolución.

Luego del 18 de octubre de 2019, surgieron un sinfín de organizaciones populares, las asambleas territoriales, coordinadoras y colectivos se creaban por doquier como no había sucedido en décadas, en respuesta al espontáneo e imprevisto movimiento popular existente en ese entonces.

¿Cuántas veces en incontables reuniones durante años o décadas anteriores no se fantaseaba en las organizaciones de izquierda con el añorado momento en que las amplias masas populares luego de tomar consciencia de las contradicciones existentes en el capitalismo ocuparan las grandes alamedas? Bueno, llegó ese día y encontró sin preparación a quienes llevaban tanto tiempo esperando el momento.

Hicimos lo que pudimos, no lo que era necesario, y tras un acuerdo por la paz que no se pudo contrarrestar, una pandemia que mermó enormemente la participación y las fuerzas existentes, llegamos a un estado lamentable, en algunos aspectos más que el que existía previamente.

Y es que si ya son problemas discutidos y de larga data la enorme fragmentación de las organizaciones de izquierda, su sectarismo, rencillas, ahora le sumamos el desánimo, la desarticulación de organizaciones, disputas por cuál vía tomar –contraponiéndose a veces y generándose división finalmente entre quienes estaban por la vía del proceso constitucional, o por la vía del enfrentamiento y la acción directa, o por quienes optaban por la vía del trabajo territorial local– surgiendo duras críticas hacia algunos sectores que intentaron sacar provecho del momento, los más exitosos consiguiendo algunas cosas relevantes dentro de sus objetivos, como el inesperado éxito electoral de la Lista del Pueblo.

Y esto en parte se genera por la falta de voluntad de ejercer poder, porque las organizaciones que se plantean como revolucionarias, al momento de la acción y dejando de lado la mayor o menor preparación con la que se pueda contar, no tienen la voluntad real, la disposición para ejercer poder y seguir una vía revolucionaria, es como que les intimidara hasta el pensar en armar una organización a nivel nacional, o plantearse un proyecto revolucionario para el largo plazo. Es mucho más fácil, en lo práctico y también mentalmente, hablar de la revolución pero al momento de actuar hacerlo de forma totalmente reacionaria. Esbozaré a continuación un análisis simple de varios elementos –partiendo por este último– intentando desentrañar las relaciones entre los problemas de las organizaciones de izquierda.

¿Organizaciones revolucionarias o reaccionarias?

Una de las características del capitalismo es su archiconocida capacidad de transformarse a sí mismo y a la sociedad en su conjunto, ya sea en una búsqueda de mayor control político, de aumentar la tasa de ganancia, explotar un nuevo nicho de mercado, explotar una vieja esfera productiva con nuevas tecnologías, liquidar sin reparos una posición accionaria en búsqueda de una mejor y más rentable oportunidad de inversión, o un interminable etcétera. Si hay una oportunidad esta se aprovecha, así de simple. Eso hacen todos los días.

Si hay un terremoto, ahí estarán los burgueses de turno intentando sacar su tajada, como sucedió en el terremoto de 2010 cuando se dictaminó que sólo algunas grandes empresas serían proveedoras del Estado para la compra de los materiales necesarios para la reconstrucción, o cuando en el mismo acontecimiento aprovecharon de ocupar a los militares como guardias de seguridad. Durante la pandemia era evidente que iban a intentar sacar provecho, ya sea profitando del Estado o implementando un férreo control por medio de restrictivas medidas amparadas por el uso de la policía y el ejército –y no por eso la pandemia es inexistente o menos grave-, y si mañana cae un meteorito o hay una tormenta solar, les aseguro que ahí estarán ellos, y nosotros detrás. Detrás.

Porque si no hacemos algo, a este paso estaremos siempre detrás, reaccionando. Y es que desde hace mucho tiempo que esto se ha gestado y ha llegado a un nivel dramático: en las movilizaciones estudiantiles de hace una década las pautas de movilización estaban dadas por los anuncios del gobierno, si algunos sectores quieren impulsar un proyecto que dañe gravemente el medio ambiente, ahí estamos en las calles, como con Hidroaysen, si se van a juntar los poderosos, ahí protestamos, como con la APEC, si la policía asesina a alguien, lo mismo… esto que califico como una profunda tendencia reaccionaria a las organizaciones de izquierda ha llevado –es una de las múltiples causas– a que en el momento de pensar la revolución, no exista la capacidad a nivel general de hacerlo seriamente, por la costumbre de estar reaccionando se ha perdido –o no se ha desarrollado– la capacidad creativa y de construcción y están sumidas las organizaciones y personas en la inacción a espera de que suceda algo o ciñéndose incluso a calendarios de conmemoraciones y actividades.

Porque se está haciendo costumbre, o ya se hizo, que hay que conmemorar ciertas fechas durante el año, el análisis del por qué hacerlo, y el cómo aporta esa conmemoración al momento actual, a la estrategia política a más largo plazo, o preguntarse por cómo realizar de acuerdo al contexto la conmemoración misma, pasan a segundo plano. El súper lunes, el 8 de marzo, el 29 de marzo, el 11 de septiembre, ahora el 18 de octubre, el 25 de noviembre, entre muchas otras. Y así se arman verdaderos calendarios de movilizaciones que sumados a las reacciones a eventos puntuales consumen la mayor parte de las fuerzas existentes. Quizás se eximen de esto algunas organizaciones pequeñas, en especial las que se abocan a un tema muy puntual, por ejemplo la lucha medioambiental. El problema no es la planificación de actividades, es que se consuman la mayor parte de las fuerzas por estar enfocados en el pasado, en vez de ser empleadas en la construcción e implementación de un proyecto revolucionario para el futuro.

A veces incluso sucede algo que quizás es peor, se abordan las problemáticas desde una óptica liberal (ejemplos hay varios: algunas expresiones del feminismo, el actual retiro del 10% de las AFP, algunas luchas por derechos fundamentales y medioambientales, etc.). No nos hemos dado cuenta de hasta qué punto la ideología neoliberal ha permeado nuestras vidas que terminamos reproduciéndola individual y colectivamente, y en vez de buscar una transformación radical se termina pidiendo una redistribución de migajas, un capitalismo menos malo, todo en la medida de lo posible.

El aprovechar oportunidades es algo cargado de dinamismo y hace necesario un análisis constante y su posibilidad es mermada al actuar de forma reaccionaria y por costumbre. ¿Cuándo aprovecharemos nosotros las oportunidades? ¿Somos acaso capaces de tan siquiera detectarlas? Se dice que el capitalismo contiene el germen de su destrucción, que en él se crearán las herramientas que ocuparemos para ponerle fin.

El capitalismo no se destruirá a sí mismo, ni se verá afectado radicalmente por la próxima crisis económica, probablemente algunos capitalistas particulares sí, pero en su conjunto apostaría porque saldrán más fortalecidos, de seguir las cosas como están, porque ven y toman oportunidades en los mejores momentos y también en los peores.

Uno de los más grandes desafíos que enfrentan las organizaciones de izquierda es reconocer que en el año 2021 existen numerosas herramientas a nuestra disposición para hacerle frente al sistema. Suele primar el desconocimiento y la no preparación, o la crítica moral ellas, como veremos en los siguientes dos apartados.

El desfase

Evidentemente existe una enorme brecha entre quienes detentan el monopolio de la violencia y las grandes masas populares. El Estado al servicio del capital, por medio de sus instituciones armadas y no armadas, cuenta con un enorme cúmulo de recursos, que históricamente han sido difíciles de superar para movimientos revolucionarios. Pero ha sucedido. Ocasionalmente amplias masas populares y organizaciones revolucionarias de izquierda han logrado hacerle frente, a veces con grandes sacrificios, al poderío capitalista, o si no pregúntenle a EEUU cómo le fue en Vietnam. Si no es por una vía de resistencia y lucha armada, incluso se puede hacer de forma más institucional y cultural, como lo sucedido en Chile durante la UP. La brecha existente estructuralmente, que ha de comprenderse como una que se da no sólo a nivel militar, sino en el político, cultural, en la hegemonía del sentido común, en el amplio sentido de la utilización de recursos, se puede revertir, se debe revertir.

Y es preocupante que en Chile, después del golpe de Estado, esta brecha se hizo enorme. En años de la dictadura aún perduraba el imaginario de que otro mundo es posible. Si en lo militar existía la capacidad para organizar algunos atentados, incluso para diseñar armamento propio, para realizar recuperaciones de dinero y mercancías, rescates de presos, entre otras cosas, en lo popular se mantenían y construían sendas redes de apoyo, tanto para las acciones de resistencia al régimen como para el propio fortalecimiento del tejido social: comedores populares, bibliotecas, defensorías judiciales, espacios de formación, etc. Había preparación, práctica y teórica, independiente de lo clara o difusa de la idea de revolución se trabajaba sistemáticamente para lograrla desde distintos frentes, si hasta incluso se realizaban labores de inteligencia y contrainteligencia.

Bueno, eso se acabó. Con el fin de la dictadura cívico-militar se vio enormemente mermada la fuerza de las organizaciones de izquierda. No pretendo profundizar en las razones de esto, sí constatar los hechos, aunque veo pertinente señalar que quizás uno de los elementos que afectó enormemente, es que parte de estos esfuerzos que durante años se realizaron fueron cooptados y llevados a lo institucional por los partidos políticos contrarios a la dictadura, llegando incluso a constituir organizaciones centradas en la represión como “La Oficina” para ejecutar una cacería contra quienes años atrás podían incluso considerarse como compañeros de lucha. Sabemos qué pasó después y cómo estos partidos se volcaron totalmente a perfeccionar y potenciar el sistema neoliberal, y cómo cayeron en la más profunda deslegitimación… Otro elemento de importancia aún por determinar en sus profundas consecuencias es la introducción durante la dictadura de la droga en poblaciones históricamente combativas, destruyéndolas desde dentro y cómo se articula esto con campañas internacionales de supuesta lucha contra la droga, o más recientemente el terrorismo, en la búsqueda de un enemigo común (analizable por ejemplo desde La doctrina del shock).

La brecha se hizo enorme desde los años 90. La organización sindical disminuyó, la participación en política institucional y no institucional también. Ni hablar de la preparación y formación en términos políticos, donde un análisis más profundo del sistema sólo se circunscribió a lo realizado por una especie de elite intelectual de izquierda, que en los hechos se fueron haciendo cada vez más distantes de lo que vivían las amplias masas populares, encerrándose en verdaderas burbujas gremiales, académicas e incluso epistemológicas.

La inteligencia y contrainteligencia pasaron a ser para la izquierda parte de las novelas y de las películas de Hollywood, el preocuparse por la seguridad algo sólo de paranoicos, algunos jamás escucharon esos términos en sus organizaciones ni tuvieron que preocuparse, por lo tanto no tomaron medidas al respecto, otros en cambio, se daban cuenta de estas cosas demasiado tarde, cuando eran seguidos, detenidos o asesinados.

Mientras la mayor parte de la izquierda vivía sin estas preocupaciones, los aparatos represivos de perfeccionaban a un nivel impresionante: la Escuela de las Américas, entrenamientos con el Mossad, las acciones del Comando Sur de Estados Unidos, inversiones en equipamiento para interceptaciones telefónicas, software para intervenir smarphones y computadores, de la mano con el control de los medios de comunicación, privatización endógena y exógena de sectores claves como el educativo, establecimiento de Think thanks, y un largo etcétera.

Mientras más tiempo pase, más se agrandará la brecha existente y más difícil será para nosotros el subvertir las relaciones de poder existentes.

¿Se enteraron que estamos en el siglo XXI?

En el mundo hay discusiones que se dieron hace décadas, como las relacionadas con aborto, y se implementaron medidas al respecto, mientras que en Chile su discusión se dio con intensidad notable en los últimos años, logrando avances mínimos. Otras discusiones que se están dando en estos momentos y que marcarán el futuro de manera trascendente son: exploración espacial, renta básica universal, automatización del trabajo, inteligencia artificial (IA), blockchain y criptomonedas, el ascenso de China, desglobalización, metaverso, etc.

La gran mayoría de las organizaciones ni siquiera ha discutido unos pocos estos temas que involucran a la humanidad en su conjunto. El problema de esto es que llegamos siempre tarde y las cosas nos pasan por encima, la historia nos pasa por encima. Los muchos temas que son relevantes en el año 2021 hacen necesario estudiarlos y tendremos que tomar decisiones respecto a cómo posicionarnos, asumir una postura, u otros la asumirán por nosotros y no nos quedará más que aceptar luego lo que venga, tal vez reaccionar y salir nuevamente a protestar, o lamentarnos, por ejemplo, porque se ocupa la IA en nuestra contra cuando nunca nos interesamos en ver cómo la podíamos utilizar a nuestro favor.

Las organizaciones de izquierda, al menos una gran parte, se quedaron en el siglo pasado, actúan en algunos aspectos de formas similares a como lo hacían en los 60-80’. Para algunas el tener presencia en internet es un desafío enorme, siguen amarradas a las formas más tradicionales de hacer propaganda y a los análisis para un contexto totalmente diferente. No se enteraron entre otras cosas que estamos en una época donde el capitalismo a parte de sus formas tradicionales se presenta también como plataformas tecnológicas supranacionales, que se aprovechan de los últimos avances de las ciencias y la tecnología para aumentar sus ganancias, que aprovechan el internet, los datos y metadatos que circulan para comprender hasta el último aspecto de nuestras vidas.

Estamos en un momento en el que se han creado y han surgido innumerables herramientas que podrían dependiendo de su uso asestar graves golpes al sistema, en términos simbólicos y también concretos. ¿Qué afecta más a los intereses capitalistas locales, una barricada en la esquina –la mayoría de ellas teniendo un carácter simbólico, siendo más fogatas que reales barricadas– o un ataque a las plataformas informáticas que dan soporte a las instituciones financieras y que permiten la producción? ¿A cuántas personas podemos llegar a través de internet en un país como Chile donde hay más celulares que personas, versus un afiche pegado en una esquina con consignas que pocos entienden, y que suelen quedarse en eso, sólo en consignas?

No se trata de elegir una forma por sobre la otra, se trata de hacer más, acorde a los tiempos, aprovechar oportunidades, cosa que no solemos hacer. Las plataformas tecnológicas nos entregan valiosa información que es usada en nuestra contra, o para sacar provecho a costa de nosotros, como pasó a nivel internacional con Cambridge Analýtica, o como debe estar pasando en este momento con Instagis acá en Chile.

¿Cuántas de las múltiples organizaciones, colectivos y personas que generan contenido para las redes sociales –muchas veces de manera algo forzada– hacen una segmentación de su público, análisis de palabras clave o seguimiento y análisis de las visualizaciones del contenido creado? Para muchos el tremendísimo esfuerzo de crear contenido web ya parece suficiente, preocuparse si alguien lo lee, por el impacto que tiene parece ser demasiado.

Las revoluciones a lo largo de la historia no van de la mano con lo obsoleto y anticuado, todo lo contrario, lo nuevo se impone en lo práctico, a través de nuevas formas de relacionarse, muchas veces en estrecha relación con nuevos avancen en la técnica y en lo productivo. Un giro radical a las dinámicas mismas de funcionamiento de las organizaciones sociales es posible y necesario. Hay tantas herramientas y conocimientos que son de libre disposición que quedan de lado, incluso hasta se asocian moralmente con lo prohibido, con algo al servicio del capital y por tanto vedado para nosotros.

Si valiéndose de estrategias de marketing logran vendernos lo que se les antoje, ¿por qué no aprovechar esos conocimientos en pos de nuestros intereses? ¿si a través de la psicología se busca individualizar y medicalizar las problemáticas mentales, por qué no aprovechar de utilizarla para evidenciar el origen social de las mismos, y comprender el cómo generar más impacto y aceptación en las acciones políticas emprendidas? ¿Por qué no indagar en nuevas opciones de financiamiento, para que al menos algunas actividades y organizaciones puedan sustentarse y ser proyectos replicables y escalables? ¿o es que las iniciativas revolucionarias están condenadas a depender de los aportes extraídos de los escasos recursos de sus integrantes, o su mayor aspiración ha de ser financiarse en base a bingos y completadas?

No podemos esperar obtener nuevos y exitosos resultados si nos planteamos únicamente las formas tradicionales como medio de lucha. No es necesario olvidarlas, pero al menos sí considerar que el capitalismo hoy no funciona igual que el de hace 50 años y que debemos adecuarnos a los tiempos y aprovechar distintas posibilidades.

Pero como el medio debe ser funcional a un fin y para evitar que estos se tergiversen, es necesario centrarnos ahora en la falta de un proyecto revolucionario en común.

La falta de un proyecto

Es sin duda un aspecto clave que está mermando los potenciales avances de distintas organizaciones de izquierda y lo separo en dos aspectos: la orgánica y el proyecto.

El primer punto tiene relación con la estructura organizativa, o mejor dicho, con la carencia de una. No se trata de promover necesariamente una gran y única organización a nivel nacional, pensando por ejemplo al nivel de un partido o un frente popular unificado –lo que tendría sus ventajas y desventajas, pero es para un debate más extenso– sino que se trata de establecer con urgencia un piso mínimo de articulación y disciplina.

Las organizaciones actúan por su cuenta, atendiendo a sus intereses y como veíamos anteriormente, sin mayor interés en evaluar el impacto de sus acciones. Y es que en la conformación misma de las organizaciones nos encontramos con el sectarismo, con el dejar a otras fuera, con acentuar las diferencias y no las similitudes lo que hasta se refleja en el momento mismo de nombrar la organización, nombre que a veces se transforma en una mezcla de adjetivos que juntos la hacen tan “definida” que no convoca a nadie. Cosa contraria a lo que hace la derecha, quienes recalcan valores, usan nombres y consignas unificadoras incluso para quienes se posicionan lejos de la política (por la familia, por la vida, etc.)

En esta disgregación de las organizaciones de izquierda nos encontramos a veces con varias convocatorias a marchas, caceroleos o velatones, tan dispersas, desarticuladas y con baja asistencia que son un festín para los agentes que realizan trabajo de inteligencia y la policía. O vemos varias convocatorias a foros virtuales o programa de la misma temática durante la misma semana, buenas actividades, se nota la preparación, pero ¿cuántas personas los ven? Pocas, poquísimas, hasta se cuentan con los dedos de una mano. ¿No sería mejor trabajar en conjunto para preparar grandes actividades, articularse logrando una sinergia en los proyectos?

Se nota la falta que hace una organización de gran envergadura o una plataforma que permita la articulación conjunta cuando la capacidad de incidir de cada organización por sí sola es mínima, cuando organizarse políticamente es para muchos un hobbie, algo que hacen en los ratos libres, y sin ninguna disciplina. El asistir o no asistir a una reunión, el hacer o no hacer algo parece no tener consecuencias, ni positivas ni negativas. En el extremo, el traicionar, el hacer cosas como pactar con la derecha un acuerdo por la paz mientras se violan sistemáticamente los derechos humanos de quienes se movilizan, queda en la impunidad. ¿Cómo abordar el qué significa ser revolucionario hoy, sin caer inmediatamente en estereotipos y referentes de siglos pasados?

En cuanto a la existencia de un proyecto en conjunto, es algo en lo que en parte se ha avanzado, pero de forma desarticulada. La experiencia y las discusiones que sucesivas oleadas de movilizaciones nos han permitido avanzar en términos teóricos –no sin discrepancias– permitiendo establecer algunos elementos comunes: la lucha medioambiental, el feminismo, el derecho a la educación, son algunos de los temas en los cuales se han establecido de a poco algunos consensos tácitos y puntos de encuentro.

Pero esto está a un nivel incipiente versus lo que se necesita si el objetivo es la revolución. El problema es profundo, si en el siglo pasado como contrapeso al menos simbólico al capitalismo personificado en EEUU estaba el socialismo de la URSS, o de cuba, o la resistencia de Vietnam, hoy eso es inexistente. Desapareció el contrapeso y el capitalismo se volvió totalmente hegemónico, si hasta se llegó a plantear el absurdo del fin de la historia. Hoy es más fácil pensar en el fin de mundo que en el fin del capitalismo y eso es un problema gravísimo pues no tenemos nada que ofrecerle al común de las personas.

El sistema les ofrece ilimitadas opciones, en supermercados, en el mall, o comprando por internet productos de cualquier lugar del mundo; ofrece el ascenso social por medio del esfuerzo, la tan conocida meritocracia en la educación; ofrece el éxito profesional y personal a través del emprendimiento; ofrece la seguridad por medio de penas más duras a los delincuentes… no importa si lo que ofrece es mentira, si para conseguirlo hay que endeudarse, perder la salud física y mental, apropiarse del plusvalor generado por otros o destruir el medio ambiente, lo importante es que es capaz de ofrecer algo y nosotros no.

No somos capaces de contrarrestar efectivamente los discursos que instalan, de ofrecer respuestas a temas que son relevantes para las personas en el día a día como lo es la delincuencia, de ofrecer reales alternativas productivas y al consumo de mercancías.

Sin embargo, hay un pequeño punto positivo, aparte de la experiencia que las movilizaciones sucedidas en las últimas décadas nos han dejado, han hecho algo importante, un avance para el permitir el establecimiento de un proyecto revolucionario, de una alternativa al capitalismo: han desplazado la frontera de lo posible. Si 2006 aparecía en una portada “cabros, no se suban por el chorro” y 2019 decían “cabros, esto no prendió”, durante todo ese tiempo se fueron instalando distintos temas en la opinión pública, planteando con fuerza elementos que de a poco comenzaron a ser aceptados de forma más amplia en la sociedad: la necesidad de que la educación fuese un derecho, la importancia de que el progreso de algunos no podía ser a costa de destruir el medio ambiente, la legitimidad de la protesta, la idea de que es necesario y legítimo resistir la acción policial, la sensación de que algunos de los ideales que sostiene el sistema no llevan realmente a nuestro bienestar, etc. Cada vez lo que era posible se situó un poco más lejos y nos dio más margen de movimiento. Esto no es igual a construir un proyecto o a contrarrestar los planteamientos instalados por el capitalismo a nivel cultural y de las relaciones sociales mismas, pero es una base que nos puede ser útil.

La construcción de un proyecto, que nos permita al menos contar en lo simbólico con un algo a lo que aspirar se hace necesario para continuar el proceso, para poder progresar y no estancarnos debemos pasar de las consignas al contenido, a propuestas que permitan trazar un camino claro en el que podamos sumar fuerzas.

La culpa y la religión

Uno de los aspectos más profundos y complejos que enfrentamos y que está a la base de muchos de los problemas que afectan a la izquierda, es que el actuar político está cargado de culpabilidad, desde una perspectiva religiosa.

Las instituciones religiosas, especialmente las occidentales, aunque se encuentren deslegitimadas tienen un enorme peso en nuestra cultura por la profunda influencia que han tenido. Uno de los elementos que han inculcado es la culpa, el que por muchos pecados que cometas, si te arrepientes aún puedes obtener el perdón. Obviamente es un arrepentimiento conveniente a sus intereses, ya fuese en el pasado comprando las indulgencias por ingentes sumas de dinero, o más actualmente con el diezmo, el 1%, el fomento de la caridad, etc. No hay que ser manifiestamente religiosos para actuar influidos por la culpa, es algo tan profundo que incluso alguien ateo podría verse afectado de la misma forma.

Esto es algo que se constata claramente en lo cotidiano, que permea a distintos estratos sociales y que nos afecta desde temprana edad: “tienes que comerte toda la comida porque hay niños en África que no tienen qué comer”, “pórtate bien porque el viejito pascuero no te va a traer lo que quieres en navidad”, “diosito te está mirando, se va a enojar”, “es tu culpa que te hayan acosado por andar con una falda tan corta” “¿se habrá puesto celosa/o y me trató mal porque le gusto? Quizás hice algo yo…” “es tú culpa que te vaya mal porque eres flojo/a, no te esfuerzas lo suficiente”… Y tantos otros ejemplos.

La culpa se internaliza, y de la mano con la individualización de los problemas, tan conveniente para el capitalismo, nos encontramos con que las personas en vez de organizarse políticamente y actuar de forma conjunta por mejorar sus condiciones de vida, se culpan a si mismas por no rendir, por no cumplir con las expectativas, por no tener éxito bajo los estándares impuestos culturalmente, etc. Esto obviamente se ve reflejado en las dinámicas mismas del organizarse: las personas, incluso quienes han desplazado a Dios por La Revolución –lo que es analizable hasta en términos arquetípicos– terminan muchas veces actuando de forma voluntarista y para mantener su conciencia tranquila.

Si en el mejor de los casos la revolución es el objetivo, la culpa por no lograrlo, sumado a la falta de formación para analizar el capitalismo y a la escasa capacidad crítica, devienen en un actuar sin sentido, reduciendo la revolución a un imperativo moral. El salir a hacer una barricada o a pegar propaganda reemplaza al diezmo y alivia la conciencia… no importa mucho el contenido, si la gente la entiende o siquiera si la miran, ya paliaron la culpa momentáneamente y eso es lo importante, será suficiente por un tiempo.

De esta forma la religión, tanto en la influencia que sus instituciones que han tenido, como en la forma idealista de comprender el mundo que ha inculcado, de la mano de los valores y las relaciones sociales que promueve el capitalismo, han sido un factor determinante en la imposibilidad de llevar a cabo la revolución, fomentando un actuar tendiente al individualismo y motivado muchas veces más por la culpa que por un análisis político claro.

Reflexiones finales

Es fácil identificarse al menos con alguno de los elementos aquí planteados ¿no?, estos vicios, estas nefastas y estructurales formas de organizarse son trascendentales a la izquierda, aun cuando puedan existir valiosas y anecdóticas experiencias. Pero es necesario tener claridad del estado actual, reflexionar de forma crítica sobre nuestras fuerzas, sobre nuestras posibilidades y oportunidades de mejora, dejar de actuar sólo basándose en la coyuntura y comenzar a pensar y a actuar para el largo plazo, para el escenario macro.

Es necesario preguntarse por qué no hemos tenido el éxito que esperamos, por qué hacemos las cosas de la misma manera que hace tantas décadas atrás, por qué aunque existen críticas a nivel mundial al capitalismo este sigue avanzando, se consolida y renueva en sus múltiples dimensiones.

Espero que estas reflexiones puedan contribuir al menos a un momento del análisis, uno en el que hay que replantearse las propias prácticas, a nivel colectivo e individual, analizar los errores y buscar soluciones, porque la crítica requiere de la superación práctica de los actuales problemas y limitaciones.

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